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Rincón de la Poesía

Rosa Andrés González Castro
Martorell (Barcelona)



  


 


OBRA NUEVA
precedido de
CURRÍCULUM VITAE
 

OTROS DATOS DE INTERÉS

Carente de un objeto directo en esta vida,
siempre he sido un sujeto paciente de mi historia.


OBJETIVO

Corríamos. ¿Adónde? No sé, pero corríamos.
Y era la llama en danza del cabello.
Los relojes salidos de las órbitas.
Una velocidad como de anuncio:
¿te gusta conducir o conducir?
La música, un tam-tam dentro del tímpano.
El latido del chasis como en boga
de ariete: bom, bom, bom, bom, bom, bom, bom.
El motor ronronea, violín
crispado, gato alerta y enarcado.
Constelaciones en el parabrisas
de insectos como esquirlas diminutas.
Corríamos. Olor a gasolina.
El frenazo. Corríamos. Corríamos.
 

CARNET A

El cruce. La farola.
La farola del cruce.
El ramo en la farola.
La farola con ramo.
Los cristales. El cruce.
El cruce con cristales.
Los cristales en ramo.
Las flores desteñidas.
La alegre primavera.
La primavera cruel.
Y cada primavera.
El cruce. La farola.
La farola. La sangre.
La sangre en la farola.
Los cristales con sangre.
Y cada primavera.
La farola del cruce.
Las flores desteñidas.
 

VEHÍCULO PROPIO

Este amasijo de metal y plástico,
este cubo entre otros que, pacientes,
esperan turno aquí en la fundición,
no es el coche que fue, o no tan sólo
o no principalmente eso, un coche
–modelo tal con matrícula cual–,
sino un trozo de vida
juvenil y caótico.
Era el vehículo en que recorrimos,
felices y furtivos,
los parajes cambiantes de extrarradio
como en un coche cama,
amor casi intemperie
expuesto en las ventanas indiscretas,
veladas por el vaho solamente.
Este amasijo no era un automóvil.
Quiero decir tan sólo
un medio de transporte.
No me llevó al trabajo
por los nervios crispados de autopistas
ni me sacó de apuros
en ninguna emergencia.
Pero fue habitación en la que amarnos
con amor o sin él, con ganas y desganas,
en régimen de media
pensión en la alegría
o en la completa de la depresión.
Era el asiento que manchamos
de embarazoso semen,
el lugar de las altas
y las bajas pasiones,
un escenario de los sentimientos
donde representar comedias, dramas
y melodramas lacrimógenos.
Era un trozo de vida, ya os lo dije.
Ese, ese amasijo, respetadlo.
Pero ajeno al revuelo de emociones,
un operario escoge nuestro cubo,
lo consagra en la altura de la grúa
–sin ceremonia fúnebre y sin pompa–
y lo echa a la pura lava virgen
por la que corretean las cucharas,
alegres lavadoras, bicicletas.
Humo nocturno emerge de la entraña,
una nube de lana blanda y tóxica.
Luego el humo se va.
Luego, ya nada.
Entre darse sin más a la molicie
digamos que de ver televisión
o ponerse a escribir,
me quedo con la caja
tonta, menos mendaz:
¿qué credibilidad tiene el adagio
latino «scripta manent»?
¿Quién puede hoy mantener que sí, lo escrito
permanece, si ya
ni se entiende la lengua en que fue dicho?











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