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Curiosidades - Ciencia y Salud
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Divulgación |
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LA
ARTRITIS REUMATOIDE (1)
(Su evolución contada
por el propio paciente)
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por
Alfonso Estudillo |
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http://www.islabahia.com/AlfonsoE
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En el artículo
anterior dije que, por su posible interés para los que sufren de artritis
reumatoide, y dentro del mismo plano divulgativo con que acometo estos
temas de Medicina y Salud, trataría de exponer todo el proceso evolutivo de esta
enfermedad desde mi experiencia de bastantes años sufriéndola y
capeándola.
Pues,
bien, lo hago y lógico es comenzar por el principio, es decir, los primeros
síntomas.
Éstos
comenzaron allá a principios de los 90, cuando rondaba los 40 años
(ahora tengo 57). Recuerdo unas primeras crisis, esporádicas, que se manifestaban
de dos formas aparentemente distintas y sin relación: las primeras,
con dolores en las articulaciones y músculos de los brazos,
principalmente en el hombro o la mano, con la apariencia de ser unas
intensas agujetas o, caso de la mano, de una luxación tras haber
pegado un fuerte puñetazo sobre una mesa. Lo achacaba a algún
sobreesfuerzo en el trabajo o los ejercicios que -todavía- realizaba
para mantener la forma. Las segundas -bastante
peores- aparecían con dolores en la caja toráxica, dolores sordos que se agudizaban de forma
extrema con cualquier movimiento más o menos brusco y, en mayor
medida, al intentar toser. Esto último hacía pensar en alguna patología del
árbol bronquial o los pulmones, como una bronquitis o
traqueobronquitis aguda, si bien, el cuadro carecía de algo tan
típico y fundamental en las infecciones broncopulmonares como es la fiebre y la tos
persistente.
Como estas primeras manifestaciones no se identificaban
con las propias y características de un cuadro reumatoide -ni
llevaban a sospechas ni se podía relacionar- el
diagnóstico médico, basado en la auscultación y los Rayos X, no
quedaba claro. Naturalmente, ni los antibióticos ni los
analgésicos tenían efecto alguno en la remisión del cuadro.
Una de
las propiedades de la artritis reumatoide -que aunque no esté
demostrado ni se especifique como tal por los especialistas del tema,
yo quiero apuntar por haberlo advertido y sufrido con todo detalle-,
es la capacidad que tiene esta enfermedad de "copiar"
-literalmente- toda la sintomatología de otras diversas patologías.
Así, recuerdo la noche que -tras haberme acostado perfectamente- me
desperté a las cinco de la madrugada con un dolor intensísimo en el
dedo gordo del pie izquierdo. No me podía rozar ni el aire. El dedo
gordo estaba inflamado en grado extremo, por lo que no había lugar a
duda: aquello era un ataque de gota. Al día siguiente, un análisis de
sangre demostró que los niveles de ácido úrico estaban bastante por
debajo de sus valores extremos, por lo que, a pesar de aquella
apariencia, la gota había que descartarla.
En otra
ocasión, y también copia literal de la sintomatología de un cuadro conocido, fueron unos
intensísimos dolores maxilofaciales que se identificaban plenamente
con una neuralgia del trigémino. Los analgésicos, Fiorinal Codeína
u otros más potentes, me los tomaba de seis en seis sin apreciar ni
el menor efecto. El dolor era terrible. Decidí ir al dentista
imaginando que tanto dolor pudiera ser ocasionado por caries o
picaduras múltiples en el interior o las raíces de diversas piezas dentarias (si
han sufrido dolor de muelas, éste era parecido pero multiplicado por
mil). Las varias radiografías demostraron que no había tal, que la
dentadura estaba perfectamente y que no podía ser la causa del dolor.
Conseguí que el odontólogo -ante mi estado- me recetara dos
inyectables de un potente analgésico, uno de los cuales me bebí en la misma
farmacia, pues no podía ni llegar a casa.
Tras mis
visitas a médicos y estomatólogos, sin encontrar otra cosa que un
temporal y mínimo paliativo al terrible dolor (créanlo, me daba
cabezazos contra las puertas), la noche del tercer día, mientras
capeaba mi forzado insomnio rebuscando algo que me sirviera para el
autodiagnóstico entre mis
libros de medicina (vestigios de lo que otrora fuera ilusionada
vocación, frustrada por la falta de medios económicos), recordé de
pronto algo que había leído de niño en una de
mis revistas preferidas, el Selecciones del Reader's Digest. Recordaba
que un médico norteamericano afirmaba que la artritis reumatoide -tal
como reseño más arriba- copiaba y se manifestaba en ocasiones como
si se tratara de otras enfermedades... Sin pensarlo dos veces me puse
a buscar entre las diversas cajas de jarabes, inyecciones, pastillas y
fármacos de todo tipo que todos guardamos en casa. Y allí estaba. Un
antiinflamatorio, un AINE: Ferpan. Sin dudarlo un instante -aunque sin ningún
convencimiento- me tomé un par de cápsulas y volví a mi trabajo de
investigación. Unos minutos más tarde, mientras intentaba encontrar
algo que me reportara esperanzas en el estudio del metabolismo de las purinas, comencé a sentir
que el dolor parecía menguar o disiparse. No me lo creía, pero,
mientras abría parsimoniosamente la cuarta o quinta cajetilla de
tabaco de aquel día, me di cuenta que algo mágico, impensable,
increíble, estaba sucediendo. Tiré el paquete de cigarrillos sobre
la mesa, me levanté de un brinco y, casi llorando de alegría, me fui
al dormitorio para despertar a mi mujer y contarle la buena nueva. El
intensísimo dolor que me había atormentado durante tres días y tres
noches, en apenas un cuarto de hora había remitido totalmente.
Al día
siguiente, un sencillo análisis de sangre -con pruebas reumáticas-,
decía, por fin, cuál era el origen de todas mis dolencias. Aquél
"Positivo-Dos cruces" -en la prueba del látex- terminaba
con las incógnitas de varios años de dolores y sufrimientos, tan inesperados
-y tan terribles a veces- como inexplicables. Naturalmente, lo único que
había terminado era el prólogo. Ahora comenzaba la
historia de verdad: La historia de un paciente aquejado de Artritis
Reumatoide.
En el
próximo artículo les cuento la primera visita al especialista en
Reumatología y todo cuanto acontecería después.
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Relación
de artículos publicados en Arena y Cal sobre:
ARTRITIS
REUMATOIDE
ALIMENTACIÓN Y ARTRITIS REUMATOIDE
por
Alfonso Estudillo
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