• LA VOZ DE UN GRAN ESPÍRITU PROGRESISTA



    “Yo, desterrado de la patria mía, 
    de una patria que adoro, 
    perdida miro su primer valía, 
    y sus desgracias lloro.”
    José de Espronceda

  • José de Espronceda

El romanticismo es, entre, otras muchas cosas, un ardiente fervor patriótico, como románticas fueron las ideas que dieron paso a la Revolución Francesa. De la gran trilogía de nuestros románticos, Rivas, Espronceda y Zorrilla, los dos primeros sufrieron el exilio y la cárcel por sus frenesís patrióticos y por sus ideas políticas. Espronceda que muere en plena juventud -a los treinta y cuatro años de edad- se nos muestra como un joven vehemente que luego se quema en sus empresas políticas, que van siempre unidas al amor y a la literatura. Porque ese es otro de los signos del Romanticismo: la unión y confusión de la obra con la vida misma, de los gestos y actitudes vitales con la obra escrita.

Espronceda murió en olor de multitud, como ídolo popular. Su actividad política le valió cárcel, persecuciones y destierros. Y es que desde los quince años, con su aventura de la sociedad secreta de “Los numantinos”, Espronceda se nos revela como un joven revolucionario liberal que va a presenciar la dramática ejecución de Rafael Riego, en la plaza de la Cebada de Madrid, y que conspira en cuevas y sótanos, sufriendo su primer destierro sólo a los diecisiete años, fecha en la que ya se nos revela también como un poeta de cuerpo entero.

Lo que está fuera de dudas, sin entrar en el examen de la situación política de aquellos años, es que Espronceda fue un demócrata con decidida adhesión al partido republicano, y que comprendió y defendió las reivindicaciones de los trabajadores. Espronceda arremete y censura una y otra vez al Gobierno. Se pone en línea con las reivindicaciones del proletariado y pide el acceso del campesinado a la propiedad de la tierra. Pero es que Espronceda además de ser un demócrata de tendencia obrerista, que refleja en sus escritos y poesías, es un buen economista preocupado por los intereses de España. La honestidad política de Espronceda contrasta con la España grotesca de aquella época. Como poeta, en su ejercicio político, pertenece a la humanidad y al porvenir.

En 1836 el fogoso poeta atacaba en folleto la desamortización de Mendizábal que sólo había servido para trasladar los bienes raíces de las manos muertas que los poseían “a las manos de unos cuantos comerciantes”. En la revista El Español el autor de El diablo mundo ya había dado un espaldarazo al programa democrático y progresista que apoyaba la igualdad, la libertad y la fraternidad. Espronceda concibe estos ideales como “que todo sea igual para todos y que la facilidad o dificultad de su merecer esté en razón de la igualdad o desigualdad de las capacidades...” Por último, añade, la igualdad consiste en “la emancipación de las clases productoras, hasta ahora miserables, siervos de una aristocracia tan inútil como legítima”. El diablo mundo (1840), además de expresar el espíritu romántico byroniano, representa una condena de las clases conservadoras, a quienes describe en pinceladas goyescas: “hipócritas parleros”, “charlatanes eruditos”, “funesta plaga”, “gusanos”, “turba de viejas”.

José de Espronceda y Delgado nació accidentalmente en Almendralejo, provincia de Badajoz, el 25 de marzo de 1808 y falleció en Madrid, el 23 de mayo de 1842. Estudió en el Colegio de San Mateo de Madrid, siendo discípulo de Alberto Lista. Adquirió una cultura bastante extensa y formó parte de la Academia poética del Mirto, inspirada por su maestro, donde recibió una formación horaciana. Fue fundador y presidente de una sociedad secreta, “Los numantinos”, que a la muerte de Riego firmó un documento de venganza: por ello, fue hecho prisionero y enviado a un monasterio de Guadalajara, donde escribió El Pelayo, poema épico en octavas reales acerca de la conquista musulmana. Viajó a Lisboa, donde conoció a Teresa Mancha, su gran pasión amorosa; la acompañó a Londres y Francia, y su muerte le inspiró una de las más hermosas poesías del Romanticismo: Canto a Teresa. Su agitada vida amorosa, política y de conspirador parecía dejar paso a una carrera política prometedora, cuando le sobrevino la muerte en plena juventud. Murió a los treinta cuatro años de garrotillo cuando se iba a casar con Bernarda de Beruete.

Espronceda es el poeta más representativo de nuestro periodo romántico. Tanto por su labor poética como por su actitud “romántica”, ante la vida y la sociedad, este poeta resume y personifica toda una época de nuestra historia literaria, de la que es el exponente más genuino (junto, en otro plano, a Larra) y, muy probablemente, el único que hubiera podido dar a nuestro romanticismo una personalidad supranacional de no haber desaparecido prematuramente.

Dejando a un lado las aportaciones de Espronceda al campo de la novela o de la escena, hemos de fijarnos primeramente en la aparición, en 1840, de sus Poesías. Este volumen adquiere una especial significación por encontrarse en él lo más granado de su producción poética. En las Poesías se hayan comprendidos un “Ensayo épico”, El Pelayo, algunas “Poesías líricas”, “Canciones” y poemas de “asuntos históricos” y un “cuento”, El estudiante de Salamanca. Entre los poemas que se incluyen en la colección de 1840, destacan: “Himno al Sol”, “La canción del pirata”, “El mendigo”, “El verdugo”, “A la patria”, “A la noche”, “Canto de cosaco”, “La despedida del patriota griego”, “Oscar y Malvina”, “El reo de muerte”, “A Jarifa en una orgía”. Pero su obra maestra es El diablo mundo (1840), poema filosófico inacabado, donde se contienen fragmentos admirables, como el Prólogo, el canto a la Inmortalidad, la elegía a Teresa (el gran amor de su vida) y el canto a la Muerte.

Decía Marañón, que el poeta adquirió en París la enfermedad “que lo mató muy joven todavía por ventura suya”. No podemos saber si en una más larga vida hubiera renunciado a sus ideas, pero creemos que no.

Cerrando este breve recuerdo de nuestro romántico y luchador poeta, recordamos el retrato que de Espronceda hizo Juan Ramón Jiménez: “Espronceda desde Londres ve chiquita a España, rodeada de mar azul, las costas rojas y él desde Londres moreno, de melena negra despeinada por un viento romántico, lustroso, ojos grandes, se sitúa en medio soñando ser pintado así”.

Si la obra de Espronceda es una de las fuentes más claras del modernismo, su figura, romántica y luchadora, polémica, libertaria y amorosa, es uno de los símbolos más claros de una juventud que persigue y ama la libertad. Y como dijo nuestro poeta: “Desterrados, ¡oh dios!, de nuestros lares, / lloremos duelo tanto: / ¿Quién calmará, ¡oh España!, tus pesares? / ¿Quién secará tu llanto?”





 

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