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Contraluz
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Literatura |
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Antonio Machado y la primavera
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por
Juan Mena |
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En Antonio Machado, como en todos los poetas herederos del romanticismo, el paisaje está presente. El paisajismo sirve de marco a los sentimientos y a las reflexiones del escritor. Hoy, en que el paisajismo no aparece como protagonista en el poema, sino que ha desaparecido considerado ya como anacrónico, o como pretexto y recurso de principiante y
de poeta de segunda y tercera fila, nos alegra encontramos con unos versos como estos:
La primavera
besaba
suavemente la arboleda,
y el verde nuevo brotaba
como una verde humareda".
Machado canta esta floreciente estación como otros poetas lo han hecho, y la ponderación mía se debe a que en él, un tema tan tópico y manoseado, adquiere frescura y puesta al día en lo que a presentación lingüística se refiere.
Tratándose de un poeta enormemente topográfico y descriptivo, la naturaleza en todos sus aspectos abunda en su poesía. Pero no por el hecho fruitivo de la descripción como motivo central, sino que en ella connota, o sea, añade como vivencia personal, una porción de su experiencia de hornbre:
Álamos del amor que ayer
tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera...".
En efecto, el amor, la nostalgia o la exaltación -"¡Primavera soriana, primavera!"- condicionan la presencia de ese estallido de yemas, corolas, verdes desnudos, aire fresco y transeúnte por ramas y tallos. Abril es el mes que se repite con frecuencia en las citas primaverales del poeta, siempre mencionado con sus atributos más característicos.
"Abril florecía / frente a mi ventana." "Son de abril las
aguas. / Sopla el viento achubascado, / y entre nublado y nublado / hay trozos de cielo añil".
"Era una mañana / y abril sonreía". "Abril sonreía; yo abrí la
ventana / de mi casa al viento... / El viento traía / perfume de
rosas, / doblar de campanas...".
Antonio Machado, al contrario que Juan Ramón Jiménez, no experimenta depresión y borrosa melancolía ante ese fenómeno de explosión floral y azules todavía titubeantes. Es curioso detectar en él una poesía meditadora, que contempla la vida y la naturaleza con ciertas conclusiones filosóficas, y por encima de esa gravedad, como si tratara de un palimpsesto, otra poesía que se rejuvenece con la observación, digo mejor, con el estupor admirativo ante los elementos naturales y el amor. Sin embargo, no es Machado un poeta exclusivamente paisajista ni pensativo a raíz de analogías entre sus ideas y el paisajismo. Leyendo sus proverbios, vemos en él un poeta filosófico, sin la acritud de Quevedo ni el culturalismo de Borges. Su filosofía, representada a veces por Mairena y Abel Martín, arranca de la vida misma.
Doy mucha importancia a esta consideración que he hecho. Ciertamente, la primavera en este gran poeta noventayochista no aparece, repito, como un adorno o un pretexto del que abusaron otros, sino que cuando el poeta admira, lo hace con una llamada de la soledad (gran constante en la poesía machadiana), con un instinto de celebración y con ánimo
de espera incansable.
No en vano, ante el olmo seco y hendido por el rayo, y en el colmo de la identificación con el renacimiento anual de la tierra, Machado esperaba con su corazón abierto a la luz y a la vida, "otro milagro de la primavera".
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