Era una tarde de otoño. Todavía no hacía mucho frío, se podía pasear tranquilamente, sin sentir que las manos se te quedaban congeladas si no las metías en los bolsillos. Era un día perfecto para que dos amigas quedaran para tomar algo después de mucho tiempo sin tener la oportunidad de hacerlo. Habían quedado en Alonso Martínez, a medio camino de la casa de ambas, como solían hacer antes, cuando coincidían más a menudo.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se vieron, tenían muchas cosas que contarse. Una de ellas había rehecho su vida después de haber tenido que pasar por una de esas historias sentimentales sin mucho sentido, la otra, acababa de entrar en un problema del que nunca veía el fin. Quizás por eso quería hablar con su amiga de siempre, la de toda la vida, porque sentía que ella le podía ayudar, aunque sólo fuera escuchando y comprendiendo lo que estaba pasando. Se saludaron con alegría, se dieron un fuerte abrazo, se miraron a los ojos y ambas sintieron que todo seguía igual, a pesar de todo el tiempo que había pasado. La complicidad se mantenía intacta, seguían siendo buenas amigas a pesar de la distancia.

Se pusieron a caminar por las calles de Madrid y se contaron miles de cosas, asuntos intrascendentes, vivencias, anécdotas del día a día. La conversación seria era mejor dejarla para cuando llegaran a un bar, las cosas importantes sientan mejor con una buena jarra de cerveza fría entre las manos. Cuando ya se cansaron de pasear, mucho tiempo después, decidieron hacer una parada en una cafetería que les pillaba de paso. Habían caminado desde Alonso Martínez hasta Argüelles y hubieran seguido andando si no fuera porque ya había empezado a refrescar.

Eligieron ese lugar como pudieran haber elegido cualquier otro, eso sí, parecía un lugar íntimo y elegante, con cómodas mesas con sillones que invitaban a tomarse un café caliente y continuar con la conversación. El camarero les atendió nada más entrar muy amablemente. Ambas optaron por el café, la cerveza quedó relegada a una segunda cita con menos temas trascendentales de por medio. Un cortado, lo que siempre pedía la primera; y uno con leche en vaso, la opción favorita de la segunda. Las dos tenían en común su adicción al café, si era necesario, se lo inyectaban en vena, no sabían vivir sin él.

Ya habían hablado de todo menos de lo que querían hablar las dos, de eso que se llama amor, que cada uno se lo toma de una manera, que todos hemos sentido alguna vez, que unos quieren sentir y otros no, de lo que unos huyen y otros buscan desesperadamente, lo que a lo mejor mueve el mundo junto con el dinero, de esas cosas tan bonitas que a veces se convierten en un infierno si no sabes sentirlo ni disfrutarlo. Las dos se miraron, no sabía quién empezar. Finalmente, la primera amiga, mientras le echaba azúcar al su café y lo removía con su cuchara, decidió romper el fuego y preguntar:

- ¿No le has olvidado, verdad?

La segunda amiga, tras dar un trago de su café, sonrió ligeramente, agachó la cabeza y contestó:

- No, no he podido olvidarle.
- Es muy difícil dar carpetazo a una historia cuando se siente algo fuerte, intenso, rea, -añadió la primera amiga-, eso sí, como suele decirse -continuó-, el tiempo lo cura todo.
-Ya ha pasado mucho tiempo y sigo igual. Los días pasan, las semanas, los meses y todo se repite. La misma angustia, el mismo dolor, la misma pena, y a veces, cuando estoy de buenas, la misma ilusión.
- Eso es el amor, hay que aprender a aceptarlo. Intenta no pensarlo, ocupa tu tiempo, ve a clases de inglés, al gimnasio, haz punto de cruz, lo que te apetezca pero no te martirices, deja de pensarlo.
- No puedo, no desconecto. ¿Tú cómo lo hiciste?
- Te lo estoy diciendo, no pensando. Cuando volví de Bruselas intenté hacer mi vida, sólo hablo con él el día de su cumpleaños. Todavía se sorprende cuando le felicito cada año. El pobre no lo entiende, no me extraña. Yo me merecía este desenlace, no admití mis sentimientos. Tú no te lo mereces, eres valiente, pero la vida es así. Saldrás de ésta, con el tiempo.
- ¿Cuánto tiempo?
- No lo sé.
- ¿Le querías mucho?
- Sí, mucho y le querré toda la vida.
- ¿Toda la vida?
- Toda, entera. Siento desilusionarte, quizás no debería decírtelo. Siendo sincera, cuando quieres a alguien de verdad, con todo el alma, con el tiempo lo superas, con el tiempo haces tu vida, pero nunca olvidas, simplemente aprendes a quererle sin que te duela.

Con esta frase, se acabó la conversación. La primera amiga ya no tenía ganas de seguir hablando del tema, la segunda, sabía que lo que acababa de escuchar era cierto, por lo menos para las personas románticas como ellas dos. Ya estaba todo dicho, sólo quedaba llegar a casa y meditar. Pagaron y se fueron cada una a su casa. Antes de irse, la segunda amiga le dijo a la primera 'Si nunca estoy con él yo nunca le querré sin que me duela, eso no es amor'. '¿Ves como tú sabes querer mejor que yo?', respondió la primera, tú sigues enamorada, yo ya no. Y se marcharon sin más palabras, sólo con un adiós. Hay amores eternos, supongo que eso también lo he sentido yo.


 



 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep


Aviso legal | Política de privacidad | Condiciones del servicio | Home