Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2006 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
La primera vez que recuerdo haber visto algo referente al Brasil, fue cuando me sorprendió una colorida y fiestera mujer que bailaba bajo un sombrero de frutas. No sé si era la figura de Carmen Miranda, pues no recuerdo el tipo de programa de televisión que veía, pero sí recuerdo la impresión que causó en mí esa alegría vestida de fiesta. Sentí un trópico alegre y despreocupado y aprecié el ritmo y la cadencia de gozar la vida como un carnaval, en ese momento la televisión era en blanco y negro y sólo después me enteré de la combinación de colores que ella portaba con tanta gracia. La segunda vez, la propicié viendo una telenovela donde actuaba Sonia Braga, en la que me interesé al saber que, a veces en algunos capítulos, se quitaba las bragas. Era una época en que me enteraba muy poco de lo que sucedía alrededor mío y diría que tampoco mucho de lo que me sucedía, tal como ahora sucede con muchos países y democracias que apenas viven su etapa infantil. La televisión no ayudaba mucho, pues las series que pasaban ya eran historia en sus países de origen, y para acabar de ajustar el despiste, yo pensaba que lo que allí presentaban estaba sucediendo en el momento. Me consuela el hecho de que en cierta medida estaba “inventando” la transmisión en vivo y en directo, cosa que en aquella época era ficción pura. En definitiva resulté ser un visionario, aunque en la práctica fuera un iluso.

Luego, en mi adolescencia, asocié la figura con el himno “Que é que a baiana tem”, con unos movimientos de cadera, con la exuberancia, el sabor y una especial forma de mirar y cantar. En las emisoras de radio podía escuchar toda la amplia gama musical que ofrecían los artistas del país de los sueños y concluí que eran canciones y ritmos en homenaje a esa diosa. Por la música descubrí también el lado sensual de las mujeres cariocas con la “chica de Ipanema”, y me sumergí cuanto pude en el acento y voz del idioma portugués, pronunciado para cautivar. A duras penas si entendía lo que decían, así que me extrañó saber, por las entrevistas radiales a los jugadores de fútbol, que los brasileños comprendían perfectamente todo cuanto se les decía y eran capaces de hablar el español con tal soltura, que parecían traer esa segunda lengua instalada desde la cuna, aunque sólo la utilizaran para comunicarse con los excluidos de tal fortuna. Fue una de las veces que sentí la inmensidad del mundo y comprendí las estrechas fronteras que me cercaban.

La actitud de los practicantes del “juego bonito” contrastaba con su velocidad: dominio silencioso, amagues con el balón y desconcertante salida. Un fútbol que ocupa toda la extensión de la cancha, deslizándose de un lado a otro, a veces en diagonal, a veces en zig-zag, pero siempre con un espíritu de fiesta creado para hechizar no puede más que haber sido concebido para el deleite de agradar a la diosa. Esa diosa de extraño magnetismo que descubrí en Carmen Miranda. En clases de geografía, Brasil era el referente para encontrar cualquier cosa en el mapa; ayudaba ver al gigante de América del Sur y su facilidad para trazarlo. Azúcar, plátano, caucho y café resultaron ser sinónimos de la cercanía de mi Colombia con mi Brasil, pero imaginaba, en ese entonces, un país envuelto por una burbuja especial que lo alejaba de cualquier influencia de sus vecinos. Selva era equivalente de misterio y embrujo, y Brasil era, según mis profesores de bachillerato, pura selva pura; un concepto que ahora puedo ampliar afirmando que Brasil es misterio y embrujo puro.

De joven, más informado, supe que los países de mis deseos compartían una estructura agraria arcaica, es decir, numerosas grandes propiedades subexplotadas, una masa de campesinos sin tierra y un aumento de población demasiado rápido, que acelera el éxodo del campo a la ciudad, ligado a un subempleo considerable (lo que aumenta la distancia entre ricos y pobres, la inequidad y las dificultades para sobrevivir). En todas partes se cuecen desigualdades. En el tema de la deuda externa, mis profesores de Universidad hablaban acerca de que era enorme, como el tamaño del país y su potencial de desarrollo, pero que su pago estaba condicionando la orientación económica del país. No entendía como un país pluricultural con influencia portuguesa, francesa, holandesa y española; podía tener endeudadas ciudades de interés artístico como Brasilia de Lúcio Costa y Oscar Niemeyer, tener una ciudad imperio llamada Petrópolis, o poseer a la excepcional Río de Janeiro, donde vivió la diva, con sus playas, vegetación tropical y relieves de granito; ciudades digna de las mejores películas, documentales y sueños. Todas cargando deudas impagables entre sus muros, todas con extensión de suburbios (favelas), igual que las de mi país. El quita y dame de ser colonia los ha pasado por otras manos distintas, pero no tan diferentes a las que por acá aprietan, con el mismo resultado. El mundo es una aldea y el agua moja igual a quien se quiera bañar.

Decir Brasil es decir garotas de caderas anchas, samba, sensualidad, fiesta, carnaval, senos al aire, playa, trópico, fútbol, pitos, colores. Brasil, el Maracaná donde se sueña. Es conocer a Blas Cubas de la mano de Joaquín María Machado de Assis y confundir Blas con Brasil. Es leer a Manuel Bandeira, Mario Raúl Andrade, Joao Guimaraes Rosa, Jorge Amado y Geraldino Brasil. Soñar con Brasil es ver una multitud de niños sin camisa, sonrientes, llenos de júbilo, jugando debajo de la lluvia, eligiendo su mejor pose para salir a pasear en las fotografías. 

El Brasil que conozco, en sueños, sabe suspender sus pasiones en el aire y amar la belleza de manera conmovedora. Decir Brasil, en Colombia, es decir sueños.







 

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