Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2007 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
El color de las horas
de Antonia Álvarez Álvarez.


Premiado con el Premio Pastora Marcela 2006, El color de las horas se sitúa en la poesía intimista, que no de la experiencia, pues se suele confundir ambas actitudes del poeta ante el hecho de vivir.

Mientras que la poesía intimista elige entre todas sus vivencias aquellas que le son más queridas para ser tamizadas por el cernidor mágico de la expresión lírica, la poesía de la experiencia es más dependiente de un sentir global en el que están presentes incitaciones de la vida cotidiana, a las que los/las poetas no pueden sustraerse y se sienten ligeramente comprometidos con repuestas a esos retos, sin la estridencia social en que cayeron algunos poetas de la segunda generación de postguerra.

El libro, dividido en tres partes, mantiene el mismo ritmo y siempre vinculado a la atmósfera neorromántica de los boleros, con versos heptasílabos, alejandrinos, endecasílabos blancos y algunos sonetos.

Es del todo necesario que, a la hora de abordar la lectura de un libro de poesía, el lector sepa cuál es la intención que subyace en el entramado poemático. En Antonia Álvarez es fácil descubrirla ya que la autora es transparente en su confesión poética. Nos da una visión ternurizada de lo que ve y asimila, envolviendo en su mirada de hondura en sentimientos lo que le rodea y ama como un destino paralelo al suyo de individuo, entre la complicidad con el paisaje y el amor soterrado como una historia que se manifiesta en claves de poeta. Ello no asegura una “felicidad interna permanente”, tan consustancial al/la poeta como una hermosa fatalidad. ¿Qué culpa se tiene nacer con un amor inevitable a los seres, a las cosas y al paisaje (recuérdense los versos de J.R.J. “Qué pena es amarlo todo / sin saber lo que se ama”.)

Pero en nuestra poeta hay una confirmación que ya vimos en La mirada del aire, comentado en esta misma sección de Arena y Cal. La emoción estética puede servir de amortiguador de otros embates de la vida cotidiana. El poeta, como una tradición indeclinable, ha convertido esa respuesta en su defensa personal. Alabada defensa: “Arrugadas, desnudas / -temblorosas entrañas entregadas al viento-, / las recibe la lluvia, las refresca la noche, / y no tienen más manto que el rocío y el cielo. / Bajo un sol caricioso / van, despacio, creciendo, / y verdean, verdean / en los ríos, espejos / de sus manos abiertas de larguísimas venas / y alegóricos dedos. / A su lado las alas / y la voz del jilguero. / Poco a poco las llama / las mareas del tiempo / y amarillas y ajadas, van buscando la tierra. / Ha llegado el invierno”.

Antonia Álvarez nos recuerda con esos ritmos muy marcados y ese tema, verdadero topos de la poesía de siempre, esa línea poética que con más o menos presencia de río Guadiana, ha sido caro a toda la poesía universal, como es la del “dolorido sentir” garcilasiano, en diálogo con el paisaje, como un alter ego, como un espejo de confidencias. Pero con una diferencia muy notoria. Nuestra poeta reconvierte ese tema de la contemplación -en parte jubilosa, en parte melancólica-, en un primor de esfuerzo expresivo que la desmarca de muchos otros autores/ras que han cubierto su sentimentalidad con una cobertura lingüística manoseada por otras generaciones, incluida la propia, debilidad de la que se cuida Antonia Álvarez, y ello hace que ese premio esté muy bien concedido.







 

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