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Muchas veces me he preguntado quién manda realmente en este país, quién hace y deshace,
quién controla el dinero y la economía de España y los
españoles.
La
respuesta, a pesar de su complejidad, me va resultando cada día más
clara: ni el Ministro de la cosa ni el gobierno en pleno son los
responsables de las subidas de la vivienda, de las hipotecas, de la
cesta de la compra, de la luz y el agua y el teléfono y los coches y
los seguros, etc. Sí son responsables de la política económica
interna, de regular los diferentes sectores y de vigilar la
aplicación de las normativas legales existentes en cada uno de ellos
(leyes -o mandamientos- hechos a la medida),
pero, está claro que no tienen potestad alguna para decidir una
subida o bajada del precio del dinero, del tipo de interés, de la
inflación, de los cambios en la Bolsa, etc. Por lo tanto, si Vd. ha
de hacer frente a una subida de 80 euros en el recibo mensual de su
hipoteca, no es porque su Banco, ni el Gobierno ni el señor ministro de Economía han
decidido subirle el interés de lo prestado, sino porque el poderoso Banco Central
Europeo, representante máximo del omnipotente dios Dinero en esta
barriada llamada zona
euro, unilateralmente y porque así se lo requiere su santa doctrina, ha decidido subir 0,25 puntos el precio del
dinero. Y si le suben dos euros el litro de gasolina, no es porque al
dueño del surtidor o al ministro del ramo les dé la gana, sino
porque, con superior permiso de la divinidad y toda su curia, el barril de Brent en el mercado interbancario se cotiza cada
día a lo que les interesa a los diferentes evangelistas mediadores.
Explicar
al ciudadano de a pie -ni siquiera a este nivel divulgativo- qué es
realmente la economía y las finanzas -y cómo les afecta-, me parece algo
imposible. Desde hace bastante tiempo veo y escucho a varios
expertos en finanzas, entre ellos a dos magníficos economistas,
Emilio Ontiveros y Juan José Toribio en la CNN+, a los que escucho con
complacencia por sus profundos conocimientos del tema y
la claridad expositiva con que nos muestran cada día sus opiniones y
análisis de la situación. Pero la filosofía y doctrinas que
envuelven a esta "divinidad" son tan complejas que, pienso,
ni siquiera estos expertos teólogos podrían hacernos comprender
técnicas y métodos, fundamentos, principios, objetivos, jerarquías,
estructuras, etc., etc., y mucho menos revelarnos con absoluta
claridad quién manda aquí y quiénes son los supremos pontífices en la
Tierra del tan poderoso dios Dinero.
Y, no,
naturalmente, no se trata de que nos ilustren en esta ciencia social que estudia los procesos de producción, intercambio, distribución y consumo de bienes y servicios,
o, en clave marxista, "la ciencia que estudia las leyes que rigen la producción, la distribución, la circulación y el consumo de los bienes materiales que satisfacen necesidades
humanas", ni que nos llenen la cabeza con las aproximaciones y tendencias en el comportamiento de las variables económicas,
conceptos de costes sociales objetivos entre recursos escasos y
alternativos o los grandiosos milagros de la ingeniería financiera.
De lo que se trata es de que se explique a la gente común, a
cualquier productor, que quién dicta e impone las leyes por las que
el 99 % del valor neto de su producción se lo reparte -en
proporciones variables- el binomio Estado/Capital y a él le conforman
con las migajas que quedan.
Una vez
que el productor -la gente- sepa y tenga asumido que quienes dictan
estas leyes no son de "este mundo", que no son ni los
ministros ni los gobernantes sino seres extraordinarios tocados por la
gracia del más omnipotente y poderoso de los dioses, seres
excepcionales y etéreos que viven a la diestra de lo inmenso, y que,
porque así está escrito en su sagrada doctrina, éstos nombran a
otros semidioses y delegan funciones y poderes en prohombres y otros
prosélitos, es posible que entiendan por qué a ellos no le alcanza
el sueldo para llegar a fin de mes mientras a otros muchos les sobran
los recursos, por qué ellos no pueden ni siquiera pagar una hipoteca
para una humilde vivienda mientras otros muchos tienen varias en
propiedad y viven en mansiones suntuosas, por qué ellos no pueden
darle a sus hijos ni para el autobús que los lleve a la escuela de FP
mientras otros tienen a los suyos en la Universidad de Princeton, por
qué, en fin, ellos que son los que producen cada día las riquezas,
el trigo, las papas, los garbanzos, los ladrillos y el cemento, los
que sacan el hierro y el carbón de las minas, los que funden las
piezas y montan los automóviles, los que construyen las casas y las
líneas eléctricas, los que traen de la mar las merluzas y los
langostinos, los que cavan los cimientos y construyen encima una
nación viva no tienen nada mientras los otros, esos pocos otros, son
los que disfrutan, gozan y viven la vida.
Si nos
pusiéramos un poco aristotélicos tendríamos que asumir, siquiera
por reducción al absurdo, que la economía y las finanzas son buenas,
justas y necesarias, que la neoeconomía del mercado global es aún
más beneficiosa que la seguida hasta el pasado siglo y que la
comunión Estado/Capital no persigue otros fines que el desarrollo de
los pueblos y el bienestar de todos los ciudadanos. Pero, como no
podríamos convencer al mileurista que no le alcanza el sueldo para
llegar a fin de mes, ni a aquel otro que lleva cuatro años buscando
trabajo, ni a aquel joven matrimonio que vive con la madre porque no
pueden ni alquilar una casa, de que los sueldos son y deben ser así
porque así lo marcan las sagradas escrituras de la economía y
así lo quieren los omnipotentes señores de las finanzas, y como el
productor -la gente de siempre- terminaría por rebuscar en
bibliotecas y sindicatos, en la prensa y en los libros, en los
archivos y en la Historia, para ver de encontrar una solución, una
fórmula que explique cómo se soluciona esto, y para evitar tener que
explicarle cosas tan abstractas como trabajo-mercancía, plusvalías
de la inversión, capital y rendimientos, monopolio y explotación,
acumulación y reinversión, etc. (que podría necesitar de
explicaciones complementarias como el círculo vicioso, supervivencia
gremial, prevención de dentelladas dentro de la horda de lobos, etc.,
que deberían ser tratados exclusivamente como asuntos internos), lo
mejor sería -con permiso de Marx y Engels- fabricarles y
distribuirles un cuadernillo a modo de breviario que recoja, breve
pero claramente (no piense mal, nada que ver con el libro rojo de Mao),
los principios, fundamentos y leyes de la economía actual, una
especie de catecismo ilustrativo de la sagrada doctrina del
todopoderoso dios Dinero y la necesidad-obligación de acatarla,
venerarla y seguirla para todo aquel que ha nacido sin otra condición
que la de proletario y vive a esta otra parte del Paraíso.
La gente
terminaría por entenderlo, y asumir que esta poderosísima
neoreligión -la única en la que la deidad es absolutamente material
y visible-, aunque los neófitos parten necesariamente de la mísera
situación del mileurista, no hace dudosas promesas para la otra vida,
sino una propuesta real y tangible de prosperidad y abundancia para
vivirla en ésta. Y así dejarían de estar siempre mascullando entre
dientes improperios tales como "los muertos de estos hijosdeputas
explotadores", "estos cabrones no son más que vampiros
chupasangres...", y otras lindezas por el estilo.
Y termino
con una cita (de un tal C. M.) que dice: "Los que se oponen al
dios dinero pueden ser muy numerosos, pero sólo pueden triunfar si están unidos por la organización y guiados por el
saber."
¿Qué
querría decir el camarada Carlos con esto? ¿Acaso le era dable pensar en una
sublevación contra aquél que todo lo puede? Ni pensarlo: el triunfo
de nuestro inmarcesible y poderoso señor dios Dinero está asegurado.
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