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Curiosidades - Ciencia y Salud
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Divulgación |
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LA
ARTRITIS REUMATOIDE (3)
Su evolución contada
por el propio paciente
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por
Alfonso Estudillo |
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http://www.islabahia.com/AlfonsoE
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Lo de no
poder ir a recoger mis premios literarios a causa de las crisis
dolorosas se repitió en dos o tres ocasiones más en los primeros
meses de 1995. Y esto, no sólo me producía la contrariedad de no
poder ir a recoger el premio -cosa que me satisfacía como es lógico-,
sino que me desbarataba todos los planes de futuro en mi carrera
literaria, ya que, en casi la totalidad de los certámenes era
condición indispensable la presencia del premiado para la entrega -y
pago- del premio conseguido. La no asistencia suponía la renuncia al mismo.
Por ello, después de pensarlo y madurarlo mucho, plenamente
convencido de que mi enfermedad era incompatible con el posible triunfo en el mundo de la
literatura (que no sólo es llegar, sino mantenerse, lo que conlleva
someterse a una continuada serie de viajes y más viajes: promoción de los
libros, ferias, etc.,), decidí "colgar la pluma" y dejar de participar en
certámenes. Esta renuncia significaba que se acabó lo que se daba, que hasta ahí llegó mi
carrera como escritor...
Las
crisis continuaron en los siguientes años, los dolores,
principalmente en las manos, se mantenían de forma constante
impidiéndome, o haciendo difícil, la mayoría de acciones para el
desenvolvimiento de una persona normal en su vida diaria.
Naturalmente, era peor cuando me sobrevenía una crisis atacando pies y piernas,
hombros y brazos o cualquier otra parte del
cuerpo. Entonces me convertía en un inválido total. Y, repito, ni
los analgésicos convencionales ni los antiinflamatorios ni ninguno
otro de los medicamentos que tomaba (recetados por los médicos
especialistas) conseguían frenar ni la enfermedad ni el dolor.
Por aquellos
tiempos de 1998-99, momentos álgidos, de terribles y continuados dolores día y
noche, de ver mi vida destrozada definitivamente por esta maldita
enfermedad, de verme inútil e impotente, de pensar que lo que me
esperaba (entonces pensaba que esta enfermedad no mata, pero, luego, pasados
unos años, por lo sucedido a una chica conocida que sufría lo mismo,
sabría que, si no la enfermedad en sí, los graves efectos
secundarios de los variados potingues, terminaban por proporcionarte
el billete para el otro barrio) era acabar en una silla de ruedas, inválido y deforme y
siendo una carga para mi mujer e hijos, fue cuando me asaltaron las
ideas de terminar para siempre con tanto dolor y sufrimiento.
Realmente, en aquellas noches en vela, en aquellas forzadas vigilias en
las que paseaba mi dolor por los largos pasillos de casa soltando
apagados quejidos, se me fue aposentando la idea de acabar con todo. Y
pensé seriamente en la forma en que podría llevarlo a cabo de manera
que nadie notara nada. Era una decisión largamente meditada, madurada
en seis largos años de dolores y sufrimientos, y avalada por ese
previsible futuro al que, irremisiblemente, me llevaba mi puñetera enfermedad. Sin embargo,
en tanto preparaba la "fórmula" que me proporcionaría el
billete para ese último viaje, cuando ya me disponía para pasar
a ese punto sin retorno, algo me iluminó, algo me abrió la
conciencia y me mostró al otro yo, al niño inquieto y soñador, que
muy pronto aprendió que los sueños sólo se hacen realidad con el
trabajo y el estudio, al muchacho, afanoso y luchador, siempre
estudiando y trabajando, al que muy pronto la vida le enseñó los
dientes y que el camino hasta los sueños se compone de sangre, sudor
y lágrimas, al hombre que había aprendido a ganarle los pulsos a la
vida y que, ya con plata en las sienes y mil cicatrices en el alma,
había sido capaz de cruzar por las realidades hasta -casi- llegar a la
misma puerta donde viven los sueños para hacerlos suyos... La voz de la conciencia sonaba
potente y clara: ¡Lucha, lucha y véncela! ¡Tú puedes y debes hacerlo!
Recapacité.
Pensé en mi mujer, mis hijos, mis futuros nietos... Quería para
ellos una infancia bien distinta a la que yo nunca tuve, vivir en
ellos esa infancia que yo jamás viví, era mi derecho y mi
obligación, no podía privarlos de tener un abuelo en el que
encontrar cariño, experiencia, consejos... Descubrí que aún había
sueños dentro de mí, sueños dormidos, apagados, pero casi vivos... Definitivamente
abandoné la idea. Sólo había que seguir luchando, vencer, poner
toda la fuerza de voluntad en hacer que aquel monstruo no pudiera
conmigo. Naturalmente, había que hacer algo...
Y lo
hice. Lo primero, abandonar todos los antiinflamatorios, protectores
gástricos y demás medicamentos que tomaba a diario. Sopesé la
situación, valoré toda aquella serie de productos que tomaba o
había tomado y llegué a la conclusión que el único que me
había demostrado una relativa efectividad era el deflazacort, un
corticoide. Dejé de tomar absolutamente todo excepto media pastilla (15 mg) de
Zamene.
El primer
mes noté que se acentuaban algunos de los dolores que soportaba a
diario -sobre todo los de las manos-, y que también se agudizaban y
mantenían más tiempo los que me sobrevenían periódicamente en
otras articulaciones, sin embargo, también iba notando una apreciable mejoría en mi estado interior,
vamos, que notaba claramente cómo iban remitiendo esos otros dolores
y malestares internos, pecho, estómago, abdomen, hígado..., que (entonces lo fui viendo con
claridad) se habían ido instalando en mí
a lo largo de los años como consecuencia de la toma de los
antiinflamatorios y demás medicamentos.
(Continúa
en el próximo número)
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Relación
de artículos publicados en Arena y Cal sobre:
ARTRITIS
REUMATOIDE
ALIMENTACIÓN Y ARTRITIS REUMATOIDE
por
Alfonso Estudillo
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