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Curiosidades - Ciencia y Salud
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Divulgación |
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ALIMENTACIÓN
Y ARTRITIS REUMATOIDE (5)
La cocción de los alimentos
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por
Alfonso Estudillo |
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http://www.islabahia.com/AlfonsoE
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Uno de los temas más importantes en la salud alimentaria, y quizás
el que más influencias puede tener
en la generación de muchas enfermedades y estados patológicos, de acuerdo a los estudios e
investigaciones de diversos científicos y especialistas en la materia, es
la cocción y el cocinado mediante la aplicación del calor a los alimentos.
Es muy
posible que Vd. -como cualquier otro ciudadano de a pie- cuestione estas
afirmaciones y se pregunte que por qué iba a hacernos daño un
alimento cocido, asado o frito. La respuesta es compleja y necesita de
sus lógicas argumentaciones técnicas, pero, tratemos de ir comprendiéndolo
con un primer acercamiento. El hombre no es un producto de generación
espontánea ni fue creado tal como es ahora, sino el resultado de una evolución de millones de
años.
Si tenemos en cuenta que el hombre -aunque ya conociera el fuego por
incendios provocados por rayos u otros- no comenzó a hacerlo a
voluntad y a dominarlo hasta
hace apenas 10.000 años, podemos afirmar que el organismo humano jamás
probó otros alimentos que los que le ofrecía, y en la forma que se
los ofrecía, la naturaleza, es decir, absolutamente naturales y
crudos. Así las cosas, no cuesta mucho entender que es imposible que
un organismo cambie en unos pocos miles de años las pautas
alimentarias que se fraguaron -y que condicionaron su metabolismo- en un
proceso de millones de años. Y a esto hay que añadirle que, todavía hasta hace
unas pocas decenas de años -¡ojo!-, se comían alimentos naturales. Piense en
los actuales, degradados y transformados por multitud de
modificaciones genéticas, conteniendo aditivos, abonos químicos,
plaguicidas..., y sometidos a manipulaciones industriales y pruebas de
todo tipo para hacerlos más productivos y rentables. Ya no sólo es
la comprobada acción del calor sobre cualquier alimento natural, sino
las desconocidas -e innumerables- reacciones que se producen en estos
otros alimentos industrializados a los que los científicos se afanan
en ponerles nombres.
Pero,
hagamos una segunda aproximación donde la simple lógica nos permite sacar
más conclusiones.
Casi todo
lo que comemos es materia orgánica procedente del reino animal o
vegetal (pollos, peces, frutas), generalmente en su estado
de madurez, aunque también en estado embrionario (huevos, semillas) o en etapas de desarrollo (lechón, peces inmaduros). Todos
estos organismos -como nosotros mismos- tienen unas
propiedades comunes: nacimiento, desarrollo, madurez, envejecimiento,
muerte y descomposición. Naturalmente, elegimos el mejor momento de
su ciclo vital para sacrificarlo o cortarlo de su tallo y que nos
sirva de alimento. Sin embargo, una vez hecho esto, a pesar de que la
vida ya no podrá continuar en estos organismos, tanto la pechuga de
pollo, el filete de pez espada o las peras aún
mantienen una vida relativa en su complejidad biológica: células,
proteínas, enzimas, etc., continúan "vivas" hasta que,
precisamente su propia degradación y muerte (junto a la acción de las bacterias), inicie el proceso para cumplir la
última etapa de su inexorable ciclo vital, o sea, la descomposición.
Para ver el proceso sólo tenemos que dejarlos unos pocos días
sobre la mesa a temperatura ambiente. Entonces veremos cómo esta
mínima temperatura afecta a sus
componentes biológicos, que se iran degradando y muriendo hasta
pudrirse por completo. Para evitar esto (aunque hay
otros métodos como el salado, ahumado, etc., todos muy temporales)
podemos hacer algo muy fácil y a nuestro alcance: evitarles la
temperatura que los corrompe, es decir, enfriarlos o congelarlos. Si los sometemos
a temperaturas bajas (desde -18º C.), podemos paralizar todo el
proceso y mantenerlos sin problemas incluso durante años. O
bien, todo lo contrario: someterlos a altas temperaturas mediante
cocción, fritura o asado y conseguir
en minutos lo mismo que sucedería con dejarlos varios días encima
de la mesa a la temperatura ambiente, es decir, alterarlo en su natural
estado biológico y privarlo de toda vida. Muertas las bacterias,
destruidas las enzimas, alteradas las proteínas y perdidos los
nutrientes, es obvio que hemos creado un alimento nuevo, distinto al original, un alimento que
nuestro organismo sólo podrá reconocer, digerir y aprovechar en
parte. La otra parte, compuesta de proteínas alteradas o mutadas y
sustancias nuevas, irreconocibles por nuestro metabolismo y, con más
frecuencia de lo que creemos, tóxicas y cancerígenas, será la
encargada de ir promoviendo estados patogénicos y el ensuciamiento celular que tan
magistralmente nos describe el profesor Seignalet en sus
investigaciones.
Y a este
respecto, además
del profesor Seignalet, son muchos los científicos, químicos,
biólogos, oncólogos, nutricionistas, etc. que, por sus propias
investigaciones, basadas en la
reacción de Maillard y otros estudios posteriores, nos alertan de la
multitud de efectos negativos y patogénesis que ocasiona la
aplicación del calor en la mayoría de los alimentos que ingerimos.
Desgraciadamente, estos investigadores y sus estudios son poco tenidos en cuenta y, aún menos,
divulgados. Hemos de suponer que no interesa a la gran industria ni a otros muchos
estamentos (ver enlace 1).
La reacción de Maillard (técnicamente, glucosilación no enzimática de proteínas)
es un conjunto complejo de reacciones químicas que se producen entre las proteínas y los azúcares reductores que se dan al calentar los alimentos.
La investigó en profundidad el químico Louis-Camille Maillard (1878-1936) demostrando que los pigmentos marrones y los polímeros que ocurren durante la pirólisis (degradación química producida únicamente por calor) se liberan después de la reacción previa de un grupo de aminoácidos con un grupo carbonilo de azúcares. Los productos mayoritarios de estas reacciones son moléculas cíclicas y policíclicas, que aportan sabor y aroma a los alimentos, pero que también pueden ser
cancerígenas. Para
hacerlo algo más entendible, digamos que el color oscuro que toman las
carnes al ser cocidas, el color del pan tostado o el caramelizado de las chuletas a la
plancha, son algunos de los cambios químicos -los únicos visibles- que se producen por esta
reacción.
Hoy se
sabe, además de confirmarse propiedades mutagénicas y cancerígenas
(caso de las acrilamidas, que se originan al cocinar alimentos que contienen féculas
-como los cereales y las patatas- a temperaturas superiores a 120º C.),
que los productos originados por estas reacciones están asociados, entre otras muchas enfermedades, con
el mal de Alzheimer.
No costaría mucho -el tiempo nos lo confirmará- asociarlos a muchas
de esas enfermedades nuevas y de etiología desconocidas que nos afectan
cada días más.
¿Qué sucede exactamente cuando cocinamos la comida?
A grandes razgos podemos decir que la estructura bioquímica y la composición nutricional del alimento se altera con respecto a su estado original. Las moléculas en el alimento se deforman y degradan.
Los nutrientes (vitaminas, minerales, aminoácidos, etc.) se destruyen, alteran y
pierden, dependiendo de la temperatura, método y tiempo de cocción,
pues, si bien, a partir de los 40º
C. ya se observa destrucción de las enzimas y cambios estructurales en las
proteínas -que, lógicamente, aumentan con el tiempo expuesto-, la
frontera calorífica a partir de la cual tiene lugar la mayoría
de estas reacciones negativas son los 110º C.
Se coagulan alrededor del 50% de las proteínas. Una parte importante de
éstas se vuelven inutilizables para nuestro organismo. Las altas temperaturas también crean crosslinks
(entrecruzamiento entre hebras del ADN) en las proteínas. Este tipo de proteínas están implicadas en muchos problemas de salud, así como también son un factor en la aceleración del proceso de envejecimiento.
La interrelación de los nutrientes se altera con respecto a su composición natural sinérgica. En el caso de la carne, por ejemplo, se destruye proporcionalmente más vitamina B-6 que metionina, lo que fomenta la acumulación de homocistina, que es aterogénica e inicia la formación de radicales
libres, factor muy importante en los problemas cardíacos, la artritis reumatoide, las enfermedades inflamatorias intestinales y los trastornos neurodegenerativos. La estructura natural del agua también se altera.
Se crean sustancias tóxicas y “productos secundarios” de la cocción. Cuanto mayor la temperatura de cocción, más toxinas se crean. Freír y asar crean especialmente muchas toxinas. Al cocinar grasas, especialmente proteínas, se generan distintas sustancias cancerígenas y mutagénicas y multitud de radicales libres.
Y un largo etcétera... (vea más información en
el enlace 2).
FORMAS
DE COCCIÓN Y SUS EFECTOS
Los
alimentos solemos cocinarlos de diversas maneras. Veamos algunas
formas y sus propiedades.
-
Cocidos. Hervir los alimentos es la forma más antigua,
sencilla y rápida de prepararlos. Y, quizás, sobre todo si cocemos
el menor tiempo posible, la menos agresiva (la temperatura no
sobrepasa los 100º C., que es la de ebullición del agua). Es sistema
válido para casi todos los productos: carnes, verduras, hortalizas, legumbres,
pescados. Su principal desventaja es que supone pérdidas de nutrientes,
vitaminas hidrosolubles y minerales por el efecto del calor (sin
olvidar lo ya dicho sobre las moléculas de Maillard). Para disminuir
estos efectos, basta con reducir la temperatura (si es posible) y el tiempo de cocción. Hay
algunos tipos muy populares, como los callos -o menudo-, los cocidos
como el madrileño y los pucheros, que, lógicamente, son obligado
descartar de una dieta saludable porque necesitan (o suelen darle) un tiempo de cocción
excesivo (6 horas los callos, 3 h. el puchero andaluz y el cocido).
Los potajes, berzas, potes y demás guisos cuyos principales
componentes son las legumbres (garbanzos, alubias, lentejas, fabes,
etc.), aunque se le adjudica una cocción de unas dos horas, si las
legumbres son de buena calidad y se observa el tiempo de remojo previo
(unas 12 horas), se cuecen perfectamente
(según mi propia experiencia en los fogones) en sólo una hora, un tiempo bastante más
prudencial y aceptable.
- En
ollas a presión. En una olla a presión, las zanahorias, por
ejemplo, están tiernas y cocidas en apenas dos minutos, mientras que
en una olla convencional necesita 15 minutos. Sin embargo, no es
recomendable porque en su interior se alcanzan temperaturas de hasta
140º C. (el agua necesita mayor temperatura para hervir cuando está
sometida a presión), lo cual, no sólo invalida la ventaja del menor
tiempo sino que, como sobrepasa bastante la frontera de los 110º C.,
los alimentos sufrirán un mayor cambio en sus estructuras y
composición (Supongo válidos la aplicación de los estudios que ya
conocemos sobre el calor y los alimentos, pero estimo que deberían
hacerse más específicamente sobre los resultados de la presión para
valorarlos de manera más precisa y correcta). A falta de unos
estudios más precisos -y por lo que sabemos-, optamos por no
recomendarla como una alternativa válida a la cocción convencional.
- Asados,
en parrilla o a la plancha. Es la forma más rápida de hacer un pollo o unas
chuletas, pero, al mismo tiempo (junto con los fritos), la más
agresiva a los alimentos y nociva para la salud por las altas
temperaturas que se alcanzan (hasta 220º C. en una plancha o asadora
eléctrica) y el contacto directo con las fuentes de calor y las
grasas recalentadas o quemadas en el proceso. Sin duda, es una de las
formas de hacer más sabrosos los alimentos (precisamente -entre otras-
por esa especie de "caramelizado" producido por la reacción
de los azúcares y proteínas en las zonas en mayor contacto con el
calor), pero, también, la forma de ingerir más cantidad de posibles sustancias cancerígenas y mutagénicas.
No es recomendable.
- Fritos.
Al igual que asados o a la plancha -y aunque nos cueste aceptarlo
por lo buenos que están las patatas o los salmonetes-, es el procedimiento
menos recomendable para la preparación de los alimentos. A las altas
temperaturas a la que se produce la fritura (180º C. o más) es obvio que nos encontraremos con todas las consecuencias
negativas de los procesos que aquí comentamos. Añadámosle los que
pueden derivarse del uso de un aceite de fácil degradación (el que
menos la sufre es el de oliva) y utilizado muchas veces. Se
impone, por tanto, eludir cuanto se pueda la ingesta de fritos, pero,
de hacerlos, siempre con aceite de oliva virgen extra (los
aceites refinados, incluso de oliva virgen, se degradan con más rapidez y soportan menos las
altas temperaturas), cambiándolo cada pocos usos (no más de 5 ó 6)
y procurando mantenerlo en una temperatura óptima para la fritura
pero sin quemarlo (un aceite pasado de temperatura -más de 210º C-, o, lo que es
igual, quemado, se debe desechar sin contemplaciones).
-
Microondas. Los materiales que contienen agua, como los alimentos,
absorben rápidamente la energía de las microondas, la cual es convertida en calor.
Las microondas agitan las moléculas de agua y las hacen rotar rápidamente de un lado para otro a una
gran velocidad (unos 2.450 millones de veces por segundo). En ese movimiento de giro rápido, las moléculas de agua chocan
unas contra otras y se van comunicando
la energía, con lo que se produce un aumento de temperatura. El calor
que se genera en los alimentos es proporcional a la potencia y al
tiempo que hayamos programado la función, que puede ser muy superior a la
temperatura de ebullición del agua (100º C.), sobre todo en las
grasas y azúcares. Existen estudios sobre este método de cocción
(Debry, 1992) o sobre los resultados de su uso (como los de Henry
Joyeux sobre ratas) que hacen desechar su uso. Por ello, con independencia de que admiremos la utilidad de este invento en cuanto a comodidad, limpieza y ahorro de energía, no
podemos decir otra cosa sino que, en funciones que precisen de
mucho tiempo y elevadas temperaturas -más aún si se usa el grill-, le es aplicable todas las consecuencias
negativas de los procesos que aquí comentamos.
Otros
procesos.
- Al vapor:
es una de las maneras más saludables. Los alimentos pierden menos nutrientes
que hervidos (a excepción de la vitamina C, que se pierde toda
siempre), si bien, es necesario
estar muy pendientes de que el tiempo y la temperatura de cocción sean
los mínimos.
-
Salteados: Saltear consiste en cocinar los alimentos en muy poco aceite
y breve tiempo (pocos minutos) para que estos liberen los aromas y sabores. Puede ser
menos nocivos que otros sistemas si a la brevedad en el tiempo le
añadimos un calor no demasiado elevado. Con muchos alimentos,
como carnes y verduras, y cortados a tiras o trozos pequeños,
podría ser una alternativa válida a la cocción o fritura clásicas
si, tras el salteado, añadimos algo de agua o caldo y los mantenemos
unos minutos más al fuego.
Podemos
sintetizar unas sencillas conclusiones en lo siguiente:
1º) La
ciencia evidencia que el valor medicinal y saludable de una dieta depende del contenido de alimentos frescos y crudos. Toda dieta sana que se precie debe tener un 70-75% de alimentos frescos y crudos.
2º) Que
los alimentos que no han sufrido modificaciones por la temperatura ejercen
efectos beneficiosos sobre el organismo humano porque mantienen intactas sus propiedades físico-químicas y nutricionales y son fuente de elementos esenciales para el mantenimiento de la salud, como las vitaminas, minerales y ácidos grasos
esenciales (ver enlaces 3, 4 y 5).
3º) Que
debemos tener en cuenta la relación directa entre los factores
calor-tiempo y destrucción-nocividad de los alimentos. A mayor calor,
mayor destrucción/alteración de los nutrientes y a mayor tiempo,
mayores posibilidades para que la reacción anterior se desarrolle y
potencie en sus efectos.
SUGERENCIAS
La
principal es tratar de evitar comer alimentos cocinados en todas sus
formas. Cuando esto no sea
posible, intentar que el proceso sea el menos agresivo en cuanto al
sistema empleado, el calor y el tiempo, y, por supuesto, estar siempre
muy pendientes de que el tiempo y la temperatura de cocción sean
los mínimos.
EXPERIENCIAS
Cuando,
como paciente de Artritis Reumatoide, decidí dejar médicos y
medicinas y afrontar la autocuración por mi cuenta y riesgo, no
tenía una verdadera constancia científica de todo cuanto les expongo
en éste y demás artículos sobre el tema de la Alimentación y
Artritis Reumatoide. Hasta hace unos pocos años, ni en revistas
médicas, de ciencias o divulgativas (ni en Internet) se publicaban
estudios, teorías o hipótesis sobre el tema de la salud y la
alimentación que se salieran de las "consignas oficiales" y
que ofrecieran auténtico crédito, mucho menos, que vinieran avalados
por resultados de investigaciones propias y no relacionadas con
estamentos oficiales o con la gran industria. Sin embargo, mi interés
por el tema me hacía buscar y, un retazo
por aquí y otro por allá, me servían para ir deduciendo ciertas lógicas y formándome opiniones con más o menos acertada validez.
Con el tiempo fui comprobando las que eran válidas y otras con menos
o ninguna respuesta positiva. A la certeza de que un ayuno parcial me
ocasionaba apreciables mejorías, y de que la leche y sus derivados
podían ser
perjudiciales (la leche, junto a los medicamentos, fue lo primero que
limité para, más tarde, eliminarlos por completo), se unían mis
dudas respecto a varios alimentos, como el pan, las mantequillas,
margarinas y grasas, los aceites (y su uso) y, muy principalmente,
algunos guisos que necesitaban de mucho tiempo al fuego, como los callos
y el puchero (el andaluz). Ambos, que solía hacerlos en casa con
bastante frecuencia, quedaron desterrados de mi dieta.
Igual ocurriría con todos los alimentos que me hacían dudar de su
benignidad (pan, pastelería y bollería, mantequillas, margarinas,
chicharrones, etc.),
que quedaron eliminados o muy limitados en su consumo.
Pero, lo que realmente supuso uno de los mayores aciertos, fue sin
duda lo de cuidar los tiempos de cocción y las temperaturas a que
sometía todos los alimentos en general.
El
resultado, como les digo, es que mi Artritis Reumatoide fue remitiendo
de manera ostensible a medida que iba aplicando todas esas medidas que
cito y, en este último año, tras obtener un conocimiento mucho más
profundo y preciso de la importancia de la alimentación (gracias,
principalmente, a los estudios del profesor Seignalet, que me
confirmaron científicamente todas mis suposiciones), ha remitido de
tal forma en todas sus manifestaciones que podría decir
que estoy casi curado (por prudencia, no lo haré hasta que pase, al menos,
otro año más). Y para los que me leen desde el principio de estos
artículos, decirle que, al día de hoy, 12 de abril de 2007, también he
conseguido dejar los corticoides (no estoy seguro de que pueda ser de
manera definitiva, pues me consta que la producción endógena de
cortisona por las suprarenales -tan indispensable para la salud como
otras hormonas- suele quedar bloqueada cuando el organismo recibe
dosis en una ingesta continuada. Y yo ya llevo trece años tomando
corticoides). Seguiré haciendo pruebas y les seguiré contando los
resultados.
En el próximo artículo seguiremos hablando de otro importante capítulo de la
alimentación en relación con la Artritis y de acuerdo a las certeras teorías del Dr. Seignalet.
En este caso se tratará de "Las vitaminas y otros", un tema también de importancia para nuestra
salud.
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Relación
de artículos publicados en Arena y Cal sobre:
ARTRITIS
REUMATOIDE
ALIMENTACIÓN Y ARTRITIS REUMATOIDE
por
Alfonso Estudillo
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publican. Colabore para que, entre todos, consigamos evitar o
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Muchas
gracias por su atención.
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