Buenos Aires-Patagonia


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Solo nos separan unas cuantas horas y miles de kilómetros...

- A la Terminal 1: Aerolíneas Argentinas
- Buena Compañía, desde luego...

El taxista fue tajante en su afirmación, lo cual me sorprendió en un principio, aunque enseguida pude comprobar que, curiosamente, era “porteño”, y que llevaba solo cuatro años viviendo y trabajando en Madrid. ¿Primera coincidencia?

El vuelo nocturno no tuvo nada de Saint Exupery y sí mucho de contorsionismo, de sopores de drogas inductoras del sueño y de bombones belgas sustitutorios de comidas de plástico y olor aséptico: todo un logro, difícilmente igualable, de los “caterings” de las compañías aéreas de la IATA.

Amanecía Ezeiza cuando el 747-400 posó sus dos alas inmensas en las pistas de cemento. Trámites correctos a pesar del cansancio, y habitación preparada –a pesar de la hora- que supone todo un detalle para el turista, y que se agradece a NH (Navarra Hoteles) por la deferencia.


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Puesta de sol en Río de la Plata



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Buenos Aires “labura” entre el calor y una suave brisa del norte. Uno no se siente extranjero en esta villa que se asemeja a París y a Madrid, con ribetes americanos. Uno no se siente extraño ni en las casas, ni en las ropas, ni, mucho menos, en la lengua, a pesar de la ll-ch y del canto.

Visita a la ciudad: Plaza de Mayo, Catedral, Cabildo, barrio de San Telmo, estúpida parada obligatoria (¿?) en la Bombonera a ver a un San Maradona comprimido y enano (que nos saca los colores), Caminito turístico y rancio de años, Puerto Madero –avanzando estético sobre la reconversión del agua-, la Recoleta, Retiro, los Palermos...

La Recoleta, afrancesada y elegante, nos regala una excelente comida (almuerzo) en la terraza del Lola –muy cerquita de La Biela, donde el tango se hizo noche- a la sombra de ficus gigantes, y unos creppes de dulce de leche para recordar, de postre.

Luego, asombro entre los sauces de los parques, ante la Floralis Genérica de acero pulido, y ante el esplendor y el lujo mortuorio y romántico del Cementerio de la Recoleta, donde los títulos y las tumbas rezan estúpidas competencias a la muerte.

Y después de agotar tiendas en la peatonal Florida, doce horas de sueño reparador para estar a punto: no sé si fue el cansancio, pero todo nos parecía guapo y elegante...


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Caminito

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Floralis genérica



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Las doce horas horizontales han servido para equilibrar el círculo ciscardiano y para pasear desenfadado por las Galerías Pacífico, en las que solo el continente –frescos pseudosixtinos- ya merece la pena.

Dos niños “chiquitos” tocan el bandoneón en la calle disfrazados de arrabaleros huérfanos. La tentación de abuelos terminó en un Mac Donals y una invitación a dos hamburguesas triples de pollo. Y una sonrisa agradable de la madre que nos obsequió con tres estrellitas brillantes de la buena suerte para que nos acompañasen siempre.

Luego de una comida frugal a lo italo-argentino nos espera Martín –joven e inteligente guía porteño- para acompañarnos a una relajante excursión por el Delta del Tigre: río-mar hecho verde y exuberancia de paisajes y plantas, casas encantadoras que se venden y alquilan a precios irrisorios para la economía europea; rojos y verdes que chocan con azules y amarillos; tierras de agua en donde la selva profunda se remansa y se hace canto peremne a la espera de las sudastadas terribles.
Un paseíto por Patio Bullrich – elitista centro comercial de Recoleta- nos devuelve al mundo del neón y del cristal ahumado. (Y a pesar de los consejos de Martín, no me he “sacado” ni la esclavina ni el reloj de oro).


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Delta del Tigre

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Río de la Plata



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Un millón de pingüinos Magallanes nos observan mientras caminamos –tan hieráticos y titubeantes como ellos, después de la levantada a las cuatro de la madrugada- por Punta Tombo, al sur de Trelew.

Inmensidad de las llanuras patagónicas y sorpresa ante el agreste conjunto de faunas novedosas: guanacos, maras, quis, ñandúes... Vientos suaves que acompañan a un mar azul intenso bañado por el sol acariciante: Naturaleza hecha señora primigenia en el Sur del Sur.

Puerto Madryn, desenfadado y veraniego, acoge nuestro cansancio y sueño con plácida playa y gente risueña. Hasta el Sr. Arguiñano –restaurador televisivo donde los haya- comió a nuestro lado en el pequeño restaurante campero de la pingüinera. (Nuestro guía, bonachón y documentado, sigue pensando que las Malvinas son argentinas).


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Pingüino Magallanes

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Pingüinera de Punta Tombo



 
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Inmensidad. Inmensidad y silencio en Península Valdés. Cielo puro –azul y blanco de nubes-, verde y tierra, y mar-azul y blanco de espumas.

No son solo los elefantes marinos, o los lobos de mar que sestean en las plataformas de piedra; no solo las martinetas, o los ñandúes, o los armadillos, o las maras de las estepas verdigrisáceas: es sobre todo la infinitud que refleja tu pequeñez en Punta Pirámides, la hermosura compacta de Caleta Valdés, la primitiva paz de una ciudad de “primera” (porque si pones la segunda te la pasas) como Puerto Pirámides, o la soledad del viento allanando las salinas grande y chica, abandonadas a 45 metros bajo el nivel del mar a su suerte de lago blanco y rosa.

Colores. Colores y aromas. Colores y murmullos. Colores.

En la Estancia La Elvira, mirando al azul intenso del Atlántico, pudimos degustar un exquisito cordero patagónico y un no menos sabroso flan casero con crema de dulce de leche. Y el guía Juan Carlos, gaucho de vocación incorrupta, nos fue enseñando las plantas medicinales de la estepa baja patagónica.

Colores y sabores cerca del fin del mundo...


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Lobos marinos

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Salina chica



 
 -6-

Soy el cóndor.

Desde las alturas del Hualiche y del Cerro Calafate el viento me golpea coma a una veleta asustada: abajo la bella ciudad de El Calafate –en medio de la nada- y el Lago Argentino desmamantando a todos los glaciares del campo de hielo de los Andes.

Turismo extremo en un 4 por 4 que se asoma, temerariamente, a los cortados donde la naturaleza se hace montaña de mar antiguo y el viento rey de las alturas. Entonces soy el cóndor, peregrino y timorato, pequeño, sumido en la frontera del mundo.

Un matecito amargo en una carpa iglú entre las rocas erosionadas nos calienta algo del frío circundante antes de regresar al lujo del Hotel Los Álamos, donde una caliente sauna y un plácido baño en la piscina climatizada nos acerca al mundo habitual del cemento.

Pero de noche, en los sueños, vuelvo a ser el cóndor...


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Calafate y Lago Argentinos

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Altos del Hualiche



 
 -7-

Una lengua blanqui-azul, de 30 kilómetros, me saluda semiestática mientras el viento frío y el aguanieve hiela nuestras caras.

Impresionante Perito Moreno: murmullos de glaciar activo en el brazo rico del Lago Argentino dándose de bruces contra la Península Valdés, y desangrándose, de tanto en tanto, hacia las aguas con una queja sonora y musical.

Retumba el llanto del glaciar
en un lamento de nieve:
patagonias heladas
en la barriga oronda de los azules.
¿Dónde se esconde
el misterio triste de los silencios
que hablan de mares,
dónde los lagos
que se tornan vientos de luz
y pólvora fértil?
¿Dónde?

Luego, con los ojos marchitos de asombro y el frío calando los huesos, un relajante baño en las aguas calientes del SPA del Hotel, una sauna húmeda y unos chorros de burbujas nos retrotraen al mundo, donde los hombres juegan a ser dioses olvidando a los dioses de siempre, que avanzan de blanco.

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Perito Moreno (norte)

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Perito Moreno (este)



 
-8-

Témpanos: icebergs patagónicos que bailan lentamente al compás del viento de los Andes.

Puerto Banderas nos acoge en un catamarán de lujo que se adentra por el brazo norte del Lago Argentino, atravesando la Boca del Diablo hasta divisar el imponente Glaciar Spegazzini, con su lengua de hielo tributaria desde la cumbre del monte homónimo, de 2.420 metros.

Absortos los ojos, el barco remonta el brazo Upsala sorteando ingentes moles de hielo como esculturas fantasmagóricas de todos los tamaños que asemejan trozos de merengue en un mar de nata, hasta llegar al Glaciar Upsala, que ha perdido, en unos 50 años, más de 30 kilómetros de longitud, y que se desangra, cada rato, en un estruendo de pólvora blanca.

Ahora el catamarán pone rumbo a la Bahía de Onelli, a resguardo de los vientos, donde desembarcamos para atravesar a pie un típico bosque andino patagónico y darnos de bruces con los glaciares Onelli, Bolado y Agassiz, que alargan sus lenguas blancas y azuladas hasta el Lago Onelli, dejando sus aguas moteadas por cientos de icebergs diurnos.

Ya de vuelta, el cerebro intenta procesar las imágenes y recuperarse levemente de una sensación imprescindible de minivalencia ante una Naturaleza agresiva y callada. Verdaderos icebergs que nunca dañan y que escriben canciones inmensas en la “leche glaciar” del Lago Argentino.


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Glaciar Spegazzini

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 Témpano



 
-9-

- ¿Vos también tenés cosas antiguas en España?

La encargada de la Mansión del Virrey, Hotel colonial en Colonia Sacramento de Uruguay, no estaba, evidentemente, muy puesta en Historia, porque la pregunta –si no fuera porque nos dio la risa- podría ser hasta ofensiva.

Le contesté con sorna:

- Pero, mujer: esta ciudad es del siglo XVIII, casi de nuestros abuelos...

Habíamos tomado (ni se me ocurre aquí escribir “cogido”) un buquebus rápido en Puerto Madero para cruzar el Río de la Plata en dirección a la ciudad Colonia Sacramento de Uruguay donde nos íbamos a reunir con nuestros consuegros que viven en Montevideo.

El cielo estaba marrón, pero no cayó ni una sola gota de agua durante la travesía de una hora entre la parte estrecha del río, pero nada más llegar a la Ciudad Antigua se desencadenó una tormenta tropical de tres mil pares de relámpagos, truenos, vientos y cascadas torrenciales de lluvia.

Por lo demás, un día agradable y familiar en una ciudad del otro lado del Plata, y la constatación, de nuevo, de que euro arrasa y que el milagro europeo-español anda bastante por delante de estos pueblos, por demás encantadores y educados, en donde nunca hemos percibido la más mínima sensación de antipatía o rechazo, sino muy al contrario.


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Catedral Colonia Sacramento




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"Lola" –el restaurante, por supuesto- nos estaba esperando con su exquisita comida de diseño como fin de fiestas.

Pero más, mucho más que la comida, la fiesta estuvo en la reunión con “Ce”, una mujer agradable y de ojos mágicos que no es otra que Cecilia Ortiz, miembro del Equipo Editor de Palabras Diversas, y porteña (aunque con buenos antecedentes asturianinos).

En la comida se habló de todo lo humano y lo divino, y no tanto ni de la Revista ni del proyecto REMES (Red Mundial de Escritores en Español), sino mucho de cocina y socio-política, de lo cercano que se encuentra el corazón y la cultura de nuestros pueblos, de nuestras gentes, de nuestros sueños.

Probablemente fue el mejor final para un viaje preñado de asombros patagónicos, y en el que el calor y la simpatía de los argentinos –sin excepción- fueron un agasajo y una constante exquisita.

Un pueblo que, en mi percepción viajera, se merece mejores gobernantes y mucho más honrados administradores de una tierra riquísima y de una cultura amalgamada en diversos lares y de lujosísimos vuelos.

¿Dale? ¡Dale!


Luis E. Prieto
Buenos Aires, Marzo 2007







 

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