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He recibido una antología de poemas del poeta de Ciudad Real afincado en Sevilla Paco Mena Cantero, a quien conozco poéticamente -y personalmente- desde hace algunos años y del que ya he dado cuenta en páginas de “San Fernando Información” en reseñas de libros tales como Plural espejo y Las cosas perdonadas.

De ciertos poetas se puede decir pocas cosas concretas y contundentes sin entrar en prolijos matices repetitivos. Ése es el caso de Mena Cantero. Por ejemplo, si afirmo que su poesía se caracteriza por la hondura humana y una preocupación del lenguaje, puede parecer que no quiero adentrarme en el mar de pequeños detalles de su poesía, como la de otros poetas.

Sin embargo, hemos de pormenorizar necesariamente en ambos valores, que son las dos columnas de toda verdadera obra literaria. Por una parte, su humanidad. Por su edad (n. 1934), Mena Cantero, que pertenece a la segunda generación de postguerra, nacido entre Gil de Biedma y Carlos Sahagún, toma de esa misma generación de los 50-60 un interés por lo humano, “demasiado humano”, en el decir de Nietzsche. La vida es su inspiradora, lo vivido, pero con toda su enjundia (sin los aditamentos estéticos y formalistas de los poetas Novísimos y los poetas llamados de la “experiencia” de los 80).

Por otra, su interés por no dejarse arrastrar con la oleada del lenguaje ya redicho, le obliga a ponerse en guardia frente a la tentación de lo sentimental, propia de todos los poetas que aceptan el reto de la realidad cotidiana, fuente inmediata de su labor poética, pues como dice su prologuista, el presidente del Ateneo de Sevilla, Enrique Barrero González “poesía que brota de manantial sereno”, y que, además, “ bebe en las fuentes clásicas, que abarca desde la perfección formal endecasílaba del soneto hasta la concisión esencial del verso libre”. Pero el poeta sevillano recuerda aquello de don Antonio Machado de que ni mármol duro ni eterno, sino la palabra en el tiempo. Repito que su esfuerzo por presentar su musa revestida de modernidad lingüística es fácilmente reconocible.

La antología recoge veinte libros, concretamente desde Aún no ha llegado ayer hasta La fe que nos lleva, muchos de esos títulos avalados por premios importantes.

Algunos poetas y críticos se han quedado un tanto perplejos preguntándose si después de la irrupción de los llamados Novísimos se puede escribir poesía humanada por un afán testimonial que podría peligrosamente rozar la poesía social de los cuarenta y cincuenta, incluso no tanto la tan contaminada de Celaya, como la más selectiva de Otero.

Oigamos lo que dice Mena Cantero en El otro libro de Job (1982) en el poema “Credo”: “Creo en el mundo, en las cosas que llegan/a rozarnos la vida / con su alusión de muerte. Creo / en los hombres que gritan / su odio / contra el pan que se comen. Creo / en el misterio / que guarda cada niño. En la palabra dicha / y en la no pronunciada. / Creo en la mentira de los hombres, / en la verdad de tantos muertos / y en la armonía eterna de las cosas / donde espejea el ángel de la vida. / En cada instante creo / con que nos echa Dios fuera del tiempo”.

Este credo ciudadano del poeta no recurre al compromiso en el sentido de una vinculación literaria con el pasado, sino que nos presenta una ética del verso que no está reñida con una búsqueda de lo trascendente, de la belleza, del asombro y del amor, fuentes generadoras de poesía, aunque la poesía de una preocupación lingüística hasta el delirio del surrealismo nos ponga en peligro esas fuentes mencionadas como si fuesen anacrónicas. En el poema “Parábola del hombre” Mena Cantero insiste en lo humano, pero nunca reivindica ningún contexto político, sino algo más perdurable como es lo esencial. Y este afán de lo sustancial le lleva a Dios como suelo en el que pisa el hombre consciente de su limitación y finitud: “Por eso hablar con Dios es renta oscura / pero que llena y colma mi vacío”. Hermosa y sugerente metáfora lo de “renta oscura”.

Pero su anhelo de eternidad en la fe cristiana no exime a Mena Cantero su compromiso con el tiempo, temática medular de la poesía contemporánea, que ya está ínsita en nuestro Antonio Machado, a pesar de sus inicios modernistas. En Las cosas perdonadas el poeta se vincula con lo perecedero: “Presencia de las cosas / por donde el hombre desmenuza / sus días a los pájaros / del alba. / Por ellas / poseemos la edad de los recuerdos”.

Como Mena Cantero está incluido entre los poetas que se consideraron como inquietos por la renovación del lenguaje, hemos de decir que esa inquietud está en él mitigada por un equilibrio entre la forma y el tema, utilizando la terminología tradicional. No hay apasionamiento por la búsqueda de metáforas temerarias, pero tampoco rechaza un engalanamiento del motivo poético con un sobrio ropaje que no deja de ser “fermosa cobertura”, en el decir del Marqués de Santillana.

Desde sus roces primarios con las cosas, el amor a lo que le rodea, su inquietud por el hombre, el consuelo de la belleza y la desembocadura de la fe que nos lleva hasta el mar de Dios, la poesía de Francisco Mena Cantero está en este libro, a modo de espécimen antológico, en una edición cuidada y de buena impresión llevada a cabo por parte del Ateneo de Sevilla.







 

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