Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2007 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Se lo comentaba a mi amigo y compañero en estas páginas de Arena y Cal, Carlos Robredo, que, en su artículo de este mes, "El refranero", opina y nos informa sobre el cacao montado alrededor del Rey por los medios y que gira en torno a las declaraciones del periodista Jiménez Losantos, la señora Presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, y las del propio Monarca que, en un gesto más propio de políticos del montón que de una persona que siempre ha demostrado la prudencia y mesura acordes con la alta magistratura que representa, apunta la posibilidad de pedir a la Conferencia Episcopal -dueña de la COPE- el cese del periodista.

Patidifuso, estupefacto, atónito... o pasmao, como diría el hermano del Guerra (D. Alfonso). Y, sí, ya sé que el Rey es un ser humano, incluso que, como dice Anasagasti, le gusta el vino y las mujeres, y vivir bien, (y a quién no), que es un cachondo y un mal hablado, que no trabaja ni hace nada, que se lleva todo el año de vacaciones... y un largo etcétera. Pero, aún así, a pesar de trabajar poco y apenas inmiscuirse en la vida política, como ya dije en mi artículo del mes anterior, el Rey, como persona y como entidad, ha cumplido la misión, no como pretendía la persona que lo eligió y designo como heredero y continuador de su política, el General Franco, sino con una sobrada conciencia de que la Corona sólo tendría justificación y continuidad si reinaba con el pueblo y para el pueblo. Creo que D. Juan Carlos, como un irreprochable árbitro de fútbol, ha sabido hacerlo y, con perfecta conciencia y prudente siempre, actuado para que el juego de España continúe a lo largo de estos treinta años pasando totalmente desapercibido.

Sin embargo, lo de no saber encajar que un periodista pida su abdicación, lo de pensar y decir que -en una acción que, realmente, no sé cómo calificar- podría actuar para que lo echen a la calle, es harina de otro costal. Quizás debíamos pensar que el Rey se está haciendo mayor (en el próximo enero va a cumplir los setenta años), quizás -y lo digo con cierta pena- las reivindicaciones de Jiménez Losantos no están desprovistas de una cierta lógica y se vaya haciendo necesario un cambio generacional en la persona que ostenta la más alta magistratura de la nación. Ciertamente, existe en todos los ámbitos laborales una edad, llamada de jubilación -y que está establecida en los 65 años-, llegada la cual los individuos pasan a una situación pasiva. Quizás el Rey, D. Juan Carlos, ateniéndose a que la edad máxima en las prórrogas de jubilación son los setenta años, como buen español y fiel cumplidor de las leyes establecidas para todos los españoles -aunque a él no le afecte- está considerando (o debería considerar) la posibilidad de renunciar a su vitalicia prórroga de jubilación y ceder su puesto al príncipe D. Felipe. Estoy completamente convencido de que el príncipe será un digno sucesor de la Corona y un fiel continuador de su, hasta ahora, magnífica e insuperable filosofía.

Naturalmente, y lo digo por los más escépticos al sistema monárquico o los republicanos "de toda la vida", podríamos pasar totalmente de tener un Rey, pero... ¿para qué? Podríamos adoptar un sistema político al estilo de las repúblicas modernas, como la francesa (semipresidencial, o sea, que el Jefe del Estado es persona distinta al Presidente del Gobierno) o presidencialista (como EE.UU., donde el Presidente es a su vez Jefe del Estado), pero, sin unos líderes auténticamente concienciados y capacitados y un pueblo totalmente de acuerdo e identificado con la idea, podría ocurrir que cayéramos en los mismos errores por los que ya pasamos en 1873 y 1931. De los posibles peligros que podría entrañar -incluso hoy en día- poner todos los poderes del Estado exclusivamente en manos de políticos se podrían poner miles de ejemplos, pero, quizás bastaría echar un vistazo a la República Bolivariana de Venezuela, donde el augusto presidente Chávez, elegido democráticamente por el pueblo (aunque primero encabezó una rebelión militar contra el Presidente Carlos Andrés Pérez en 1992), ya contempla entre sus ideas más inmediatas (¿a ver quién se atreve a una negativa?) cambiar la Constitución en lo que respecta a lo de sus seis años de mandato como presidente por otra en la que el cargo sea heredable por sí mismo y vitalicio. Y ocurren "cosas raras" en Pakistán y Polonia y Rusia y Ucrania... ¿República?

Bien mirado, la Monarquía Constitucional y Parlamentaria que nos hemos impuestos, no es otra cosa que un desarrollo moderno de la República Semipresidencial, que, al igual que ocurre en países de gran experiencia y con notables y expertos políticos, como Gran Bretaña, mantiene todas las prerrogativas de una república y sólo conserva la figura de la Corona para la ostentación de la Jefatura del Estado, limitando de esta forma su posible participación en la vida política para sólo casos muy excepcionales (caso de nuestro 23-F). De esta forma, y a diferencia de lo que ocurre en nuestra vecina Francia, el Jefe del Estado es persona neutral y, teóricamente (porque cada uno tendrá sus tendencias) desvinculada de los diferentes partidos.

El Rey D. Juan Carlos, dejando a un lado este último y singular lapsus calami, ha demostrado sobradamente su neutralidad e imparcialidad en todo cuanto afecta a la labor desarrollada por los políticos de los diferentes partidos en estos treinta años. Era parte de su misión y así lo ha hecho. Respecto a abdicar, aunque sólo serán los cuatro gatos de siempre los que se lo pidan (los mismos que, a contrapelo de toda lógica, quieren construir su particular muro de Berlín a lo largo de sus mínimas fronteras), no me cabe dudas de que continuará demostrando su amor y entrega a España y lo hará cuando lo considere necesario y bueno para los intereses patrios.

Entonces, sólo entonces.








 

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