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El lenguaje poético debiera ser un idiolecto en cada poeta, aunque todos los idiolectos pasan por un meridiano de creatividad donde el hombre-poeta se reencuentra con un espacio de excentricidad, isla en que están vivas aún la infancia y la juventud de la Humanidad, antes de que la conciencia social penetrara en el umbral de la Filosofía, en concreto la metafísica, y después de ésta, la sociología, hija del positivismo, preámbulo de la praxis en la que estamos instalados ahora.

La conciencia occidental sacrificó la imaginación en aras de la búsqueda de grandes certezas en las que ubicar una estructura ciclópea de reflexiones que mejoraran las condiciones de vida. Ello supuso un reto para la mayoría de los poetas, casi siempre recurrentes al pasado como fuente temática. Siempre me admiró el esfuerzo de Neruda en sus primeros libros, desde Crepusculario a Veinte poemas..., por poner al día esa tentación de todo poeta de cantar lo perdido -recuérdese a don Antonio- y el amor como constante intemporal.

Volvamos al lenguaje poético. En otros artículos he intentado separar lenguaje literario de lenguaje poético. El primero es el conjunto de procedimientos que ya conocemos para la escritura del texto creativo, frente a otros textos tales como el humanístico y el periodístico, por poner dos que están más próximos que los otros, el científico y el jurídico. El texto publicitario podría estar muy cerca del literario, dependiendo del talento del publicista.

El lenguaje literario puede incluir cierto grado de expresividad con metáforas o sin ellas. Es el caso de la novela, la biografía, el drama y el artículo de periódico, que no sea estricta noticia. Incluso muchos libros de poesía, carentes de iniciativas creadoras, se pueden inscribir en este concepto de lenguaje literario en que la automatización del lenguaje, o sea su lastre lingüístico, no suscita un deje emocional en el lector exigente.

Como dice Ortega, el autor -auctor, de augeo- es el que aumenta algo en la producción literaria, un aumento que es una aportación personal a lo recibido de otras generaciones anteriores. Pocos poetas se cuidan de este esporádico riesgo de probar otras combinaciones morfo-sintáctico-semánticas. Se comprende que el talento no está siempre en situación óptima de re-crear, digámoslo con matiz de modestia. Pero éste, como deber del escritor escrupuloso a no trabajar con materiales ya tocados por otras manos, tomará un día carta de naturaleza en la literatura específicamente creadora y el poeta maduro estará obligado a ese esfuerzo, so pena de escribir remando contra las aguas espesas del aburrimiento.

Un día yo padecí esa experiencia y, dejando el remo al estribor de mi zozobrante barca poética, escribí en la densidad de mi tedio, a despecho de las hieráticas columnas soneteriles:

 
Venís, vulgares hijas del consumo.
Me sobornáis, lascivas, mis sentidos.
Ellos de niños van entretenidos. 
Presos, se fuman su evasión de humo.

Con esa tosca desnudez me abrumo.
Doy mis registros por desconocidos.
Mis abrigos están desprotegidos.
Habré de sucumbir como presumo.

Un ciudadano yo tan exquisito
a la vista de todos que vivía
en su torre de odas atildadas,

pacté. al fin, con vosotras. Es delito
darles, para un poeta, hospedería
a palabras que vienen magreadas.






 

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