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IV.

Que nadie imagine que este comentario final, en la serie de cuatro prometida, tiene relación con la anterior por la referencia a liebre en una y otra. Estamos a muchos años de distancia entre ambos casos y a una muy distinta motivación. Pero vamos ya con nuestra “reflexión”.

Como la finca en la que vivo la mandó construir mi abuelo materno (y en ella en la planta baja con jardín, que ha llegado a conocer y era en aquel entonces vivienda de mis abuelos e hijas e hijo, los tres solteros, fue a darme a luz mi madre, desde Teruel, donde estaba destinado mi padre); como todas esas circunstancias concurrían y en la puerta 10ª, mi actual propiedad y vivienda, no se habían hecho reformas casi ni arreglos en más de sesenta años, antes de ocuparla la sometí a una reforma total, con el hecho curioso de que me costaron los arreglos e innovaciones y modernización necesaria, mucho, pero muchísimo más, que le costó toda la finca a mi abuelo en 1915.

Ahora, por fin, y como término de todos los numerosos gastos (calefacción, frío, suelo, tabiques y nueva distribución, pintura, etc.) le llegó el turno al balcón que da paso a una galería con visión amplia y luminosa y a los dos de la calle, uno de los cuales pertenece a mi despacho, lleno hasta la bandera (como se dice popularmente) de libros, fichas, ficheros, carpetas, diplomas, cuadros y todo lo imaginable. Son más de dieciséis mil los volúmenes que llenan las paredes de mi casa y unos mil quinientos los que he tenido que desplazar al chalé de nuestros cortos veranos.

Y dirán mis pacientes lectores: “bueno y eso qué nos importa y a santo de qué viene”. Pues vamos, ya, a ello.

La instalación de los tres balcones (que han sustituido a los antiguos) modernos, de aluminio y, además, insonorizados para evitar el tráfico interminable de la Gran Vía en que resido, no sólo ha sido la ruina final, sino que ha conllevado un galimatías en casa.

Ahora, por fortuna, ya está todo resuelto, aunque falta salir a luz del maremágnum en que me encuentro.

Como empleado especialista, me mandó la empresa contratada un hombre ejemplar. Honrado, trabajador muy eficiente y muy activo... y la sorpresa final para esta miniserie de “reflexiones”.

Estuvo mirando en el pasillo, al azar y de paso, una fila de libros y me dijo:

“Veo que Vd. tiene muchos libros con cosas de André Chejov. Me gusta mucho y es una de mis lecturas favoritas”.

Me quedé estupefacto. ¡Gratísimamente estupefacto!

Y me confesó luego que siempre que disponía de algún tiempo no paraba de leer.

Me di el solemne gusto de regalarle dos libros de cuentos (que tenía en otra edición y eran, por tanto, repetidos) de André Chejov.

Y nueva sorpresa. Su gratitud se me mostró inmensa en su agradecimiento.

Y añadió:

“Estos libros también se los pasaré a mi sobrina, que también lee mucho y buena literatura”.

Mi alegría fue inmensa. Hable con él largo y tendido. Le dije que dejara su trabajo un momento y que charláramos confiadamente. Está, como dicen los estudiantes, verdaderamente “empollado” de literatura y la rusa, que es otra de mis debilidades, la conoce muy a fondo.

Y yo, pensé (y lo sigo pensando, ahora que el buen Javier, pues éste es su nombre, ya ha terminado su trabajo para mí), con admiración, con alegría y plenamente satisfecho: “Donde menos se piensa salta la liebre”.

Porque ese buen hombre es un ejemplo más de lo que es y da el buen pueblo llano. Un Séneca en miniatura, con una sensibilidad finísima y unos gustos refinados.

Desde ese día miro con un cariño especial los balcones de mi casa.






 

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