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Debió ser el día del Apocalipsis, yo estaba tumbado en el sofá viendo cualquier película de ésas que a ti no te gustaban y que hacían que yo me tuviera que hacer el dormido para evitar que se notara que el estremecimiento brotaba de mis ojos.

El Sol explotó y todo ante mí se desintegró. Tú la primera. Parpadeé y ya no estabas. Quise soñar y ya no existía el sueño.

Así que no me quedó más que vagar por La Tierra, en busca de alguien sin tener realmente claro que quisiera encontrar a nadie.

Lloré por ti la mayor parte del tiempo.

El hambre era un amigo que nunca calla más que una necesidad insufrible. El Sol no volvió, eché de menos algunas canciones, otra vez tus besos. La humanidad ya no existía y nunca más volví a probar uno de aquellos helados que compartíamos algún martes por la noche desde que decretamos ése como el día que podemos dejar de adelgazar. Me encantaba morder tus costillas sin tener que perforar carne.

Estaba solo.

Y lo más que pude hacer por resucitarte fue releer algunos poemas que escribí entonces.

Comprendí el significado entonces de aquella frase del gran Ildefonso Iruña en la que decía “me importa muy poco la humanidad cuando alguien te lleva tan dentro”.

Pero tú estabas tan muerta como todos los demás.





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