LA POESÍA DE GREGORIO F. JIMÉNEZ SALCEDO:
“NI TE IMPORTA, SIQUIERA, EL PORQUÉ Y EL PARA QUÉ VAS CAMINANDO”


 
DATOS BIOGRÁFICOS

Gregorio F. Jiménez SalcedoGregorio F. Jiménez Salcedo (Valencia, 1927) ha dedicado toda su vida a la docencia. Hoy está ya jubilado, aunque durante muchos años fue catedrático de lengua y literatura en el instituto Luis Vives, de Valencia. Del mismo modo, ha ejercido su docencia en la Universidad y, durante casi 30 años, ha sido profesor de la Universidad de San Francisco (USA), en la Facultad de Filosofía y Letras de Valencia.

De intereses variados y gran curiosidad cultural, Gregorio Jiménez ha sido conferenciante, “charlista”, como dice él, recitador y también animador y director de grupos teatrales estudiantiles (“El Tinglado”, en el Instituto de Calatayud (Zaragoza) y “Juglares y ministriles”, en el Instituto de Manises (Valencia). Durante 11 años, desde 1986 hasta 1997, llevó en “Radio Aragón”, Calatayud, la sección fija semanal “Desde la nostalgia”. 

Colaborador en diversas publicaciones, en nuestra Revista Arena y Cal ha publicado buen número de artículos de opinión y poesía y llevado durante algunos años una sesión propia con el nombre de "Reflexiones irreflexivas".

Nuestro poeta lleva más de 60 años escribiendo poesía, por lo tanto no nos debe extrañar ni sus Ciudad que ya no es míamás de 80 poemarios escritos ni los premios que ha ido cosechando por su labor. Ahora bien, es un poeta selectivo que ha publicado los siguientes volúmenes:

.”Afán de cada día” (1975)
.”Poemas de El Carambolo” (1988.
.”Ciudad que ya no es mía” (1989)
.”Sombras perseguidas” (1994)
.”Ciudad jamás perdida” (2004)
.”Errando entre la muerte y el recuerdo” (2006)
.”El ojo y el oído melancólicos” (2007).

Su hijo, de nombre también Gregorio, destaca de su padre “el haber sido y ser un enamoradísimo esposo, un padre ejemplar y un abuelo pletórico de amor pos sus nietos”. Gran conversador y de una humanidad desbordante, Gregorio F. Jiménez Salcedo, como sigue diciendo su hijo “es un hombre sencillo, muy afectuoso”.
 
Gregorio F. Jiménez siente un respeto reverencial hacia la poesía, a la que él llama “diosa Poesía” y se entrega a ella con devoción y oficio:

“Jamás perdáis la confianza
que emana de la Poesía.
Es una diosa que paga
siempre, que envía
su mensaje de luz clara
-por medio de la palabra-
para convertirse en guía
y volver la noche en día” (“Confianza”, en “El ojo y el oído melancólicos”).

El ojo y el oído melancólicosLa poesía de Jiménez viene marcada por su biografía, por su especial manera de entender el mundo y, sobre todo, por esa honda melancolía que siente ante el paso del Tiempo o de La Vida, como él la llama. Como bien escribe otro gran poeta, Jaime Siles, en el prólogo a “El ojo y el oído melancólicos”: “La melancolía de Jiménez Salcedo procede de la emoción del yo en el tiempo y está muy cerca de aquélla que condensaron unos versos de Gracilazo que hizo para siempre suyos Azorín. La melancolía de Jiménez Salcedo –como la de estos dos últimos- se basa en esa vivencia de la pérdida que hace que el ser humano se identifique con su “dolorido sentir”.

Jiménez Salcedo, como ya veremos, escribe una poesía sobria, contenida, sin aspavientos. Podríamos decir que es poesía depurada, que él ha trabajado hasta darle la forma deseada, incluso a veces llega a la esencia del haiku:

“En mares no nacidos,
sueños perdidos.
De poemas fallidos
nacen gemidos
que acaban en olvidos” (“Olvido, siempre olvido”, en “El ojo y el oído melancólicos”).

Gregorio F. Jiménez SalcedoManeja los distintos artificios literarios, aunque la metáfora y la alegoría, sin duda, son dos de los tropos más evidentes en su producción. No obstante abundan las antítesis y las personificaciones. Así, él llama a la vida La Vida, al tiempo El Tiempo, al olvido El Olvido y a la desilusión La Desilusión, porque los personifica, les da categoría de actores principales en nuestra existencia:

“Después, con el transcurso de venideros años,
vi que la vida
(ésa que escribo siempre con mayúsculas:
la que llamo La Vida)
era muy diferente 
y poco grata”. (“El ojo melancólico”, en “El ojo y el oído melancólicos”)

Por otro lado, muestra haber leído a los clásicos y haberse empapado de ellos porque no es raro encontrar ecos manriqueños, de Garcilaso, de Cervantes e, incluso de poetas más cercanos como Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado. Igual que Juan Ramón Jiménez, por ejemplo, trabaja muy bien las estructuras de sus libros y los organiza no porque tenga varios poemas, sino que primero piensa en la idea, después llega el poema.

Gregorio F. Jiménez SalcedoLa poesía de Jiménez Salcedo brota de su emoción y se contiene entre el arte mayor y el menor, entre las formas más académicas y aquellas más libres, pero siempre con elegancia, con rigor. Nuestro poeta sabe mucho de métrica y se detiene con mimo a trabajar ciertas estrofas, como la lira, por citar un ejemplo.

Ahora bien, la poesía de Jiménez Salcedo es poesía de lo real, de lo cotidiano, por lo tanto no está ni exenta de ironía ni su vocabulario es impenetrable. Muy a menudo incorpora a sus poemas términos que, inicialmente, podrían parecer poco poéticos:

“Eres, en la ciudad,
como el zombi que viste que salía
en aquella película
que te dejó tan triste y tan inquieto” (“El desierto infinito”, en “Errando entre la muerte y el recuerdo”).

 
EL AMOR POR LAS PALABRAS

Jiménez Salcedo es, como él mismo dice, un enamorado de las palabras, a las que descubrió de niño y que nunca lo han abandonado con su magia:

“Me gustaba leer,
buscaba en diccionarios
nuevos vocablos,
soñaba mucho
y muy frecuentemente
y comenzaba ya
a imaginar historias
y ver la realidad
con ojo de arco iris” (“El ojo melancólico”, en “El ojo y el oído melancólicos”).

Jiménez Salcedo ha pensado muchas veces en cómo escribe, en cómo las palabras se engarzan hasta formar el poema y nos lo cuenta en “Proceso”:

“Al mirar y leer
reconocemos, por el sentimiento,
una nueva emoción
que nos sacude
y despierta el latir del corazón” (en “El ojo y el oído melancólicos”).

Jiménez Salcedo quiere saberse poeta, aunque se muestra humilde al respeto, pero sabe que lo es, con todas sus consecuencias:

“Porque no sé por qué.
Pero, en efecto,
también yo soy poeta
(o quisiera sentirme como tal), 
oculto en las cuartillas manuscritas
que voy emborronando en madrugadas
de triste soledad,
sabiendo que la luz no es para ellas” (“Dedicatoria”, en “El ojo y el oído melancólicos”).

La labor del poeta es importante porque trabaja con palabras, a las que compara con elementos propios de la fragua, de manera muy machadiana. Por lo tanto, no son poemas llenos de tópicos, sino poemas que hacen sufrir porque nacen de muy adentro:

“En la fragua sensible
de su herrería, mágica sin tregua,
templar, forjar y dar vida suya
a lo que, en sí, albergó,
convertido por él en obra eterna,
viva, con la viveza
de su entrega total que la perfila” (“La obra del poeta”, en “El ojo y el oído melancólicos”).

Al fin y al cabo, lo único que persigue el poeta es poder estar cerca de los otros hombres:

“Poder relacionarme con el hombre,
¡ay siempre tan lejano!
Para poder lograrlo,
traigo sólo, la voz de mis palabras” (“Traigo, sólo, la voz de mis palabras”, en “El ojo y el oído melancólicos”).

 
LA VIDA

Gregorio F. Jiménez SalcedoLa Vida es acaso un sueño, en clave calderoniana, o un invento o algo que se nos da y se nos hurta, un desengaño al fin:

“Lo real son los sueños
y no La Vida.
La Vida es, nada más, el absurdo desfile de unas horas;
luego, de días;
de semanas y meses... y, por fin,
de un número menor
o mayor de los años
que La Vida nos da,
si, en algún
accidente, no la quita” (en “Sueños, sólo sueños”, en “Errando entre la muerte y el recuerdo”).

Más adelante compara la vida a las pompas de jabón que estallan en el aire:

“... lo mismo es La Vida.
Somos, todos, las pompas de jabón
que se pierden y estallan”.
De todas maneras:
“No puedo ya sentir 
rencor contra La Vida.
Voy marchando por ella
arrastrando la carga
de un peso que me aplasta” (“Sin rencor, pero con tristeza”, en “Errando entre la muerte y el recuerdo”).

Conforme van pasando los años, a Jiménez Salcedo le queda la sensación del engaño de la vida, se siente estafado y lo que es peor, no se ve con fuerzas para rebatir este engaño porque:

“Hoy sólo queda, ya,
fallados tantos planes,
ese dolor que arrastro” (“Ayer y Hoy”, en “El ojo y el oído melancólicos”).

 
EL TIEMPO

Que estamos hechos de tiempo, que somos efímeros y pasajeros, es algo que a Jiménez Salcedo le preocupa, aunque lo acepta como algo propio de la vida, aunque sabe que el instante es muy importante, es crucial:

“Hoy, triunfa en esplendores
la mañana, en silencio.
Hoy, me sumerjo todo en el baño de luz,
color aromas
en que flota gozosa mi visión” (“Lección de Ciencias Naturales”, en “Errando entre la muerte y el recuerdo”).
Ahora bien, el tiempo es implacable:
“El Tiempo es enemigo solapado
y esconde en su mochila,
llena de trastos viejos,
una esponja asesina que va borrando todo.” (“Equipaje”, en “Errando entre la muerte y el recuerdo”)

 
RECUERDO

Somos en la medida que recordamos y nuestra memoria es nuestro poder, si la perdemos quedamos vulnerables, desamparados, sin señas de identidad. Por eso Jiménez Salcedo evoca continuamente sus recuerdos y se obstina en que permanezcan fijos en él:

“Os veo en mi recuerdo.
Erguidos siempre y siempre altivos.
Encaramados al perfil macizo
de la torre señera de la iglesia
en cada pueblo” (“Relojes”, en “Errando entre la muerte y el recuerdo”)

Jiménez Salcedo no quiere perder sus recuerdos y los invoca, porque sabe que en ellos está todo lo que es:

“No quiero que me venza
La Desmemoria, cruel, ni que El Olvido
desgarre el cuadernillo de recuerdos,
que llevo en la chaqueta
oculto en el bolsillo 
Del corazón” (“Equipaje”, en “Errando entre la muerte y el recuerdo”).

Vivir es una aventura, pero en el recodo del camino, cuando ya has andado mucho, te encuentras trampas y te sientes fracasado:

“Desde allí, llamaré a los viejos recuerdos
soñando en su venida, mordido de nostalgia,
sabiendo mi fracaso”. (“El mismo fracaso”, en “Errando entre la muerte y el recuerdo”).

Y es que los recuerdos, pese a todo, pueden vencer a la Muerte, aunque sólo sea un recuerdo como se lee en “El último recuerdo”. A veces la memoria es engañosa y Jiménez Salcedo ha encontrado otro refugio para sentirse a gusto:

“En busca de otro espacio,
marcharé con la noche.
Y en ella encontraré La Fantasía” (“Advenimiento”, en “El ojo y el oído melancólicos”).

 
LA DEBILIDAD DE SER HUMANO

A Jiménez Salcedo le pasa como a Terencio que “Nada de lo humano le es ajeno” y le gusta compartir con los demás su equipaje, sus ideas, sus vivencias, sus tesoros, aunque se sabe débil, se siente mermado en sus potencias y eso le causa una gran desazón:

“Tú y yo somos dos gotas
que van fluyendo por el mismo río.

Tú, PENSAMIENTO que me marca
el camino a seguir.

Yo, VOLUNTAD que siempre sigue
cuanto tú me señalas.

Es, sólo la MEMORIA, en rebelión,
quien se resiste a obedecerte” (“Potencias”, en “Errando entre la muerte y el recuerdo”).

En el poema “Arrabal de senectud”, tan cercano a Jorge Manrique, Jiménez Salcedo se pregunta, en un ubi sunt clásico, qué se ha hecho de su fuerza, de su juventud, qué se ha hecho:

“¡Arrabal de senectud!
¿qué fue de mi juventud?,
¿qué fue de tanto esplendor?,
¿qué fue de tanta salud?,
¿qué fue de tanto fervor?,
¿qué fue de mi prontitud?
¿¡Qué fue de todo, Señor!?” (en “Errando entre la muerte y el recuerdo”).

Y no sólo es débil el ser humano, sino las ciudades y las cosas, porque todas están sometidas al paso del tiempo. Refiriéndose a Calatayud escribe:

“Un viento destructor,
llevado por la Historia,
te sepultó en El Tiempo y te arruinó” (“Lamento”, en “Ciudad jamás perdida”).

A veces se pregunta, lúcidamente, para quién escribe y encuentra una respuesta en el propio devenir del tiempo:

“Dime, pues, ¿para quién
escribo lo que digo?
¿Para quién? Si ninguno
se detiene a escucharlo.
Porque es lo cierto
que todos van pasando y no se paran.
y algunos hay
que ya pasaron,
también... y se murieron” (“Desfiles”, en “Errando entre la muerte y el recuerdo”.

A nuestro poeta le sabe mal que el propio ser humano provoque muerte porque no es necesario, ya que la muerte acaba haciendo su trabajo. ¿Para qué adelantarlo?:

“De manera que el hombre mata al hombre.
De manera que triunfan la tortura la guerra.
de manera que triunfan, por doquier,
martirios, violaciones,
injusticias y muertes
(un frío asesinato que deja indiferentes)” (“Patología General”, en “Errando entre la muerte y el recuerdo”.

 
VIAJES

Jiménez Salcedo, por profesión y por gusto, ha viajado siempre por toda España y se siente muy vinculado a la geografía peninsular. Eso, a veces, hace que reflexione en torno a qué nos aguarda, a qué nos espera:

“Querida y vieja estampa
que busqué y encontré
en todas mis visitas
a los pueblos de España,
mi España, perseguida y acosada
por el negro huracán que llegó con El Tiempo” (“Relojes”, en “Errando entre la muerte y el recuerdo”).

“Viajes en tren”, en “Errando entre la muerte y el recuerdo”, es un largo poema dedicado, precisamente, a los trenes que el poeta hubo de coger en su vida para desplazarse de un lugar a otro:

“Unos trenes que ya no existen hoy
y eran los trenes, mansos, tristes, lentos
(con tantos negros humos y tanta carbonilla,
con tanto tembleque y quejas de madera),
que pasaban por los campos y pueblos
de la España doliente que amé tanto”.

En ambos ejemplos, Jiménez Salcedo nos da una imagen de España triste, melancólica, más propia de los autores de la Generación del 98.

 
AMOR Y MUERTE

Jiménez Salcedo, como Vicente Aleixandre, a veces ve en el Amor el reflejo de la devastación, de la Muerte porque ambos:

“Vienen de pronto, atacan, hacen su cometido
y luego, de igual forma,
lo mismo que llegaron, se van por el camino.” (“La inesperada circunstancia”, en “Errando entre la muerte y el recuerdo”).

Jiménez Salcedo acepta con fortaleza la idea de la Muerte, aunque eso no quiere decir que no le duela, que no le cause pesar y dolor:

“La puerta que sé bien que tengo
más tarde o más temprano,
que abrir,
sigue cerrada aún.
Pero, ante ella, mantengo
mi guardia permanente siempre” (“De guardia ante la puerta”, en “El ojo y el oído melancólicos”).

 
LECCIÓN DE VIDA

Jiménez Salcedo está al tanto de la sinrazón del mundo actual y le duele tanto dolor que él hace suyo. No se siente ajeno a la vida de los demás, toma partido, como haría un poeta social, toma partido y se declara al lado del ser humano porque:

“Soy hombre. Sólo sé
que soy hombre cual todos los que sufren
y pasan por el mundo 
arrastrando sus culpas y su angustia.
Soy hombre y soy poeta.
Por poeta, nacido para clamar mi voz.
por poeta, dolor 
que canta el sufrimiento de los otros y el propio” (“Soy hombre, soy poeta”, en “El ojo y el oído melancólicos”).

Jiménez Salcedo escribe la poesía de lo cotidiano y esencial y, sobre todo, la poesía que evidencia el paso del tiempo, con su carga de melancolía que no es amargura, no, sino ese regusto que a uno le queda cuando sabe bien el final de una historia, pero no le gusta y da vueltas y más vueltas hasta aceptarlo. Eso le ocurre a Jiménez Salcedo y nos lo traspasa con entereza, sin dejarse nada por el camino. Desgrana sus soledades en los poemas, sus pequeñas alegrías, esos recuerdos que huyeron, otros que lo incordian; en suma, nos da testimonio de su vida, llena de palabras, llena de amor, llena de esperanza, aunque sea dolorida, porque, al fin y al cabo:

“Si afirmas: “soy feliz”,
con plena convicción,
volverás nuevamente a ser feliz” (“Ensayo en felicidad”, en “Errando entre la muerte y el recuerdo”).

Aguardamos nuevas lecciones de vida del maestro Jiménez Salcedo y esperamos que estas líneas, apresuradas, despierten la inquietud en los lectores que quieran acercarse a sus libros para meditar con las palabras del poeta, en donde habita “La Vida”.
 
 
 
BIBLIOGRAFÍA

-JIMÉNEZ SALCEDO, GREGORIO F.
-“Ciudad jamás perdida”, Calatayud, Centro de Estudios Bilbilitanos, 2004.
-“Errando entre la muerte y el recuerdo”, Valencia, Amigos de la poesía, 2006.
-“El ojo y el oído melancólicos”, Valencia, Amigos de la poesía, 2007. Prólogo de Jaime Siles Ruiz.





 

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