• LA VOZ DEL DECADENTISMO ITALIANO


    “Mujeres pálidas, marchitas, devastadas,
    ardidas en el fuego amoroso
    hasta lo más profundo de sí mismas,
    consumido el rostro ardiente,
    con la nariz agitada por el impulso
    de inquietas aletas, con los labios abiertos
    como yendo hacia las palabras pronunciadas,
    con los párpados lívidos
    como las corolas de las violetas.
    Y todavía han existido otras y,
    maravillosamente, yo las he conocido.”
    Gabriele D’Annunzio

  • Gabriele D’Annunzio

D’Annunzio es el máximo exponente del decadentismo en Italia, caracterizado por sus aspectos más estetizantes y aristocráticos tanto en la obra como en la vida, despreciaba la vulgaridad en todas sus manifestaciones. Durante el fascismo llegó a ser considerado un héroe. Tuvo una vida muy agitada: frecuentó los salones literarios y la aristocracia romana, vivió numerosos y turbulentos amores (entre ellos con la mítica actriz Eleonora Duse) y una vida aventurera (naufragó en el mar Adriático y perdió un ojo en un incidente aéreo). Sirvió durante la primera guerra mundial en el ejército, la marina y la aviación, y voló sobre Viena para arrojar propaganda impresa contra los imperios centrales. Después de la contienda se hizo paladín de los deseos nacionalistas y patrióticos italianos de anexión de Fiume, y en 1919 ocupó la ciudad con su arditi y se mantuvo en ella hasta 1921, en que el propio Gobierno italiano le obligó a abandonarla. Más tarde, cuando Italia logró esta aspiración, fue nombrado príncipe de Monterroso. D’Annunzio se retiró a una villa en el Lago de Garda que convirtió en una especie de museo, atestado de objetos de arte y curiosidades, que llamó “El victorial de los italianos”, y que en la actualidad es lugar de visita.

Gaetano Rapagnetta, verdadero nombre del poeta, nacido en Pescara, el 12 de marzo de 1863 y fallecido en su villa del Lago de Garda, el 1 de marzo de 1938, de ruidosa y mil veces combatida o ensalzada celebridad, es una de las más conocidas figuras de la literatura contemporánea e, indudablemente, a pesar de ciertos desprecios y olvidos de última hora, uno de los más vibrantes e inspirados poetas de la Italia contemporánea. En el fondo quizá pueda decirse que no es otra cosa, escriba poesías, novelas o dramas, en italiano y aun en francés. Desde que en 1882 publicó Canto nuevo, quedó clasificado como tal; pero a esta reputación correspondió él de modo bastante desigual, variable, siguiendo hoy un rumbo y otro mañana, con el gran escándalo del breve libro sensualísimo Intermezzo di rime (1884).

Gabriele D’Annunzio, hijo de una familia burguesa, fue educado en un prestigioso colegio e ingresó en la Universidad de Roma para estudiar Filosofía y Letras, carrera que no terminó. En 1883 se casó con Maria Hardouin di Gallese, de la que separó diez años después. En 1897 fue elegido miembro de la Cámara de los Diputados, teniendo que dimitir. Después de dilapidar su fortuna, tuvo que trasladarse a Francia para huir de sus numerosos acreedores. En 1937 se le nombró presidente de la Real Academia italiana. 

Como escritor fue realmente precoz ya que publicó su primer libro de poesía Primo vere (1879), a los dieciséis años. Se trata de una poesía de gran belleza interesada en las sensaciones y en lo decadente, con semejanzas a lo que en España supuso el Modernismo, de especial virtuosismo técnico y musicalidad. Seguidamente publicó Canto nuevo (1882), Elegías romanas (1892), Poesías (1896), Laudas del Cielo, del Mar, de la Tierra y de los Héroes (1903), compuesta en principio por tres libros, Maia, Electra, Alción, para muchos la obra maestra de la lírica d’annunziana, una poesía completamente decadente, compuesta únicamente por atmósfera y sensaciones, sin construcción, y a la que luego decide añadir un cuarto libro, Merope (1912), y Nocturno (1921). Su narrativa se caracteriza por el mismo preciosismo formal, aun teniendo en cuenta sus comienzos naturalistas. Sus principales novelas son: El placer (1889), Las vírgenes de las rocas (1895), El triunfo de la muerte (1894), El fuego (1900), Quizá sí, quizá no (1910); y como dramaturgo es autor de La ciudad muerta (1897), La Gioconda (1899), La gloria (1899), Francesca da Rimini (1901), La hija de Jorio (1904), La nave (1907) y Fedra (1909). 

La obra de D’Annunzio tuvo una enorme repercusión en la literatura italiana e internacional y se caracteriza por el preciosismo y la perfección formal.

Y como dijo el poeta italiano: “Yo quiero coronarte de albas rosas / para que así, transfigurada, cantes / la divina Alegría, la Alegría, / la Alegría, magnífica, invencible!”





 

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