...y dado que no hay crisis, las gentes de este País, ociosas y exultantes, nos dedicamos a otras cosas. Incluso las mujeres, tan pacíficas ellas, se van dando cuenta de que su rol en la sociedad actual está equivocado y reclaman, eso sí, poco a poco y con cierta timidez, su legítimo lugar en el mundo, y como prueba de ello sirva este botón que ninguna ha de coser.

***

No hace muchos días que alguien -no puedo recordar quién- me hizo llegar unas líneas con el título “Monólogo de mujer a las 06.00 de la mañana” (casi nada).

El escrito es una reflexión al modo y manera de una fémina, y describe las angustias que éstas padecen al intentar compaginar en armonía sus obligaciones familiares con las laborales y, además, disfrutar de la vida.

Para ellas todo es un batiburrillo; la casa, la compra, los niños y sus colegios, la oficina o el taller, la asistenta -llamada hoy empleada del hogar-, el marido, no hay que olvidarse de esos maridos amantísimos pero a veces exigentes... Tantas cosas abruman a las mujeres que sucumben a la desesperación, eso sí, sin renunciar a sus metas, ni claudicar ante sus obligaciones, no en vano son el sexo fuerte.

En el texto al que me he referido, se vierten pensamientos de muy profundo calado. Vean si no lo que transcribo después de retocar:

Son las 6:00 a.m. El despertador no para de sonar y no tengo fuerzas ni para tirarlo contra la pared.

Estoy acabada. Quiero quedarme en casa cocinando, escuchando música, cantando... Si tuviera un perro, lo pasearía por los alrededores.

Me gustaría saber quién fue la bruja imbécil que tuvo la puñetera idea de reivindicar los derechos de la mujer y porqué hizo eso sin pensar en nosotras, las que íbamos a nacer después de ella.

Estaba todo tan bien en el tiempo de nuestras abuelas... se pasaban el día bordando, intercambiando recetas con sus amigas, leyendo buenos libros de las bibliotecas de sus maridos, decorando la casa, podando árboles, plantando flores y educando a sus hijos.

Algo después todo cambió a mejor; teníamos servidumbre, llegó el teléfono, también las telenovelas y la píldora, la tarjeta de crédito e Internet, pero hubo una marisabidilla a la que, por lo visto, no le gustaba la buena vida y... hala, a contaminar a otras rebeldes inconsecuentes con ideas raras como “vamos a conquistar nuestro espacio”. ¿Qué espacio ni qué mandangas, si ya teníamos la casa entera y todo el barrio era nuestro y el mundo también estaba a nuestros pies? Teníamos el dominio completo sobre los hombres; ellos dependían de nosotras para comer, para vestirse y para presumir delante de sus amigos, y ahora, ¿dónde están? Nuestro espacio es una porquería.

Ellos están confundidos, no saben qué papel desempeñan en la sociedad dado que su lugar los hemos ocupado a golpe de feminismo y huyen de nosotras.

Aquel chistecito, aquella maldita gracia, acabó llenándonos de deberes y lo peor de todo, acabó lanzando a muchas al calabozo de la soltería, o separación, crónica y aguda. Antiguamente los casamientos duraban para siempre. ¡Que maravilla!

¿Díganme por qué un sexo, el femenino, que tenía todo lo mejor, que sólo necesitaba ser frágil y dejarse querer y llevar por la vida, comenzó a competir con los machos? ¿A quién se le ocurrió? Miren el tamaño de su bíceps y miren después el nuestro, estaba muy claro, eso no podía funcionar eternamente.

Como jueguecito de unos años podía valer pero, a largo plazo, volvería la revolución femenina; ya está llegando.

No aguanto más estar obligada a la necesidad permanente de estar flaca, pero con pechos de diseño y culo durito. No quiero ir al gimnasio ni morirme de hambre. No quiero ponerme hidratantes, antiarrugas, ni beber agua a todas horas. No quiero luchar contra la vejez maquillándome impecablemente todas las mañanas desde la frente al escote, ni estar pendiente de las mechas, ni depender de la ropa, los zapatos y los accesorios, para estar presentable en esa reunión de trabajo tan importante.

Y mira que teníamos todo resuelto.

Estamos pagando el precio por querer estar siempre en forma, sin estrías, depiladas, sonrientes, perfumadas, uñas perfectas, sin hablar del currículum impecable, lleno de diplomas, doctorados y especialidades.

Nos volvimos “súper mujeres”, pero seguimos ganando menos que ellos y obedeciendo sus órdenes en la oficina.

¡¡¡BASTA!!!

Quiero que alguien me abra la puerta para que pueda pasar, que sujete la silla cuando me voy a sentar, que me mande flores. Quiero que un maridito llegue del trabajo, se siente en el sofá y me diga: Mi amor ¿me traes un güisqui, por favor? o... ¿Qué hay para cenar, cariño?

He descubierto, por puro sentido común, que es mucho mejor servirle una cenita casera que atragantarme en soledad con un sándwich y una cola light mientras termino el trabajo que me traje a casa.

¿Pensáis que estoy ironizando o que me quejo para hacerme la importante? No, mis queridas colegas, inteligentes, realizadas, liberadas y abandonadas ¡Tontas del trasero! Estoy hablando muy seriamente. Estoy abdicando de mi puesto de mujer moderna, no quiero que la sociedad me reclame para hacer proezas. ¡Sólo quiero ser mujer!

¿Alguna más se apunta?
 
Después de leer el original, que venía a decir más o menos lo dicho, lo comente con algunas de mis buenas amigas. Les remití mi escrito -este ya retocado- y me reí mucho con sus contestaciones. La mayoría, sí eran un poquito feministas, se metían conmigo y me ponían de chupa de dómine, con todo cariño, eso sí. Otras, se desternillaban de risa y esa risa me la contagiaron con sus escritos; estaban a favor de mandarlo todo a hacer puñetas y volver a casa a cuidar a los suyos, a hacer las camas y escuchar la radio mientras preparaban la lista de la compra.

Todas ellas un cielo pero una respuesta, llena de lógica y de sentido común me llegó planteándome algunos problemillas que se nos vienen encima. Era un jovencito, adulto él, meticuloso él, y agudo, muy agudo, hijo de una de mis amigas. Me decía:

Esa señora, o señorita, lleva toda la razón. Es un infierno que trabajen todas las mujeres, además no es natural (¿recuerdas lo de los bíceps?) y se carga todo el sistema. Por ejemplo, ahora van a promulgar una Ley por la que se obligará a los supermercados y grandes superficies a abrir los domingos porque durante la semana nadie puede hacer la compra.

Y esto es sólo el principio, algún día se darán cuenta los técnicos del gas, lavadoras, digital plus, telefónica, etc. que tienen que trabajar los fines de semana porque entre semana, de 9 a 20 horas, en las casas no hay nadie. Y se van a ir los pilares a paseo. Todo el mundo a trabajar de lunes a domingo. Taiwán, Hong Kong y pronto España.

Por no hablar de los problemas de un pobre bebé que con 4 meses tiene que ir a la guardería o, si es de alta cuna y los padres pueden pagarlo, estar todas las horas del día con una santa y necesitada peruana de metro cuarenta que le lleve al parque.

Esto es un desastre.

No sigo, sólo decir que las peruanas son muy majas y nada tengo contra ellas.

Yo tampoco sigo que todo ha quedado clarito, y si no les parece así, vuelvan a pensar en la crisis. Peor para ustedes.


 



 

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