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Rincón de la Poesía

Rosa Juan Mena
San Fernando



  



 
 

TANTA BELLEZA TAN MI DESENCANTO
 

Si es vicio en el poeta conversar con paisajes,
¿cómo callar los guiños que nos dan esos ojos
de los alrededores, huérfanos de caricias
visuales por la gente que pasa apresurada,
atenta nada más que a consignas de frívolos encantos?
Antorchas mortuorias deja al ocaso el agua
[ y la penumbra pone mariposas de sombras.
Con la espuma derrama su corazón el mar
[y la noche lo acuna, ya bajel de marea,
oceánicas lenguas de ondulante salitre.
Cruje la soledad en la orilla, que ha sido
anfitriona en verano de fugaces amantes,
[y el silencio, invisible, recuerda los veranos.
El mar se va ensanchando en tus pupilas.
Tú sí que eres un mar con un salmo de luna.
¿A qué venimos, dime, a esta mansión del agua,
lejana la ciudad con garganta de acero,
con respiro estridente de metálica glotis,
lejano el cementerio con su mohoso olvido,
los cipreses que aprenden a amordazar sus llantos
[y el adiós que no dejan concluir los dolientes?
¿A qué venimos, dime, al pie de esta pregunta?
¿Cómo amarnos sabiendo que la boca del hambre
engulle cada día cataratas de niños
[y las garras del frío desgarra a los sin-techos,
[y el sol besa las frentes del sudor que claudica
-tan irónico el brillo- de obreros programados
y los muertos se llevan nuestra alma a jirones.
¿No husmea ahora la muerte con su hocico funéreo
la ciudad que la olvida con consumo y neones,
la ciudad que la calla con estruendo y la borra
de su agenda; mas ella con su zarpa porfía
para llevarse a náufragos de esta existencia frágil?
Vámonos con empuje de este inhóspito viento,
el viento que se sube al locuaz campanario
[y quiebran los silencios que manchan las paredes
de esa iglesia, ese buque de fe en su mar de siglos
llamando a que la gente sacudan las miradas
de efímeras bellezas, espejismo a los ojos
-pero para la víspera consuelos sensoriales-.
La lluvia está cayendo sobre el parque indefenso,
pero exhibe una verde cabellera en desorden.
Los pies de paquidermo de nieve de diciembre
pronto harán sin ruido su invasión en las calles.
El rictus del invierno no es la risa de agosto
en la boca de piedra de un paisaje tan huérfano.
Olvidemos ahora que los asesinatos 
con la sangre se sacian porque no comen rosas
[y están deshabitados de amor los asesinos.
Nosotros, que hemos sido rehenes de lo hermoso
con partituras íntimas de selectas palabras,
pugnamos por obviar tanto drama del mundo
[y suscritos estamos a postales marinas.
¿No estamos abonados a presencias de abriles,
a ser los anfitriones de tantas primaveras?
¿Somos desorientados habitantes sonámbulos
de un país aspirante a levitar en nimbos,
país de la poesía, mapamundi de sueños?
Olvidemos, amada, que el dolor nos acecha
con boca de siniestras noticias hoy a todos
los que estamos pisando el planeta angustiado
[y hace que no podamos curarnos con olvido
si la desgracia azuza a los gozos sus perros.
Cubramos con la carne del amor las fisuras
que amenazan al buque en el que navegamos.
Que tu piel sea ahora el telón del olvido,
la maraña de amnesia en que el mal envolvemos
para después del himno sacrificial a Venus,
volver a encadenarnos a oxidadas costumbres
a las que nos obliga nuestro rol de vivientes.
Pero, ¿cómo enterrar en la frágil memoria
la queja trepidante del que muerde su sino,
la hiel del que patea su esperanza ya inerte? 













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