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III. “LIEBRE”

Las dos reflexiones irreflexivas que me falta desarrollar van, por distinto derrotero de sentido y signo contrario, por el grato quehacer de mi reconocimiento a la verdad honda, admirable, y lo mejor que aún posee en su fondo y esencia esta España tan querida como rota, a acercarse, a corazón abierto al sentir, decir y vivir del pueblo llano y de su verdad íntima.

Hace muchos años de esto. Ya son más de sesenta. Y coinciden, muy poco después de terminar nuestra absurda, salvaje e incivil guerra, con mis primeras estancias en la tierra aragonesa que fue patria chica de mi padre y toda su rama familiar.

Estamos aún en los primeros años cuarenta, todavía vivas muchas de las heridas de esta nefasta guerra, no cicatrizadas. Pero en el pueblo en que estábamos pasando unos cortos días en familia, acababa de ocurrir un hecho muy significado: el nacimiento del que hoy es, en la lista de todos ellos, el penúltimo de mis primos hermanos.

Se quiso celebrar con todo el esplendor posible el acto solemne del bautizo de ese primo mío, apadrinado, precisamente, por mis padres. Se preparaba la gran comilona y merienda subsiguiente. No podían faltar los exquisitos dulces y repostería (merengues, tartas, sabarinas, mojicones y etcétera y etcétera) que tenía que ir a adquirir a la cercana ciudad (sólo quince kilómetros) el criado de confianza de la casa, hombre recto, justo y cabal a conciencia y lleno de lealtad a la casa.

Preparó la mula y emprendió temprano la marcha.

A la tarde, víspera del acontecimiento esperado, debería de estar ya de vuelta, comido, descansado y con toda la compra.

Y así fue en efecto, pero con una sorpresa inesperada. Primero, que había tenido que ir a ver al médico que atendía a la familia. Le dolía la cabeza. No fue nada. Un “golpe de calor”, nos dijo. Y añadió, tan serio y convencido que no pudimos reírnos ninguno.

- “Me puso así como un lapicerico de cristal y me dijo el señor medico (dislocando el acento) que tenía “liebre”. Pero que no era ná. Me hizo tomar una pastillica y beber mucho, menos mal que llevaba llena la bota”.

Y el remate de la sorpresa en una peripecia felizmente superada vino a continuación, porque añadió:

- “Está tó lo que mi han dicho. Bueno, tó menos una cosa. No hi querío traer los merengües porque, al velos así tan esponjaus y marrones, no me fie y les puse el dedo, a ver, y me se hundió. Y yo no traigo a la casa ná pudrío”.

De esta forma, preámbulo del esperado bautizo, acabó la cosa con el profundo dolor de la madrina, mi madre, que era quien había pedido los merengues, una de sus mayores debilidades en el ramo de la pastelería.

Pero qué bien puesto tenía el nombre aquel criado, que se llamaba Fidel y era eso, un espejo de fidelidad y honradez para la familia y aun para todo el pueblo. Servicial como nadie, ahora, todavía, después de tantos años y cuando hace ya muchos que murió con cristiana conformidad, lo sigo recordando y me ha quedado como buena muestra de la gente ejemplar del pueblo llano.






 

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