Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2007 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
EL OTOÑO 
ANTONIA ÁLVAREZ ÁLVAREZ
XIV PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA 
“ANTONIO ALCALÁ VENCESLADA” 2006
DEL AYUNTAMIENTO DE ANDÚJAR (JAÉN)


Un nuevo libro de esta autora leonesa se asoma a la columna de reseña literaria de Arena y Cal.

Si en la revista anterior reseñábamos El color de las horas el rasgo que caracteriza a esta poeta dentro del tema de la poesía intimista y con cierto sabor neorromántico, como es su intuición para poner al día una actitud poética sin novedad —el sentimiento frente al pasaje, la soledad, los recuerdos y el amor—, y que es la dignidad del lenguaje, esforzado en el reto de no hacer concesiones a expresiones desgastadas de emoción, en Otoño, la estructura del libro se hace más exigente. Dividido en dos partes con ocho poemas cada una y escrito en versos alejandrinos con rima asonante, este libro podría tener un sentido simbólico, además del que a través de sus páginas puede deducirse por las descripciones que se suceden.

“Camina el pensamiento hacia las hondas simas / de las pasadas horas, del río y de los campos, / cuando los ríos eran la risa de la infancia / y las espigas rubias, los mares del verano. / Allí se queda el tiempo fugaz de la inocencia. / Prendida de los chopos. Terriblemente alto”.

Hemos mencionado varios temas como recurrencia temática de Antonia Álvarez y tendríamos que añadir el de la melancolía y la presencia de cielos grises y lluvias del norte español, como si una Rosalía de Castro apareciese y desapareciese entre los versos. Pero esta vez el desgarro de la desaparición de un ser querido, hace más borrosa la atmósfera del poemario.

“Una otoñada triste de niebla y de fatiga / hizo nido en sus ojos ya lentos y amustiados. / Pisó el umbral eterno y frío del silencio. / Y un silencio de nieve acompañó sus pasos”.

Pero el amor no niega su presencia en las páginas y viene como una voluntad de olvido de lo cruel y una invitación a nuevas expectativas.

“Tiendes tus manos, tiendes tus horas hacia el fondo / de estos ojos que esperan miradas desde espacios / magnánimos de tiempo, texturas renovadas / de besos y caricias. Abiertas, en los brazos, / meces las esperanzas para que yo las tome...”

El otoño da sentido al poemario y esa clave puede tener más de una lectura: la del entorno natural y la del amor, si bien consideradas como simultáneas en el tiempo.

“Tenerlas para siempre, hambrientas, doloridas, / pobladoras de sueños al borde las sábanas... Tus manos otoñadas”.

Creo innecesario insistir en la conciencia creadora que alienta en los versos de esta poeta que desaumatiza la percepción poética y limpia a la lengua de sus oxidaciones literarias deudoras del pasado. Lo hemos hecho ya en las reseñas de los dos libros anteriores, en las que señalábamos la metáfora como un procedimiento de liberar al lenguaje de su servilismo práctico en la vida cotidiana, como querían los formalistas rusos. Se podría citar un buen número de versos que harían las delicias de los cazadores de novedades “extrañadoras”, de moderado desvío en el plano léxico-semántico. según Victor Sklovsky, uno de los principales representantes del formalismo ruso al que aludíamos.

Mientras otros(as) poetas buscan todo tipo de ruptura léxica y transgresiones patéticas, rayanas en esos versos que no sorprenden más allá de una primera lectura, la autora de Otoño acepta el desafío de poner lo clásico al día para continuar la poética de “siempre”, que no se desvincula de lo humano por miedo a parecer “demodé”. Sólo resta decir, dada la brevedad de esta sección, que es un premio felizmente concedido.







 

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