Leía hoy, en lluviosa tarde de domingo, una entrevista bastante insulsa que ha sido publicada en el “magazine” de EL MUNDO en la que un fraile, Clemente Serna, para más señas Abad del monasterio de Silos, contestaba a las preguntas que le hacía el periodista.

No todas las cuestiones que se le plantearon al Abad tenían interés, al menos para mí. Algunas eran en exceso generales, otras de respuesta conocida, o supuesta, y las menos, como ya he dicho, de un cierto interés.

Interés para mí, cuando quien responde es un Abad al que le concedo de antemano, y sin espacio para la duda, la sabiduría que se le supone además de una espiritualidad en muchos momentos envidiada, es aquello que me aporta algo; que me deja una frasecita para el pensamiento o que, recordándolo en futuras ocasiones, me permita salir airoso de algún atolladero social o íntimo.

Citaba el origen de la Orden, hablaba de los gregorianos, un canto que es rezo —decía—, recordó a Umberto Eco, con el que aún se cartea, autor de la novela “El nombre de la rosa” llevada, además, al cine con extraordinario éxito; censuró levemente a otro Abad, antecesor suyo en el siglo XVIII que consideró a lo medieval como algo bárbaro por lo que tiró la iglesia y a punto estuvo de hacer lo mismo con el claustro, joya de la arquitectura, de no ser por unos monjes ancianos que le hicieron entrar en razón, en fin, la entrevista divagaba de lo humano a lo divino.

Muchas son la cosa que el Abad contestó pero, aprovechando algún silencio o indecisión de su entrevistador, va a su terreno y entre doctrina suave y aleccionamientos leves refiere, sin confesar nada secreto, el paso y estancia por el monasterio de reconocidos políticos, no solo españoles, que todos conocemos. Con ellos, comenta, habla y habla y da consejos, como es su obligación.

Se refiere, en otro párrafo, al llamado Groupe de Chevetogne. Lo crearon una veintena de personas hace ya algún tiempo y se reúnen, al menos, tres veces al año en el sur de Bélgica, en el monasterio que les da nombre. ¿Qué quién tiene cabida en ese foro de pensamiento y diálogo? Obispos, políticos, filósofos, intelectuales, catedráticos, pensadores... todos, invitados, acuden allí y todos allí se expresan y hablan, especialmente de Europa, de la Europa política, social y espiritual. No se comen entre ellos por distantes que estén las posturas porque, como dice el Abad, con educación, sencillez y delicadeza se puede conversar sobre cualquier cosa y llegar a entenderse.

Aznar visita el monasterio con cierta frecuencia y lo hacía también (sobre todo) siendo Presidente del gobierno español.

Yo no sé de qué le sirvió pero, como en la historia del patrón de barco, algún bien le haría esas visitas.

Dice la historia de ese lobo de mar que durante las travesías no dejaba de blasfemar y mortificar a los tripulantes, marineros y grumetes de su nave comportándose como un auténtico animal, pero cuando arribaba a tierra, lo primero que hacía era acudir a la iglesia, oír misa, confesar y comulgar como el mejor de los cristianos. Una vez un ingenuo marinerito, que le había visto en la pequeña Parroquia de su pueblo, le preguntó: Capitán, ¿cómo es que usted, en el barco, no deja de amargarnos la vida y de blasfemar diciendo a gritos las peores barbaridades que puedan imaginarse y en cambio, cuando está en tierra parece un santurrón? El Capitán, ciertamente sorprendido, le miró a los ojos tan fijamente, y tan de cerca, que el ingenuo aprendiz de marineo comenzó a temblar, y cuando intentaba farfullar algunas palabras de disculpa o de súplica, pues temía verse regalado con un par de puñetazos, oyó al capitán decir: Imagina como serían tus travesías si yo no confesara y comulgara de vez en cuando.

Por eso supongo que a José María Aznar le sirvieron de mucho las visitas a Silos, y creo, sin un excesivo ánimo de querer influir, que alguien debería decirle a Rajoy que Silos, como Teruel o Soria, existe.



 



 

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