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Rincón de la Poesía

Rosa Andrés González Castro
Martorell (Barcelona)



  


 


OBRA NUEVA
precedido de
CURRÍCULUM VITAE
 


FAMILIA

Hija
¿Qué soñarás, Susana,
mientras yo velo?
¿Qué imágenes animas
párpado adentro?
Verte dormida es
comer pan tierno.
Madre
Cuando no haya más notas en la mesa,
más a qué hora vendrás, desayunaste,
más no tardes, te quedas a comer,
ni cómo te ha ido el día, qué calor.
Cuando no haya la cena ni la cama
hechas, ni ropa limpia ni planchada,
más toses, tintes, besos, más adioses,
más platos por fregar ni ayes ni risas.
Cuando no haya dentines ni regalos,
ni grifos que se abren y se cierran,
muelles sobresaltados en la cama
ni hasta mañana o di que mamá es fea.
Cuando la luz haya corrido ciega
como el vuelo de algunas mariposas
a abrazarse a la llama del presente,
tú te me habrás de nuevo adelantado.
Para espantar al coco con tus nanas.
Para prender la lámpara en lo oscuro.
Para mecerme el ataúd y darme
besos de amor mientras que yo me duermo.
Padre
Un viejo mira a un niño
en la cesta de un carro.
Niño en su reino inmóvil
que manotea nubes,
conejitos y osos,
que persigue colores
con ojos encendidos,
oye el campanilleo
de llaves cristalinas,
huidizas como peces
en las redes del sueño.
Ríe con el relincho
de un pegaso de feria,
duerme en un cielo blando
como nubes de azúcar.
Ahora el viejo no mira
al niño del carrito.
Mira al que hace girar
un mundo reducido
de cuero y reglamento,
y reina como un déspota
con pantalones cortos
–rodillas señaladas,
consteladas de heridas–
sobre los otros niños,
que no le dan alcance.
El futuro: tres palos
y el portero batido.
El viejo, desde el banco,
con la boina calada,
distrae su soledad,
la gira hacia la niña
que salta mientras pasa
la barca y el barquero,
a la niña bonita,
le dice que no paga
dinero y que no suba
más tarde de las seis
–y ella sigue saltando–
para hacer los deberes.
Ve después a los niños
de las primeras toses
–cigarrillos comprados
sueltos en un quiosco–.
Caracolea el humo
furtivo por sus caras
como una mariposa
de lino retorcido.
Ve el beso en el rincón
tembloroso del parque,
las manos que descubren
el calor de otro cuerpo
bajo un sujetador
de tosca lencería.
Y en realidad no mira
ni al niño ensimismado
ni al que patea el mundo
con rabia anticipada
ni a la niña del aire
ni a los que tienen humos
ni a los que no se quieren
–se buscan– en el beso.
Se ve a sí mismo en ellos,
en la brusca corriente
de agua recién brotada,
y al acercar la mano,
meterla en el espejo
fugitivo, espumoso,
podrá sacar, acaso,
los frutos palpitantes.
Los peces del presente
brillan unos segundos
al sol de su vejez
y luego se le escurren
entre sus torpes dedos
hacia el agua imparable.











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