Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2007 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Sigfrido, héroe de narraciones mitológicas, ha dado muerte al dragón. Feliz de su victoria, la dedica a su amor, la bella Brunilda, mientras mana sobre su cuerpo el chorro de sangre caliente del dragón. Ella lo tornará invulnerable y en adelante ningún arma podrá herirlo. Feliz, escucha el canto de las aves, cuando de un árbol cae una hoja y se fija en uno de sus hombros. Sigfrido lo advierte, un movimiento le bastaría para quitarla, no lo hace.

¿Por qué? Tal vez el héroe se prefiere más hombre que dios y decide guardar la imperfección, ese punto vulnerable de su cuerpo. Comete así una suprema locura, y el azar de una hoja caída se convierte en destino.

¿O Sigfrido piensa que se trata de una señal de los dioses y no está en su mano borrarla? Como fuere, el don de la invulnerabilidad se le ha dado mas no en completud.

Y doble locura, Sigfrido confiesa su defecto a la amada Brunilda, quien, confundida por bajas intrigas, lo mandará matar de un certero lanzazo en el hombro, suicidándose luego.

Ah, el hombre, ese tonto dios fallido...


 
Nota de pie de página. Otra versión sostiene que Sigfrido no advirtió la caída de la fatal hoja. Naturalmente, de ser cierta, daría por tierra con mis reflexiones existenciales. La vía directa para averiguar la verdad fue preguntar al propio héroe. Corrí pues a la Opera y en un entreacto interpelé al Sigfrido wagneriano. Y me contestó:

- Yo siempre lo supe.

Y murmurándome al oído:

- Te diré más, ninguna hoja me cayó, yo mismo la corté del árbol y la puse sobre mi hombro, soy un tramposo.

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