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  • LA VOZ DE LA PAZ Y LA ESPERANZA




    “Mientras haya en la tierra un solo hombre que cante,
    quedará una esperanza para todos nosotros.”
    Gabriel Celaya

  • Gabriel Celaya

Gabriel Celaya es el verso que no cesa. Es una tenaz y larga tentativa de transformar el mundo por la poesía. Su lenguaje es deliberadamente de carácter conversacional. “Lo importante –decía Celaya- no es hablar del pueblo sino hablar con el pueblo”. Y añadía: “Démonos a los demás para ser quienes de verdad somos. Demos, al darnos, la paz y la esperanza”. Celaya asume la conciencia de las gentes anónimas que se hallan a su alrededor y habla por ella con una actitud de solidaridad y esperanzada alegría en el futuro.

Gabriel Celaya y Juan de Leceta son dos seudónimos literarios de Rafael Múgica Celaya. El poeta nace en Hernani (Guipúzcoa), el 18 de marzo de 1911. Cursa el bachillerato en San Sebastián y la carrera de Ingeniero Industrial en Madrid. Sus años de permanencia en la Residencia de Estudiantes fueron decisivos para su formación. Allí se encontró con Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Emilio Prados, Moreno Villa, Jorge Guillén, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Gerardo Diego... Por aquellos años a Celaya le preocupaba la pintura y la literatura. Viaja a Cuba en noviembre de 1967 y participa en el Congreso de la Cultura que tuvo lugar en La Habana en enero de 1968. En este mismo año viaja a Brasil para tomar parte en el acto de inauguración de momento erigido a García Lorca en la ciudad de San Pablo. Gabriel Celaya muere en Madrid el 18 de junio de 1991, sus cenizas fueron aventadas en Hernani y San Sebastián, según sus deseos.

En 1935 y 1936 escribe sus dos primeros libros: Marea del silencio y La soledad cerrada, por este último obtiene el premio del Centenario Bécquer, otorgado por el Lyceum Club Femenino de Madrid. En los años de la inmediata posguerra el poeta, según su propia confesión, "sigue escribiendo tercamente, pero ya no sabe para qué, pues ha renunciado a publicar en tanto no cambien las circunstancias. Sus mejores amigos están en el exilio, y la poesía camina en una dirección contraria a la que él cree justa”. Es a partir de 1947 cuando Celaya va a comenzar una intensa actividad poética, una de las obras más fecundas –si no la que más- de nuestra poesía contemporánea. En la Colección Norte, de San Sebastián, fundada por él y por Amparitxu Gastón –unidos en la poesía como en la vida- aparecen los libros Movimientos elementales y Tranquilamente hablando, los dos en 1947, el segundo bajo el nombre de Juan Leceta y en el que se adelanta una poética de la sencillez, un verso narrativo, casi prosaico a veces, que canta el goce sensorial, el universo cotidiano de las cosas, su verdad inmediata. En Las cosas como son, breve libro unitario, largo poema, publicado en 1948, en donde una y otra vez se exalta la vida, el hecho de vivir, su suficiencia “-Comprendan, es fácil -me basta la vida”-, su victoria sobre la muerte. El mismo poeta dijo posteriormente de este periodo 1947-1949: “Son los años de alegría, de combate y de fe”. Su estilo directo y la temática vital evolucionó hacia la denuncia social: “Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que lavándose las manos se desentienden y evaden”. Aparecen nuevos libros poéticos: Las cartas boca arriba (1951), Cantos íberos (1955), una de las obras más comprometidas, De claro en claro (1956), premio de la Crítica en 1957, Poesía urgente (1960), Baladas y decires vascos (1965), Campos semánticos (1971), Trilogía vasca (1984) y El mundo abierto (1986). Escribió también novelas como Lázaro calla (1949) y Lo uno y lo otro (1965); ensayos, como Exploración de la poesía (1964), Los espacios de Chillida (1974) y Memorias inmemoriales (1981). Fue traductor de Rilke, Rimbaud y Paul Eluard.

En 1963, se le concede en Italia, el Premio Internacional Libera Stampa y en 1968, el Premio Internacional de Poesía Etna-Taormina. En 1986 se le concedió el Premio de las Letras Españolas y en 1987 el Premio Nacional de Literatura.

Hay un libro en prosa, escasamente citado, de Gabriel Celaya, un hermosísimo libro, titulado Tentativas que fue impreso en los primeros días de julio de 1936. Volviendo a leer este libro, y teniendo presente toda la obra posterior de Celaya, no hay más remedio que pensar que toda esta inundación de versos, que gritan o que claman, que quieren poner “las cartas boca arriba”, que tratan de producir una agitación moral para el entendimiento del sufrir y el esperar humano, no son sino un intento de salvar el humanismo, la realidad pura del arte, la unamuniana tragedia hambre de inmortalidad.

La poesía de Celaya tiene el sortilegio de lo que ha sido creado entre cosas naturales. Esta poesía del pueblo tiene ese sello de lo que debe vivir a la intemperie soportando la lluvia, el sol, la nieve, el viento. Es poesía que debe pasar de mano en mano. Poesía que ha sido golpeada, que no tiene la simetría griega de los rostros perfectos. Tiene cicatrices en su rostro alegre y amargo. Poesía verdadera y sin más. Poesía que es como un grito que permanece en el aire. “Son gritos en el cielo”, nos dice el poeta.

La evolución de Celaya hacia la estética del compromiso es muy clara y auténtica. Celaya pasa a la participación, impulsando la corriente de lo que se ha dado en llamar poesía social, poesía al servicio de algo, concebida –en sus propias palabras- como una “herramienta para transformar el mundo”.





 

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