La camarera le contemplaba, reflexiva, y nostálgica, como con una melancolía de emigrante, tal vez recordando a su familia de Rumania, o sabe Dios qué, desde la esquina de la barra, viendo sus ojos un hombre de estatura media que lanzaba una mirada destellante de matices verdes, unos ojos anclados en el territorio del desasosiego que atravesaban la amplia cristalera y se recreaban en la gente que a su vez se recreaba en los escaparates de la calle peatonal. Había un orgullo herido, deslizándose por el suelo y en su mente nublada se aparecían las aguas fangosas de los pantanos que era algo que asimilaba con la muerte, y con las pesadillas, y con las resacas de órdago, y con la venganza. Y con la enfermedad. Fonda es un tipo fuerte, con el pelo castaño, frondoso y largo – aún sin llegar hasta los hombros - , y con una barba de unos diez días carente de todo cuidado y esmero, que divaga entre la bohemia, la soledad y los terrenos abruptos de la indigencia.

Inició el café con un largo sorbo abrasador, y se quitó la americana, tal vez para tratar de airear el ardor de su estómago. Sacó un pañuelo y se movió con cautela por los contornos limitados de la exigua cafetería, frotando la tristeza de los ojos. De pronto la camarera rubia de Bucarest, descuidó su mirada de la primera escena gris de la mañana, y atendió unos minutos a las anotaciones de las provisiones alcohólicas dispuestas para la copa en una vieja estantería de madera roída y polvorienta.

- Debo estar perdiendo facultades – se dijo Mario Fonda, mientras el alma se le consumía a fuego lento.
- ¿No viste nunca un hombre llorar? – le preguntó con curiosidad fingida un afligido tipo a la mujer de la barra, que omitió cualquier tipo de respuesta.

Acto seguido, apuró el café, dejó un par de monedas, y con la americana ceñida a su torso ancho y el pañuelo del dolor arrugado en el bolsillo interior, abandonó el lugar. Entre la gente que caminaba por la ciudad sintió los síntomas de una enfermedad que apenas le había visitado un par de veces en su vida. Un sudor frío fluía de su frente y le impregnaba su camisa en una senda desagradable que terminaba en las palmas de sus manos resbaladizas y temblorosas. Miró alrededor de la calle con aire de culpabilidad, como si estuviera vigilado por la gente, o desde el más allá, y pensaba: "Hasta donde llega mi razón nada pude hacer por ti amigo. Ahora caminaré por las calles, suspirando a cada paso por ver rendidos los últimos ojos que te vieron caer. El alma me revienta la razón y me grita venganza, aunque solo tú sabes por donde ronda la mirada del odio, las manos creadoras de las últimas gotas de sangre que derramaste, las de tu agonía. El monstruo que sesgó tu vida lo hizo para tratar de descansar, de relajar o de agotar su ira, y a la vez con ello me deja el testigo, el traspaso de un desagravio que me carcome por dentro y aflora como si un animal se estuviera apoderando de mis entrañas".

Acto seguido se le nubló la vista y el corazón de tanto bombear se le rompió en mil pedazos.





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