Los temas realistas son coartadas para el autor, que se ve obligado a pactar con expresiones próximas a las lexicalizadas, aunque no dejen de ser literarias, incluso aunque vayan adornadas con excelentes figuras retóricas. Poner énfasis en la experiencia personal del autor, ya sea procedente de situaciones políticas adversas, ya sea originaria de sufrimientos íntimos, me parecen fraudulento, y en ningún caso enaltece o legitima la naturaleza de la escritura del escritor en cuestión.

Los datos extraliterarios no cuentan en absoluto para los lectores de generaciones posteriores, cuando el entorno político y/o social del eximio escritor o poeta se han desvanecido y queda solamente su obra como un resto de muralla de lo que fue una ciudadela de méritos de brillo político que atesoraron premios y consideraciones oficializadas.

Seamos consecuentes con el espíritu de la creación literaria y artística y dejemos las denuncias políticas para los periodistas y los historiadores. Cuántos ciudadanos honestos sufren en la intimidad de sus hogares o en el espacio frío de sus trabajos y no traducen a escritura literaria lo que podría ser un best-seller de las vicisitudes humanas.

Los temas procedentes de la imaginación están menos condicionados y pueden recurrir a expresiones liberadas de compromisos con la experiencia inmediata, libre por ello de lastres patéticos. Ello da lugar a combinaciones paradigmáticas y sintagmáticas más libres, incluso próximas al surrealismo o, cuanto menos, al rupturismo con un buen bagaje de metáforas que rocen ese anhelo permanente de los humanos de hallar nuevos mundos dentro de sí mismos como liberaciones de los que ya hemos trillado cada día sin más cosecha que el tedio y el miedo.

Queda al margen el lenguaje de la comunicación usual, válido para las relaciones sociales, el lenguaje impersonal que usamos como un instrumento para nuestros intereses de miembros de grupos sociales, que nada tiene que ver con otro lenguaje, hasta cierto punto estándar, como es de la información, incluso el literario cuando éste no tiene anhelos de matices diferenciales.

A partir del lenguaje literario, como una jerga más, pero profundamente diferenciada si atendemos su condición creadora, tenemos los idiolectos de los autores. Podríamos hablar del idiolecto de Góngora, sobre todo en sus Soledades. El de Miguel Hernández (“conmovedor”, artísticamente hablando, como dijo María de Gracia Ifach en su edición de Losada 1960). El de Juan Ramón en su última etapa poética.

En este caso, el idiolecto es lo que llamaríamos un estilo propio o, al menos, una declarada búsqueda de ese fin, estrella polar de casi todos los escritores. O sea, la singularidad de una manera de escribir que diferencia una escritura literaria de otra. Nos vemos obligamos volver al estructuralismo: el hablante -en nuestro caso, el escritor- combina hábilmente ciertas afinidades subyacentes en el sistema. Su originalidad consistiría en su habilidad, en su capacidad de “extrañar”, de desautomatizar el lenguaje ya fosilizado de tantos mensajes -aquí tenemos la tesis del formalismo- que pone de manifiesto la inconsciencia de sus autores a la hora de emplear estructuras gramaticales -o competencias lingüística- que han perdido la frescura que les dio su creador ( pongamos como ejemplo a los poetas que utilizan lugares comunes heredados de Federico García Lorca, otro gran “transgresor” literario).






 

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