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Rincón de la Poesía

Rosa Juan Mena
San Fernando



  



 
 

IMPAGABLE JORNAL PARA ESTE VIVIR
 


I
Ajeno al sufrimiento —negrero de las almas
con su fusta invisible golpeando los sueños—
está el amanecer levantándose ahora
lo mismo que un muchacho que el remo toma, ufano 
de optimismo en la vieja galera de la vida.
Ignora, mar, que guardas en tu oscura sentina,
en tu vientre de agua y anudados sargazos
el horror salitroso que amordaza a cadáveres
que un día, tú, dragón a veces furibundo,
te tragaste lo mismo que si fuera un banquete
en la pleamar con fauces de negro acantilado,
pues yo sé que tú tienes hiel en tus oleajes
y no sólo collares instantáneos de algas.
porque sé que eres hija, como yo, de la tierra,
y el Mal te dio la parte de crueldad que te toca
también, como la risa por tus dientes de espuma.

II
Da un lento adiós la tarde en los pretiles de las azoteas.
La mar quema las naves diezmadas del ocaso.
En el parque se enredan las primeras penumbras.
El viento se descuelga de las ramas del olmo
con su adiós de susurros, mascullando distancias, 
y emprende el vuelo al estribor del aire. 
La noche encierra en su redil de sombras 
la soledad siamesa del silencio.
Redes de estrellas lanza la noche por el cielo.
La mar hunde el mentón debajo del cantil, 
que es un padre de piedra que la humilla,
pétreo aprisco en que encierra a rebaños de olas.
La mar como una hembra transparente 
se desnuda en la playa de sus peplos azules
La espuma sonriente es la inocencia impúber de la mar 
En la arena nos deja la mar sus confidencias
con sollozos de conchas entre rocas
Un naufragio de espadas y corazas 
vuelca en regazo de los litorales
lo mismo que un ejército que rinde al enemigo 
su metálica y bronca impedimenta.
La mar airada, contra la roqueda 
golpea sus alhajas y collares
Como en prisión de sombras por la noche,
[la mar oculta llora. 
A ti, mar, vengo huyendo de los ruidos de la gran ciudad 
como de un avispero. La memoria es un cofre 
que guarda incluso los recuerdos duros
cuyas aristas hieren la delicada piel de la melancolía.
Mi corazón, desván de mil historias, 
ya huele a desengaño seco y húmedo
y quiere convertirse en gaviota,
borrón de olvido allá en la lejanía.
La mar que ahora contemplan miriápodos de estrellas,
me indemniza de aquellas ilusiones, hoy agrias,
y es farol alumbrando el parto del poema
que llora su derrota como el recién nacido. 












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