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No podemos negar que José Zorrilla, el poeta y dramaturgo vallisoletano, es un autor bien conocido de todos, principalmente por su drama Don Juan Tenorio, obra que es representada en gran parte de los países de habla hispana en fechas próximas o coincidentes con el Día de Difuntos (2 de Noviembre.

Sin embargo, por su poesía -aunque muchos de sus versos nos recuerdan a los del popularísimo Antonio Machado- apenas si es conocido. En su obra lírica, amplia de ritmo y color, destacan sobre todo las leyendas, poemas narrativos que recrean hechos históricos -frecuentemente medievales-, legendarios o fantásticos, si bien, es el amor la faceta temática que constituye uno de los ejes fundamentales de toda su producción, posiblemente por su temperamento sensual, que le arrastraba hacia las mujeres. Lo confirma el hecho de que se le cuentan dos esposas, un temprano amor con una prima, otros amores en París y México -y alguno más poco conocido-, lo que nos propone una lista que, aunque no tan densa como la de la de su Don Juan, nos revela que no le iba muy a la saga.

Recordemos que Zorrilla nació en Valladolid, el 21 de febrero de 1817, ciudad en la que vivió parte de su infancia. Su padre, relator de la Real Chancillería, era hombre de rígidos principios, absolutista y partidario acérrimo del pretendiente don Carlos, y su madre, Nicomedes Moral, una mujer piadosa, muy sufrida y sometida al marido. Tras varios años en Valladolid, Burgos y Sevilla, la familia -cuando el niño tenía nueve años- se estableció en Madrid, donde el padre trabajó ejerciendo el cargo de superintendente de policía.

En Madrid estudió en el Seminario de Nobles, luego dos años de Leyes en Toledo y Valladolid, pero en 1836 abandonó los estudios, huyó de la casa paterna en Lerma (donde vivía la familia tras haber sido desterrado el padre por razones políticas) y se refugió en Madrid, donde se dio a conocer como poeta (el 15 de febrero de 1837) leyendo unos versos con motivo de la muerte de Larra, hecho éste que le granjearía la profunda amistad de José de Espronceda y Juan Eugenio Hartzenbusch. Luego de su matrimonio con Florentina O’Reilly (1839), una viuda bastante mayor que él y con un hijo –unión que sería un completo fracaso-, huye de ella a París en 1845. Allí conoció y mantuvo amistad con varios escritores, entre ellos Alejandro Dumas, Alfred de Musset, Víctor Hugo, Théophile Gautier y George Sand.

Tratando de remediar sus apuros económicos se traslada a México, pero, tras doce años en el país azteca, en 1866, muerta ya su esposa, vuelve a España sólo para seguir sufriendo nuevos agobios. En 1869 se casa con Juana Pacheco. Siguen los apuros económicos, de los que no logran sacarle ni los recitales públicos de su obra ni una comisión gubernamental en Roma (1873) ni una pensión otorgada ya demasiado tarde. Zorrilla moriría en Madrid el 23 de enero de 1893. A pesar de toda la problemática que rodeó su vida, su popularidad como escritor fue inmensa.

En 1848, con tan solo 31 años de edad, fue elegido miembro de la Real Academia Española donde leyó su discursó de investidura en verso (aunque no tomó posesión hasta 1885).

En su obra poética podemos citar títulos como La leyenda del Cid, El montero de Espinosa, Justicias del rey don Pedro, A buen juez, mejor testigo, Margarita la Tornera, La Pasionaria, etc.

En su teatro cultivó fundamentalmente el drama histórico, con títulos tan famosos como El zapatero y el rey (1842), Sancho García (1842), El puñal del godo (1843), Traidor, inconfeso y mártir (1847), etc., si bien fue su Don Juan Tenorio (1844) la obra que le dio máxima popularidad y la que cimentaría su sólida fama posterior. Esta obra, que está inspirada en El Burlador de Sevilla, de Tirso de Molina, por su construcción dramática, el ambiente misterioso que crea, la humanidad de los personajes y, quizás, sobre todo, por la eficacia del mito de la salvación por el amor, ha sido -y es- la más viva del teatro romántico y una de las más populares de la escena española de todas las épocas.

Ateniéndome a lo que refiriera al principio, de que muchos de sus versos nos recuerdan a los de Antonio Machado (y por la circunstancia de que, a pesar de ser un poema muy buscado, no se consigue encontrar en Internet), les muestro el poema titulado La siesta (entrada de su composición Esencia de rosa).

 
LA SIESTA

Son las tres de la tarde, julio, Castilla.
El sol no alumbra, que arde, ciega, no brilla.
La luz es una llama que abrasa el cielo,
ni una brisa una rama mueve en el suelo.
Desde el hombre a la mosca todo se enerva,
la culebra se enrosca bajo la yerba,
la perdiz por la siembra suelta no corre,
y el cigüeño a la hembra deja en la torre.
Ni el topo, de galbana, se asoma a su hoyo
ni el mosco pez se afana contra el arroyo
ni hoza la comadreja por la montaña
ni labra miel la abeja ni hila la araña.
La agua el aire no arruga, la mies no ondea,
ni las flores la oruga torpe babea,
todo al fuego se agosta del seco estío,
duerme hasta la langosta sobre el plantío.

Sólo yo velo y gozo fresco y sereno,
sólo yo de alborozo me siento lleno,
porque mi Rosa, reclinada en mi seno,
duerme y reposa.

Voraz la tierra tuesta el sol del estío,
mas el bosque nos presta su toldo umbrío.
Donde Rosa se acuesta brota el rocío,
susurra la floresta, murmura el río.

¡Duerme en calma tu siesta, dulce bien mío!
¡Duerme entretanto
que yo te velo, duerme,
que yo te canto!






 

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