Este artículo se podría subtitular: “Entre la subjetividad lírica y la experiencia quintaesenciada”.

Digámoslo a modo de conclusión: la virtud de la metáfora consiste en que es capaz de multiplicar el significado denotativo y convencional de un nombre. Esa multiplicación consigue traer a las mientes del lector otros significados que se le asocian por semejanza, consiguiendo con ello enriquecer la polivalencia del sustantivo en cuestión.

Que esta habilidad pone a prueba el ingenio de un poeta por cuyos resultados se pueda valorar su aportación, no es discutible en el área de la semántica, pero tampoco es imprescindible, si bien es cierto que el lector, cansado de los significados ya conocidos y nada emocionantes en la lectura, necesita renovar su estima de las funciones del lenguaje.

Se puede escribir una poesía sin tropos ni otras figuras retóricas —ahí tenemos a poetas de la segunda generación de posguerra que no necesitaron de ese recurso para dejar escritos poemas valiosos: A. González, Valente, los poetas catalanes...—, pero el instinto del poeta le lleva —y esto nadie lo pone en duda— a buscar nuevos rumbos de la denominación expresiva, al menos para satisfacer sus afanes lúdicos, a los que tiene todo derecho.

Esta cualidad inherente a todo verdadero creador nos lleva al tema de los grados de la genialidad del que escribe. Para este asunto me inclino por la tesis del estructuralismo. El poder subyacente del sistema en la competencia de cada hablante le reta a ser descubierto y utilizado como un filón entre las piedras de una norma que ha vaciado ya sus vetas y por las que discurre el uso lingüístico con fines meramente pragmáticos.

¿Existe el poeta genial? El poeta genial lo será en cuanto que la genialidad consista en que ese hablante da con la estructura universalista de su sistema de comunicación verbal. Ello evitaría la subjetividad patética de los que nos quieren vender sus tentativas como aforismos universales. La universalidad, pues, sería el marchamo de la genialidad. O sea, del descubrimiento que ha hecho un hablante antes que otro.

Pero insisto en que escribir poesía no es coincidir con la teoría —más sueño que teoría, como dije en el artículo V— que expongo aquí. Hicimos alusión a la poesía de mayorías y sus entrañables tesoros del sentimiento y la concisión en el decir, que tiene antecedentes en los proverbios de nuestro Séneca en el plano filosófico y en el refrán popular.

¡Cuánta buena poesía se escribe sin rebuscar en los depósitos de la expresividad más sorprendente, soltadas las amarras del barco aventurero de las vanguardias!

Lo que aquí expongo es una experiencia personal, un tanteo lúdico que considero común —quién sabe si un vicio— en quienes se asoman demasiado al pozo de la curiosidad de la palabra cuando ésta sube y sale por las acequias del poema.

Indagar, experimentar es un sino del hombre en todas las parcelas de la inteligencia. No iba a ser menos la literaria.

Como el que esto escribe ha paseado por todos los parques de la poesía cultivando en cada uno las plantas y los parterres exigidos por las normas del jardinero del estilo, comprendo a quienes se quedan extasiados toda su vida con una determinada flor —una determinada escritura—, aunque no coincida con el gusto del jardinero del estilo que se lleve entonces.

He gozado con poetas de tertulias provincianas que no salían de su soneto sempiterno o su romance indeclinable o sus décimas o sus cuartetos al viejo y rancio aire de las antologías con olor a humedad. O con el verso libre como pájaros escapados de la jaula de los rigores métricos. Que cada uno goce con lo que pueda, aunque me asome al pretil del labio un rebelde e insatisfecho “Eppure si muove”...






 

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