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En un país donde la forma puede -y vale- más que el fondo, la cirugía plástica va más allá de ser una opción de bienestar. Según una encuesta publicada en un diario local y efectuada por la Sociedad Colombiana de Cirujanos Plásticos, el año inmediatamente anterior se hicieron en Colombia 230.000 procedimientos de cirugía estética, para un promedio de 630 diarios.

Semejante florecimiento de las intervenciones quirúrgicas, según el análisis de un diario local, se debe más a una baja autoestima que a un alto poder adquisitivo de mis insatisfechos compatriotas. Sumado, claro, a la proliferación de clínicas (al parecer las abren hasta en garajes) y la consecuente disminución de los costos. Hay algunas que se promocionan con descuentos: te operamos 2 partes del cuerpo y te damos rebaja en la tercera, anuncian.

Por supuesto algunas operaciones estéticas son absolutamente necesarias: cuando hay problemas de salud, deformaciones o se busca un grado de perfección en el cuerpo que no ponga en riesgo la vida ni la salud física o emocional del individuo.

Solamente en la ciudad de Medellín se efectuaron mil cirugías de seno el año pasado (o dos mil, si llevamos la estadística a términos más exactos). Contando sólo operaciones en las clínicas autorizadas, pues por obvias razones no se llevan las estadísticas de las prácticas clandestinas.

Para triunfar, ya no es necesario conformarse con lo que proporciona la madre naturaleza, y se debe recurrir a la madrina cirugía, parece ser la frase de combate de los que privilegian lo aparente sobre lo fundamental. La moda tiene mucho que ver en este asunto, lo que lo convierte en epidemia. Las presentadoras de televisión, jóvenes de pasarela (que no modelos, pues para imitarles tienen poco) y demás personajes de la farándula hacen parte del “ideal industrial de belleza” que no es más que iguales cuerpos sobre un molde.

Son bien altas y frustrantes las expectativas de los colombianos con los cambios corporales que se realizan: operarse nariz, senos, liposucción y todos los problemas personales desaparecerán igual que la figura e identidad. El reconocimiento social y profesional valorado respecto al tamaño de los globitos de silicona. Aquí va mi país queriendo dejar de ser un Valle de lágrimas, y en especial Medellín y el Valle de Aburrá: a la vanguardia en los avances científicos y la tecnología, buscando ser reconocidos con el nuevo nombre del “Valle de la silicona”.







 

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