Me llamo Santiago y tengo ocho meses y cinco días. Sí, cuento los días porque como existo desde hace poquito, me gusta llevar la cuenta. Mi familia me llama Santiaguín y no es que me disguste pero, si supiera hablar, les diría a todos que algún día tendré pelos en el pecho y que ese diminutivo resulta bastante ridículo. De momento no me quejo, más que nada porque no puedo, aún así, todo se andará.... Aún sé poco de la vida pero no os penséis que mi rutina es fácil, tengo mis malos momentos, aunque no me queje demasiado, soy un niño muy bueno. Intento no complicar demasiado la vida a mis papás, que son súper molones, pero los bebés damos mucho la lata a veces. No me gusta hacerlo, es que a veces no me entero, no sé muy bien de qué va todo esto de la vida. A veces me pasan cosas que no entiendo, me asusto y lloro (que hace poco aprendí que es eso de soltar agua por los ojos. Se llama así, ¿lo sabíais?).

Creo que he tenido suerte con la familia que me ha tocado, se preocupan todos mucho por mí, están siempre pendientes... Aún así insisto en decir que la vida del bebé es dura, por lo menos la mía. Todas las mañanas mi papá me despierta muy pronto. Todavía está muy oscuro y no se ve nada. Yo que estoy tan plácidamente dormido en mi cunita, con mi tete y va el bestia y me despierta. Apenas puedo abrir los ojos. No lloro porque soy un hombre que si no se iba a enterar mi papi cruel, ése que es capaz de levantarme cuando todavía no están puestas ni las calles. El caso es que todos los días se repite la misma historia: me viste, me pone mi buzo, mi bufanda, mi gorro (que no soporto) y mis manoplas; agarra todos los cachivaches necesarios para mi cuidado personal, me mete en el coche y me lleva a casa de mis abus.

Cada semana aparezco en un sitio distinto pero como ya digo caiga donde caiga se portan bien y yo se lo agradezco a todos con la mejor de mis sonrisas. Cuando llego, casi siempre despierto porque me cuesta volver a coger el sueño, me reciben con aspavientos, me desvisten y me dejan en mi hamaca, que me encanta. Entonces, mi padre se dirige a mí y me dice todos los días lo mismo: 'adiós Santiago, me voy, dame un beso y pórtate bien'. Como ya he dicho que soy un niño bueno yo intento hacerle caso e intento no dar mucha guerra. Después, mi abu me mece hasta que vuelvo a coger el sueñecito y me quedo sobado al instante.

Tras mi momento de descanso me despierto, pero no lloro (porque soy un hombre), me pongo a jugar yo solito a tocar las palmas (que me encanta) y grito porque intento hablar, pero no me sale. Entonces mi familia me oye y vienen a levantarme la persiana. Me dicen siempre cosas muy bonitas, me hacen reír y yo me siento un niño la mar de feliz. Después mi abuela me da de desayunar cereales exquisitos. Antes no me gustaba comer, prefería la tetita ñam ñam de mi mamá, pero con el tiempo le estoy cogiendo el gusto a las papillas, por lo menos a los cereales. Me lo como todo, eso sí, con un poquito de paciencia porque soy un niño chiquitín y me cuesta...

Después mi tía Moni juega conmigo, cada día a una cosa: bailamos, me hace el péndulo, me cuenta historias que yo no entiendo (pero me hace gracia como gesticula...), intenta que yo aprenda a hablar, a gatear, me canta... Yo disfruto sobre todo cuando me ponen encima de la mesa porque me siento más grande. Además tienen un mantel muy chulo lleno de colorines que a mí me flipa que no veas. También me gusta mucho patalear, siempre con la pierna izquierda, mi tía me llama por ello torito bravo y, cada vez que me lo dice, yo golpeo con más fuerza. Es una chica muy maja y me hace gracia porque tiene una cosa metida en la boca muy extraña. Son como alambres, creo. Es la única que los tiene y por eso me llama la atención. También ella es muy buena conmigo, es la que me cambia el pañal cuando tengo cacotas, me pasa toallitas por la cara porque soy muy blanquito y con nada me salen ronchas coloradas... Además siempre me defiende y dice que soy un bebé muy listo y muy bueno. Yo por eso nunca lloro, sólo cuando me duele algo o tengo sueño. Ni si quiera me quejo cuando estoy guarrete porque sé que se van a dar cuenta pronto y no quiero dar problemas. Me da mucha pena cuando mi tía se va al gimnasio o a escribir a su cuarto y a veces, lo tengo que reconocer, me pongo a llorar para ver si cuela y vuelve a jugar conmigo. Pero si no es así pronto se me pasa porque mi abuelo se queda conmigo para que no me quede solito y ella además normalmente regresa pronto para seguir con la juerga...

Lo peor del día es la hora de la comida. ¡Odio el puré! No puedo con él, me repugna. Con eso sí que no me queda más remedio que llorar, para que alguien se apiade de mí, pero no me sirve de nada. Me siento tan incomprendido... Entre los tres encima me engañan, me dicen 'toma el tete' para que abra la boca y en vez de eso me meten a traición una cucharada repulsiva de ese alimento vomitivo. Y los miro con cara de mala leche cada vez que me la cuelan, pero no me hacen caso. Al final, cuando me quiero dar cuenta, otra vez me lo he comido todo... Bueno, a veces a mi tita le doy pena y ya no me da más, me quita el babero y me limpia la cara porque me pongo bueno...

Después me echo en la hamaca otra vez para echarme la siesta. Me vuelve a dormir mi abuelo, que se le da muy bien. Me silba y yo caigo rendido después de tanto trajín. A veces mi tía me saca a dar una vuelta por el barrio, entonces no me duermo porque me gusta ver cosas. Me alucinan los árboles y los semáforos, son chachis pirulis. A mi regreso vuelvo a jugar un rato con mi mariquita que canta o veo la tele hasta que llega mi mamá para darme de merendar. Es el momento más feliz del día, cuando suena el timbre y entra por la puerta mi mamá. Yo les quiero a todos mucho, pero mi madre es mi madre y, cuando la veo llegar, me pongo a dar gritos como un loco... A veces llega un poco más tarde y mi abuelita me hace la merienda, pero mi mamita siempre viene a buscarme. Por eso yo estoy tranquilo porque, me deje donde me deje, siempre viene a buscarme, así que me quedo tranquilo todo el día esperando a que venga ella y me diga cositas bonitas.

Luego ya nos vamos a casa y vuelta a empezar. Todos los días igual. Pero esto no es fácil, me cuesta comer, madrugar... Hay cosas que todavía no las entiendo, me pasan cosas extrañas, me duelen cosas... Ahora noto cosas raras dentro de la boca. Me están saliendo cuadraditos blancos de dentro de las encías y no veas como duele... Y muerdo las cosas a ver si se me pasa un poco, pero nada... Encima, como no me sé explicar, pues nadie me puede ayudar. A veces miro a los mayores y pienso 'qué grandes son, ¿yo por qué soy tan canijo y me cuesta tanto hacerlo todo?' Supongo que soy todavía muy inocente, pero me paso el día pensando y aprendiendo. Algún día, poquito a poquito, encontraré la explicación a todo. Pero lo que más siento, ahora que soy un bebé y tengo problemas de incomprensión y subsistencia, es que todo esto que aquí os cuento, todos mis pensamientos, todo lo que aquí narro se va a borrar, y cuando crezca, es una pena, pero no lo voy a poder recordar.



 



 

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