- Así que un suicidio, tramas tu propio fin, quieres inventar tu muerte.
- Creo que sí.
- No andes con dudas en temas tan serios. ¿Cuántos años tienes?
- Veinte.
- ¿Qué lees? ¿Eres aficionado a la literatura?
- Nada. No leo.
- Soy fotógrafo. Una vez tuve un ayudante. Le hice la misma pregunta. Me dijo que no. Le dije: ahí tienes la puerta.
- ¿Por qué?
- La vida es literatura y la fotografía para mí no es más que la mirada de la vida, los ojos sinceros, la verdad frente al objetivo. Detesto las poses y los disfraces del rostro. Además, tengo un prejuicio: quien no lee no tiene inquietudes y quien no adquiere alarmas o no siente desasosiego en el espíritu, se estanca, y yo siempre he buscado el dinamismo, no un ayudante estable por una miseria de dinero, sino un tipo que me dejara tirado a la primera de cambio porque quisiera volar.
- ¿Por qué buscabas un ayudante?
- A aquello lo llamaban la mística de la droga, la cultura de la contracultura, toda eso de rechazar los valores sociales y los modos de vida estandarizados. Vivía la noche con intensidad, sometido a los peligros; me castigaba el cuerpo con todo lo que me hacía flotar, y volaba con la colaboración de los ácidos, de la heroína. Lo llamaban el paraíso artificial. Por las mañanas, me levantaba, y llegaba a sorprenderme de que estuviera vivo. No valía un céntimo. Etéreo en la madrugada, plomizo y pesado en la mañana. No atinaba a colocar el carrete, a ubicar los focos, me temblaba el pulso, no servía ni para equilibrar el trípode. De repente paraba las sesiones por las urgencias de los vómitos y la cabeza me daba vueltas. Parecía que estaba montado en una de esas atracciones de feria de velocidad y vértigo. Necesitaba un asistente que cubriera esa inutilidad fabricada en los excesos de la noche. Muchos amigos no lo pueden contar, porque reventaron, sufriendo como enfermos terminales, cadáveres prematuros, presas de la muerte temprana. Algunos no habían salido de las cuatro calles de Malasaña, apenas habían visto el mar un par de veces, ni siquiera habían dado un paseo por Europa. Praga, París, Berlín. Nada. No sabían ni quien era Dostoievski, ni Kafka, ni Stevenson, ni Oscar Wilde, ni Poe. No conocían más forma de placer que la droga y entretenían el tiempo buscando presas a las que llamaban amigos. Compartir ahuyentaba el sentimiento de culpa. Otros buscaban el mito, la heroicidad de la heroína y el arte. La pintura, los poemas, las fotografías, la música y las drogas. Casi todos cayeron olvidados en las garras de la dama negra, que era la expiración anticipada, la jodida muerte forzada. Otros formaron parte del mito, de la leyenda, pero se fueron demasiado pronto, y no evolucionaron, y siempre queda la pregunta de hasta donde podían haber llegado. Mi hermano tenía buen ojo y buen padrino para la fotografía, porque yo me he movido como animal en su medio por el mundo de los compradores y los interesados en las artes gráficas, pero carecía de interés y disciplina, y no vacilaba ante las tentaciones de la droga, y la muerte que es una señora con las ideas claras, ajena a dudas y divagaciones, se lo llevó a la jodida nada. En el funeral de mi hermano recapacité como nunca antes lo había hecho y lo entendí todo. La ausencia era neta y sincera lástima, y su vida habían sido los camellos, la ansiedad, los viajes alucinantes y el duro regreso a las estación realidad. Y había sido poco más, porque murió a los veinte años, con un rostro de cuarenta, las venas destrozadas y el hígado apto para la Facultad de Medicina. Aquel día su novia se quería morir. A los dos días estaba llamando a la puerta de Federico el Caracas. La tengo buena, a ti te paso lo mejor. Calidad y bien rica, chamita. Al salir del cementerio, tenía intenciones claras de quitarme de en medio, al menos por una temporada, alejarme del drama y su entorno, aquella banda de toxicómanos y sus débiles voluntades, y sus paranoias, y su arte, o su ignorancia, y sus miradas vacías. Tomé el primer vuelo a París. Pedí ventanilla y pensé, contemplando desde las alturas, que cada uno de nosotros con su miseria y su grandeza, era como una partícula ínfima perdida entre las latitudes del mundo, algo con sus montañas, sus ciudades y sus desiertos que iba a seguir ahí, mientras los hombres caeríamos uno tras uno, sometidos a enfermedades y azares, y vendrían otros a asumir el ciclo de la vida, y contemplar las maravillas de la tierra y de los mares, que por aquí habrá miseria e injusticia, pero yo que he viajado, te aseguro que no estamos exentos de belleza, y hay cosas tan impresionantes y tan increíbles que merece la pena vivir para su contemplación. Sabemos de la existencia del planeta que habitamos, y lo demás son tinieblas con grandes posibilidades de desembocar en el vacío. La nada. Pero el mundo, el mundo es sublime. Mi hermano se fue al vacío o donde quiera ese Dios del que hablan sin haber montado en un jodido avión, sin haber puesto un pie más allá de las fronteras del país, y sin inquietud por navegar por el Mediterráneo, hacia Sicilia. Yo le ofrecí ese viaje. Estaban mis ánimos mejorados y mi consumo atenuado, cuando le dije: Pablo, te vas a venir conmigo a Palermo, a Catania, a Taormina, y vas a empezar a resurgir; necesitas conocer mundo, saber que existe otra gente que vive de otra forma, en otro lugar, y tiene otro carácter, que la vida no acaba en los cinco bares que son tu perdición, en los camellos y en los viajes de las drogas. Me dijo que estaba cómodo en Madrid, y tenía control de sus problemas, que sus adicciones no eran tales, sino consumos bajo control y equilibrio; la armonía de la droga, hermano. Cuando llegué a París, tomé un taxi a precio de esmeraldas, y fui a Rue du Rivoli. Visité a una antigua compañera, Alicia, que se había instalado allí, en territorio francés. Vivía en un pequeño apartamento, muy místico, muy oriental, con muchas velas aromáticas, y muchas cortinas de seda, y muchos cojines por el suelo de mármol. Había un aura de calma, una serenidad que hacía tiempo, no sentía, y ella no solo formaba parte sino que era la protagonista de la escena de sosiego, un rostro reposado con conciencia de haber encontrado su sitio, una mirada tribal y pacífica, amistosa, dos ojos del color verde de las aguas paradas de los estanques, con sus nenúfares y sus hojas muertas. No chico, no soy poeta, pero aquello era poesía. Fuimos a cenar a la zona de Sacré Coeur. Tenía tanta conversación aquella mujer, y me sentía tan relajado que deseaba con vehemencia acostarme con ella. Una agradable velada y los ardores satisfechos. Me transmitía la conversación del día anterior con su padre, sobre Mayo del 68. Los burócratas poderosos siempre han detestado esa fecha. Los norteamericanos, pues por aquellos días los jóvenes se rebelaban contra el horror bélico de Vietnam. Odiado por los estalinistas, que fueron con arrojo y violencia a destrozar y desarticular la Primavera de Praga. Repudiado por los franquistas, pues brotaron de muchos rincones, anhelos de libertad, y la gente corría veloz, y ni siquiera habían sido conscientes hasta ese día de sus notables condiciones atléticas. Luego llegó la ferocidad de las fuerzas del orden. Barrio Latino de París, estado de sitio. Sangre, violencia. Y luego brotó todo eso de la igualdad de géneros, de la libertad, del arte sin censura, y parece que muchos, sobre todo, los políticos, estuvieron allí, con las medallas de los cardenales, de los ocho puntos de sutura en la frente, y con el recuerdo de la primavera y resplandor en Montmartre. Luego bajamos la escalinata de la Iglesia de Sacré Couer, y contemplamos las luces de la ciudad desde el mirador. En silencio, como repasando lo que había pasado en nuestras vidas hasta ese momento que París acogía. Creo que los dos pensamos que las dificultades de la vida se compensaban con esos momentos, que estábamos de paso ante las miradas impertérritas de las ciudades, que siempre seguirían ahí, y lo principal era eso, que el paso de los siglos con sus calamidades, sus apogeos y sus decadencias, había dado lugar a la existencia de las maravillas, y nosotros teníamos el gozo de su disfrute. Las joyas arquitectónicas, las piedras de la calle, la bohemia de los barrios, las tabernas, los viejos libros y sus mensajes entre líneas. Aquello que pensé en el avión. Ella dijo algo similar: estamos de paso, pero vaya paisaje. Tomamos un par de copas por Rue du Montergueil, y nos besamos bajo esa luna de París, que nos recordaba a Poe y Los crímenes de la Rue Morgue, o a Oscar Wilde sufriendo por el amor de ese patán, Bosie, que arruinó su vida y contribuyó al mito. Luego le dije que mi hermano había muerto y ella me miró con una ternura comedida, que es la que me hace sentir bien, y con leve sorpresa. Es lo que tienen ese tipo de juegos, pobre chico, se limitó a decir. El día siguiente lo dediqué a hacer fotografías. Jardin des Tulleries, Louvre, Notre-Dame, Pigalle. Las mujeres de las boinas y los labios rojos, los niños y sus saltos, los viejos y sus miradas vidriosas ancladas en la nostalgia, que es una melancolía envuelta en brumas, las putas de Pigalle y sus abrigos de piel, y sus gargantillas de brillos falsos, y sus faldas de cuero negro, y sus rostros descarados y avarientos. A propósito, me acosté con Alicia, pero no esperes que te cuente los detalles. Bueno, creo que llega la hora de que me presente. Soy Pancho Abril. Imagino que te resultará un poco extraño. Por un lado, un nombre de cantinero mexicano, o si lo prefieres de revolucionario, ese Pancho Villa que se unió a un tal Madero para luchar contra la dictadura de Porfirio Díaz, y era un tipo hábil para la guerra, que se hizo con los fuerzas de los campesinos para crear un ejército en el norte de México y llevar a cabo la famosa revolución. O tal vez también de narcotraficante, o de cantante de rancheras, o puede que incluso de proxeneta, o al menos de aficionado al proxenetismo. Y por otra parte, un apellido que te evocará la imagen de una actriz de cine, el mes de las lluvias, los inicios de la primavera, o quizás la revolución de los claveles, cuando en aquella madrugada del 25 de abril de 1974 en radio Renascensa, sonaba la preciosa canción de José Alfonso, Grandola vila morena, Terra da fraternidade..., y se iniciaba la revolución frente a la feroz dictadura establecida desde 1926, brotando otro más de los múltiples movimientos de huelgas y luchas obreras que el mundo ha acogido. El pueblo en la calle abriendo nuevos horizontes. La primera parte es rotunda, la segunda es suave, sutil. Tal vez no tenga equilibrio, pero a veces la armonía puede ser un lastre de por vida, o si no, mira como ejemplo. Jesús de Dios. Rosa Clavel. Isidro Labrador. Alba del Sol. Yo prefiero llamarme Pancho Abril. Y también prefiero que la gente viva. Volvamos a París. Una ciudad vanidosa; bella y arrogante en proporciones similares, con las muchachas de los labios rojos, y los poetas cabizbajos en los bares de Rue du Montergueil, porque en París hay poetas solitarios, aunque estén envueltos en el mundo del mito. Evocan mis ojos un atardecer en Montmartre, los pintores y sus caballetes, el nítido destello deslumbrante, la hora del resplandor en las flores, en la hierba del edén. París, la gran dama impertérrita, espectadora de la lucha de clases, la duquesa soberbia que sabe que todos la miran con admiración. Y se siente tan amada que a todos nos desprecia, minúsculos ante su grandeza. Luego decidí darme unos paseos por Europa. En Londres, los viejos bebían ausentes tras las cristaleras de los pubs, que ha de ser algo muy británico, aparte de un hábito de los que contemplan las imágenes difuminadas en la memoria. La gente caminaba como sin rumbo sobre las calles plomizas acogidos por un cielo que siempre fue gris durante mi estancia. También fue el paisaje blanco de la nieve, desde las alturas. Londres, con sus horas efímeras de luz y sus noches tempranas, como amores sin brillo, crueles de tanta sinceridad y verdad, pero indiferentes a los afectos de la luz, de los brillos de los ojos. Disculpa, me pongo muy poético, cuando recuerdo mis viajes. Londres, la ficción de los amores agotados. Londres, la pasarela de las razas donde Oriente y Occidente confluyen y se miran a los ojos. Londres, las calles y los recovecos grotescos del dramatismo asistido por Jack el Destripador. Londres, el misterio oscuro de las miradas del Rajastán en una esquina de Wembley. En Praga, la hermosura es excelsa, como la modelo Eva Herzigova, a la que descubrí caminando por Malá Strana. Vaya muchacha, uno retrocede la pistola, o la soga, cuando ve tal espectáculo de la naturaleza, pero la realidad es que la belleza de los humanos alguna día será marchita y la de las ciudades se modela con el paso de los siglos. Praga es belleza por el transcurrir del tiempo, de las culturas, y por su mezcla renacentista, medieval, gótica, con sus maravillosas fachadas y los adornos rococó. El tímido sol alegra el panorama, mientras la nieve y la lluvia dramatizan y otorgan heroicidad a la ciudad depresiva de Kafka. Deberías leerle. Es uno de los grandes. Es un referente en estado puro. El entorno se rodea de misterio, de un aire de otra época, casi fantasmal, y las lúgubres iglesias parecen las moradas de los muertos espiando al vida de los vivos. Sicilia es una metáfora de la vida, el retorno de los templos griegos, de las ruinas romanas, el volcán Etna, que es la vida y la muerte. El mar, la llanura, los olivares, la sierra. Los pueblos quemados de El Padrino, las muchachas de buena naturaleza y sus escotes y las fachadas de los balcones desde donde se asoman. Sicilia y las mujeres de luto. Sicilia y la Virgen. La isla de los cíclopes homéricos, la patria de Arquímedes, la cárcel de Platón. Sicilia es la decadente, la horrible, la atroz, la desoladora, la fascinante Palermo y sus callejuelas grises. Sicilia, mi quimera realizada en un balcón de Taormina. Sicilia, el corazón del Mediterráneo. El mundo es sublime muchacho. No quiero dejar de verte ese brillo en los ojos. Esos destellos están por vivir.





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