Una persona me ha dejado un comentario diciendo que le encanta mi blog, que está enganchada a todo lo que escribo, que todos los días entra esperando encontrarse algo. Lo califica como un cuentacuentos. Quizás tenga razón, porque siempre he pensado que mi vida era como un cuento, con brujas, hadas, casas encantadas y príncipes azules que al final se han acabado convirtiendo en ranas.

Mi cuento favorito es el de Cenicienta, siempre me he sentido un poco como ella pero sin el final feliz. Y no me importa demasiado, los finales felices son aburridos, bonitos quizás pero totalmente predecibles. La vida no es así, la felicidad completa no existe, siempre tenemos algún quebradero de cabeza que nos desgracia la fiesta. A mí me gustan los finales abiertos, aquellos que te dejan pensando y que te invitan a imaginar. Seguro que si yo fuera Cenicienta, al final acabaría mandando a la mierda al príncipe, sería demasiado perfecto para mí.

Cuando era pequeña yo era una niña feliz. Soy la pequeña de tres hermanas y, aunque mis padres no me han consentido demasiado, mis dos hermanas sí que me tuvieron en palmitas hasta que crecí y ya no les hacía la misma gracia. Cuando era tan sólo una adolescente, no me quería nada. Siempre era el patito feo, me miraba al espejo y no me gustaba. Lo pasé bastante mal, la verdad, hasta que un día conocí a una persona que me hizo entender que yo tenía un encanto especial y que si confiara más en mí misma, podría conseguir todo lo que me propusiera.

Realmente ese príncipe también se acabó convirtiendo en rana pero con el tiempo se transformó en el único amigo del sexo opuesto que tengo. Bueno, quizás tenga otro más, pero ese es otro tema que no viene a cuento ahora. El caso es que a partir de ese momento reaccioné y empecé a gustarme y, como por arte de magia, comencé a conseguir lo que quería sin apenas inmutarme. A veces me ha costado más, a veces menos, pero al final siempre lo acabo logrando.

Pasé de ser el patito feo del instituto a ser enormemente conocida, en la facultad me conocía todo el mundo... y así un largo etcétera con el que he llegado a la conclusión de que tengo algo, no sé el qué pero lo tengo. Me siento distinta al resto de la gente, muchas veces incomprendida, ya me he acostumbrado a que lo que para mí sea normal para el resto no lo sea tanto...

A veces me invento un mundo paralelo donde yo encajo, y sueño, y me divierto, lo malo viene cuando me despierto y veo la realidad, que normalmente no es como me gusta. Entonces me pongo mi caparazón y miro hacia adelante, y lo veo todo verde, con esperanza. No soy una princesa, soy Mónica, por eso no busco un final para mi cuento pero, si algún día llegara el desenlace, o llegara un príncipe, no sería ni príncipe ni azul, sería una persona normal pero de color verde. 



 



 

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