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Rincón de la Poesía

Rosa Juan Mena
San Fernando



  



 
 

LA SIERRA SUEÑA EL MAR
 


Aunque los montes y los altos gritos 
de las crestas levanten sus bíceps ambiciosos
como rampas de bandas de vencejos;
aunque, denso el olor de los olivos, 
invoque los desgarros de la voz salitrosa; 
aunque el césped rutile, monosílabo el verde, 
y cante la pasión de la bocas que hozan
de vacas, toros, cabra, con sus patas obtusas, 
el mar, en su serrallo de olas, necesita
más señales aún para emigrar alada
con su séquito azul de brisas transparentes 
a riberas de piedras, matorrales hirsutos,
arroyos, laberínticos culebreos de agua,
borradores silvestres de la naturaleza
en el rudo encerado que distienden los campos, 
y enarbolar un sueño de idilio veraniego 
con la agreste atalaya de la sierra que sueña 
mesnadas de oleajes con ariete de algas 
contra las graves rocas, bastión de farallones, 
descarnada osamenta que son los litorales,
que es pétrea infantería de la tierra en la orilla.
El mar seguirá allí, con castillos efímeros
de espuma, con turistas que pisan, desbaratan 
los signos que un amor de aventura en la arena 
dibuja, con palacios fugaces de alto vidrio 
la pleamar, embarazo de las aguas, suspira 
con vahajes sutiles, que se quitan sus peplos lapislázulis 
para darle al estío frescor con sus flabelos,
y el mar seguirá allí con su ronca cantata
y sin que pueda oír el colorista parto de aves y vegetales 
la bucólica tarde que busca su hospital de violeta reposo,
la voz del hortelano confundida con oxes de gallinas 
y el candor de las mieses trasvestidas de esquilas.
Porque el mar de verano se apoltrona en sitiales 
de barcas que esmerilan cabelleras de lonas
y sopor de calimas, alcahuete de siestas, 
y lame en las terrazas la piel adolescente 
con su lengua brillante de bajamar que imprime 
su paz paradisíaca en la piel del recuerdo,
su recia propaganda de liquen y madrépora 
y la hospitalidad de pinares de guardia
que dan frescura al ámbito con plumajes de sombras 
para que los diálogos se trencen con palabras
de usuales sonidos, 
que es desembocadura de las preocupaciones, 
aflojado ya el arco que tensan dictadores
los días oficiales del deber y el asfalto.
Hay que esperar, sabedlo -semilla es la paciencia-,
montes de altas cabezas,
de alta sien que corteja el buitre de mañana;
hay que aguardar que el cielo se desnude
de lentas gaviotas, 
se despoje de clámides turquesas, de rumores 
que los veraneantes con sus holganzas tejen;
que se llevan los cielos de septiembre las gasas
de la fosca a los pozos que hay en la lontananza.
Limpio de los perfiles de un verano en destierro, 
entonces, mar, tú mueves tu pecera oceánica 
para que el niño otoño, que al andén de tu playa
se acerca con sus perros de embates melancólicos, 
juegue en la arena limpia de signos que grabaron 
los fugaces parejas, ahora metal ya mate
que el cabrilleo muerde con colmillos de espuma 
pero amorosamente,
como boca de perro al amo que acaricia.
Ahora sí que eres tú verdadero, mellizo
de ti, mar, cuando anhelas en agosto tu reino
de armónicos repuntes,
tus lomos de tranquilos elefantes
que va a su cementerio a deponer sus días.
Ahora sí que te elevas en tu torre de glaucos inasibles 
paralelos a verdes que en la sierra te evocan
con sus voces de savia que amordazan los troncos,
y en nubes que se enredan en tus pétreos muñones 
navegas escoltado por tu corte de céfiros,
cernícalos y nieblas,
y durante el invierno la sierra te dará 
un albergue en que olvides la disputa de olas 
y tu superpoblado estío de turistas,
y ella, que te ama de lejos ansiará retenerte,
como la amante esposa de un marino que torna
a sus amados lares a anudarse a los suyos, 
lo mismo que tú ahora abrazas la esbeltez
de la sierra, le aprietas 
su cintura de pastos y silencios.












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