Es mi deseo —que no intento de emulación—, homenajear a poetas arábigo-andaluces que me han regalado momentos de lectura deleitosa e inolvidable. Para llevar a cabo ese homenaje tenía que hacerlo "en su lengua", mejor dicho, en su idiolecto, su estilo personalísimo: la metáfora como tejedora del texto. Habrá poetas que estén en contra de la proliferación metafórica; yo también si con ello se encubre divagaciones y temas endebles o pretextuales y tiene como único fin impresionar a los lectores. Sin embargo, no podemos olvidar el hecho de la función poética de la que nos dejó Jakobson una insoslayable teoría. 

La metáfora es, por tanto, la protagonista del poema, y eso es lo que yo pretendo exponer en estas muestras, independientemente de las estrofas de cuño árabe. Se trata de agradecer a aquellos poetas, que están en el sustrato de nuestra cultura hispánica, la hermosa osadía de convertir a dicha figura en una vedette, entre otras vedettes (figuras) si se me permite esta gráfica comparación, en el teatro del poema, guiño que destella de gozo imaginativo en el tapiz literario. Pero, para terminar, hemos de decir lo siguiente. Varios siglos antes de que los rusos Potebnia y Belensky consideraran en pleno siglo XIX la metáfora como núcleo esencial del poema; antes de que unos años más tarde el futurista Marinetti la incluyera en su decálogo literario, hasta el punto de que el sevillano Rafael Cansinos-Asséns la insertara con la misma categoría en su Manifiesto Ultra de 1919 y de que Borges lo confirmara en su Manifiesto de 1923, los poetas de al-Andalus ya la empleaban con la galanura a que hemos aludido líneas más arriba. Vaya por delante esta ofrenda a modo de vasallaje.
 

LA NARANJA
Es una sorpresa de zumo que nos salpica apenas entreabrimos su secreto entre la complicidad de los cascos. Pero, antes, la lengua del cuchillo nos revela el hallazgo quitándole la retórica de la monda.

EL VINO
Cuando los llevaban al lagar te prendaste de los racimos y me dijiste que eran como zarcillos de esmeraldas labradas. Pero mira ahora la copa donde han quedado convertidos en un resplandeciente brazalete de oro.

EL HUEVO MIENTRAS SE FRÍE
La calzada resbaladiza del aceite ha provocado un irritante accidente de caída del huevo: la yema, como una maestra azorada, ha enrojecido de vergüenza porque le silbaban los bulliciosos discípulos de la clara circundante.

EL ALMUERZO
El hambre y la comida se devoraban mutuamente, pero el agua con su claro lenguaje exhortó a los dos contrincantes a que moderaran sus excesos. Y también suavizó la intervención incitante del vino, de modo que puso paz definitiva entre los dos enemigos con el eructo de su pacifismo.

LA NOCHE
La dinamita roja del atardecer ha abierto un hondo y amplio pozo en el horizonte. El día, tiznado minero, se sumerge en él con la lámpara Davy del crepúsculo y cava sin parar hasta que arranca chispazos al cuarzo de las primeras estrellas.

EL ALBA
Del cuerpo extinto del oso negro de la noche chorrean sobre su pelaje de sombras espesos goterones de sangre. Recién hendido el lomo hirsuto de la bestia nocturna, se entrevé limpia y reluciente la hoja de un enorme cuchillo que gana en resplandor conforme va saliendo de la herida.

LA AURORA
En el insomnio ya casi desesperado es como una amada arisca y desdeñosa a la que persigo por entre las sombras de las habitaciones. Pero, sabiéndome desconcertado y deseoso, aparece en un quicio, y la vislumbro por la delgada blancura de su camisón y el azoramiento de su rostro.

VIENDO LLENARSE UNA COPA DE CHAMPÁN
Una mujer de cabellera rubia se ahoga y en la desesperación se tira del collar y hace saltar sus innumerables perlas blancas.

DONDE SE ROMPE EL MAR
Bajo el atardecer nuboso, las olas me parecen manadas dispersas de toros que braman, se precipitan y se astillan las cornamentas en las rocas como si huyeran de la vara que aguija encolerizado el mayoral del viento.

EL CHAPARRÓN
Un galope de animales vidriados rompen sus menudos cascos de cristal en la marcha precipitada que llevan. Cuando se aleja el grueso de la manada, quedan detrás, exhaustos y dispersos, algunos que arrastran jadeantes sus lenguas gelatinosas por el asfalto.

LAS ROSAS ROJAS
Estoy por decir que las rosas rojas han tomado de los aljibes su penetrante frescura; por sustentáculo, los talles delgados y oscilantes de las doncellas, y para el color, la sangre que ha corrido por las calles de al-Andalus.
 
Del volumen Medina Azahara, Diputación de Córdoba, 1980






 

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