Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2007 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Esta mañana, no muy temprano pero sí pronto para la hora a la que acostumbro a salir a la calle, entré en la farmacia. Nada importante, necesitaba sólo unos remedios habituales para mi salud de hierro.

El farmacéutico, al que conozco de hace años, tenía la puerta de su despacho entreabierta y dejaba ver a otro hombre que, de espaldas, hablaba con él.

Al rato, sin haberme dado cuenta de sus movimientos -pues me estaban atendiendo y examinaba mis medicinas-, el farmacéutico, junto a mí, llamaba mi atención y me presentaba a la otra persona; era el director comercial en la zona de una importante fabrica de cosméticos que estaba organizando una presentación de sus nuevos productos, y que quería que yo le dijese a mi mujer que el martes, a las seis de la tarde, acudiese a tan primordial y trascendente evento. Y me dejaba entrever que, si no lo hacía, la salud de su piel, y sobre todo su belleza, se resentirían para siempre y jamás mostrarían un aspecto lozano, juvenil y tan saludable como tuvo en sus años mozos (de moza, se entiende), añadiendo que la serie masculina de cremas y potingues me vendría a mí como anillo al dedo, pues ya había notado -dijo el director comercial de la prestigiosa marca de cosméticos- que mi piel andaba algo justa de hidratación.

Yo, que aunque no lo parezca tengo un cierto sentido del humor, mantuve la conversación en ese plano de belleza masculina y le comenté que, precisamente, estaba sorprendido por la cantidad de publicidad que nos bombardeaba relacionada con los cosméticos para hombres. Sin ir más lejos -le dije- el domingo pasado, en el suplemento dominical de tal periódico, aparecía un reportaje de belleza corporal masculina, y en una docena de páginas no vi más que cuerpos de chicos afeminados, en posturas sugerentes (para las mujeres, supongo) y reflejando en sus pulidas pieles el brillo de los focos del estudio fotográfico. Eso -le dije- es de un mariconeo total.

La verdad, debo confesar que fue una premeditada e injusta provocación al representante de productos de belleza y a mi amigo el farmacéutico, que por estar presente tuvo que tomar partido a favor de su proveedor y de su negocio, pues en las farmacias se vende tanta medicina como potingues que nada tienen que ver con la salubridad, y de esos, también, depende su fortuna personal.

Alguna que otra señora me daba la razón, y como en los pueblos de Castilla se habla el español decían: es verdad, cada día hay más maricones. Con perdón (esto lo digo yo por escribirlo, que luego mi hijo me regaña por poner tacos en los textos).

Y así, entre cremas y afeites y citas de gays y de metrosexuales, el farmacéutico insistía en que, en su nombre, convocase a mi mujer, mientras el director comercial de la famosa marca me daba la paliza, fina, cordial y educadamente, pero paliza al fin, para que cambiase mis costumbres y me iniciase en el auto embadurnamiento corporal al salir de la ducha, después del afeitado, antes de dormir y quizá, no le escuché muy bien, cada ocho horas, después de las comidas.

Y prepárense, caballeros de toda la vida, que esto no es nada, porque cualquier día veremos que, además de anunciar operaciones quirúrgicas para que las señoras se cambien todo lo cambiable y se hinchen todo lo hinchable, y nos lo enseñen en un deleznable programa de televisión, intentaran convencernos, por el mismo medio, para que los hombres nos alarguemos el pito, o lo acortemos, según sea el caso y la necesidad, sin tener en cuenta que publicitando pesos y medidas provocaran, tras las inevitables comparaciones, rupturas de parejas y peleas conyugales, y eso lo veremos anunciado dentro de no más allá de un año y en la mismísima televisión pública. ¡Seguro!

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