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Rincón de la Poesía

Rosa Juan Mena
San Fernando



  



 
 

ATARDECER, PRÓLOGO DEL AMOR NOCTURNO
 

I
En este atardecer, callejón de penumbras,
la tarde es nada más que una lámpara tenue
entre desposeídos y huérfanos ramajes
que son la cornamenta de un olivo
o raíces al aire de pesares ocultos.
Después será el crepúsculo unas brasas lejanas
y la luna creciente, una duela de nácar o tal vez cimitarra
en manos de las sombras igual que una sentencia sobre el pueblo
aturdido por las frivolidades, que no mira en la noche,
esa botonadura titilante de estrellas, telaraña galáctica y difusa
que es el cielo, boca de gruta, al fin, la madrugada.
Y así pasan los días, jirones son del año que enflaquece,
serviles mercenarios en el cuartel de su reloj exacto
y volarán las hojas del árbol que es el Tiempo
y nuestras vidas, como el oleaje, se suceden, y llegan como ellas
al regazo de arena de la playa, que es la muerte, un andén
donde agonizan trenes de ternura.
Diván de estrellas es el horizonte, y ya es la amanecida, ujier del día,
un oso desollado de oscuridad y sangre
que gotea escarchada sobre el pueblo,
manchando los pretiles, las almenas,
las fachadas, las calles que son lenguas de alquitrán silencioso.
Y el día, que se asoma por el alba lo mismo que monóculo de nieve,
ahora es carpa azul y en su cumbre está el sol, ojo de Polifemo
que le tiñe de oro al río su espadón de aguas lentas, plomizas,
y con manto de adarce el río cruza
el puente, su aduana, hijo del manantial,
el río es cinturón de agua en el paisaje al que adula la brisa,
invisible flagelo
y no dardo lo mismo que el viento castigando con fustas la arboleda,
denso escuadrón de árboles, y corretea, cólera del aire,
cual leopardo que dobla malezas y trigales hasta subir al monte,
que es bíceps de la tierra, muñón de orografía.
¿Hace opaco tu risa el sollozo del mundo?
¿Ensordece este beso el rugido del día
que emite desde cuevas del dolor la impotencia?
¿Hacemos mal amándonos mientras la tierra muerde
manzanas de amenazas en un cosmos vacío?

II
Yo, mientras tanto, miro los borrones del cielo
los vahos de su atmósfera en su inmensa vidriera
y me bebo la sangre del sarmiento, el idioma de las celebraciones
luego te miro a ti, mujer que amo, arcón de mis secretos,
y tu vientre que es fragua de la vida donde se cuece el magma de tu hijo;
y estás encinta como la marea
de la mar en su hora de elástico repunte;
y el perro, que es la sombra de su amo,
te lame con la lengua de la fidelidad
tus pies, que son cimiento de tu cuerpo
y el gato, que es sigilo por la casa y cojín de molicie
que te mira con ojos de espionaje doméstico,
y un poema te abre su bargueño de versos primorosos
lo mismo que un ajuar de novia ilusionada.
Reflujo del ayer, los recuerdos sonríen, llegan como oleajes
de la pleamar aquella de una felicidad que sobrevive:
un madero de lujo que reta a los naufragios de la vida.  












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