Hace ya algunos años, cuando todavía estudiaba y no tenía muy claro lo que quería en la vida, conocí un día a una chica que se llama Raquel. Por aquel entonces, ella tenía un novio camarero un poco gañán y yo intentaba hacerme a la idea de que estaba enamorada. El caso es que desde que ella entró por la puerta del Sausa por primera vez, no nos hemos separado. Realmente, sí que hemos estado mucho tiempo dispares, o nos vemos todos los días o pueden pasar años sin saber la una de la otra. Aún así, siempre siento que está ahí.

Ella lo sabe todo de mí y yo lo sé todo de ella. Siempre que me ha pasado algo importante en la vida lo he compartido con ella, lo bueno, lo malo y lo regular. Estoy acostumbrada a que mi amiga Raquel sea mi confesora particular: puedo decir bien alto que la única que conoce todos mis secretos, absolutamente todos, es ella. Quizás se lo cuento sin ningún tipo de reparos porque está incluso más loca que yo. Con ella podría hacer cualquier cosa y nadie nos comprendería, sólo nosotras dos. Hay quien se lo cuenta a su psicólogo, hay quien se lo cuenta a su cura, y yo, me ahorro el dinero en tratamientos y el camino hacia la parroquia: elegí hace mucho tiempo a Raquel como mi ‘Gran Pepito Grillo’.

A veces no se puede contar con ella, nunca me hace caso, ignora mis consejos aun sabiendo que yo tengo más razón que un santo. Si viviera sola la embargarían la casa, no sé cómo definirla, aún así, siempre que la he necesitado de verdad, ha estado ahí. Y es curioso, porque últimamente hacemos muchas cosas juntas: salimos, nos reímos, nos emborrachamos... pero los mejores recuerdos que tengo con ella es dando vueltas en su coche, sin destino, con una coca cola en la mano y una bolsa de patatas fritas. He de decir que casi siempre nos acabábamos perdiendo y encima nos quedábamos sin gasolina... Daba igual, nos lo pasábamos genial analizando las cosas, de principio a fin. Siempre hablábamos de lo mismo, éramos monotemáticas, sin embargo, nunca nos cansábamos.

Hace tiempo que no hacemos aquello, conducir, simplemente conducir. Una hora, dos, tres... hasta que nos cansábamos y nos íbamos a casa. Aunque suene tonto, absurdo o simple, resulta bastante gratificante. Yo a veces ahora lo hago sola. Cojo el coche y sólo miro hacia el horizonte. Da igual el destino, me encanta escuchar música y mirar hacia la carretera, para no pensar. Hago lo contrario que antaño, es curioso.

Volviendo al tema de mi amiga, tengo que decir que me recuerda la etapa más feliz de mi vida, a pesar de que a veces teníamos que compartir una coca cola porque no nos daba para más, no salíamos de mi barrio y nos quedaba mucho por contar. Nunca más me he vuelto a arreglar con tanta ilusión como en aquellos años, en los que cada viernes, cuando caía el sol, me esperaba un sueño.

Quizás por eso me siento incapaz de separarme de Raquel. Nos unen muchas cosas, muchos recuerdos y grandes secretos que nunca compartiremos con nadie. A veces, cuando de repente cambia de opinión y me deja tirada, reconozco que reniego de esta amistad. Es así porque tengo un pronto muy malo. También sé que a los cinco minutos ya se me ha pasado... Estas Navidades, por ejemplo, han sido estupendas gracias a ella. No es que haya cambiado de opinión, soy más terca que una mula, sigo siendo el Grinch, pero quizás algo menos...

Tal vez sea porque tengo una amiga con la que hace tiempo conducía a lo largo y ancho de la M-40.


 



 

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