A lo largo de mi vida siempre he pensado que cuando deseas algo con todas tus fuerzas, finalmente se hace realidad. Es como si una fuerza que surge de nuestro interior nos ayudara a que finalmente alcancemos lo que añoramos. Pero no se pueden hacer trampas, sólo funciona cuando realmente deseas que algo se cumpla, cuando sientes (que no sólo piensas) que, sin ese deseo hecho realidad, tu vida cambiaría de sentido.

Es algo que nace de nuestro interior, de nosotros mismos, que hace que no te imagines que tal vez aquello que anhelas quizás nunca llegue a suceder. Esa posibilidad, que nos quedemos con ganas de alcanzar la cima, no entra dentro de nuestros planes, los supera. Aquello que, cuando por un segundo, sin embargo, piensas con la cabeza y no con el corazón (cosa que yo no acostumbro a hacer, he de reconocer), hace que sintamos miedo porque realmente, en esa décima de segundo, reconocemos que alcanzar ese fin es algo prácticamente imposible. Claro está, cuando deseas tanto una cosa, suele coincidir con el hecho de que se trata de algo bastante complicado de conseguir. Esa posibilidad, la de que no se cumpla, con sólo pasearse por tu cabeza, hace que se te pongan los pelos de punta y que tu corazón sea invadido por la angustia y la tristeza.

Esa sensación de desasosiego suele desaparecer al instante, en mi caso normalmente porque confío mucho en ese sentimiento al que llaman Esperanza, la última que se pierde y a la que me aferro cuando estoy al borde del precipicio. Siempre va conmigo, sin embargo, no es el sentimiento que me ayuda en el caso que antes mencionaba, es otra cosa, algo inexplicable, absurdo quizás… pero puedo afirmar, no obstante, que siempre que he deseado algo con todas mis fuerzas, al final, tarde o temprano, se ha cumplido.

La Primera vez que me sucedió esto que os intento explicar (creo que en vano, a juzgar por las discrepancias que ha generado el tema en la mente nada soñadora de mi amiga Sara) era todavía muy joven, aún estudiaba en el instituto. Desde que la rana Gustavo, el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo, hacía mucho más amenas mis tardes infantiles, siempre quise dedicar mi futuro profesional al mundo del periodismo. La barrera a derribar, 6,70, la nota de corte. Más allá de esa cifra, no había nada. Ni se me pasaba por la cabeza no poder alcanzarla. Recuerdo que cuando me presenté al examen de selectividad no estaba nada nerviosa. Había estudiado todos los días hasta el alba, aunque coleaba en muchos aspectos realmente. Podría haber tenido mala suerte y que me hubiera caído alguno de esos temas. No fue así y sabía que no podía ser, porque esa fuerza interna me decía que iba a alcanzar mi objetivo. Y así fue. Con el tiempo me di cuenta de que mi verdadera vocación no estaba detrás de un micrófono o rellenando las páginas de sucesos de un periódico, pero esa es otra historia que contaré en otro momento. Lo que importa ahora es lo que yo sentía por aquel entonces. Quizás éste no sea el mejor ejemplo que pueda poner para expresar esto que os cuento, pero para hacerlo tendría que desenmascarar todas mis cartas y, aunque no lo parezca a veces, me reservo muchas cosas que no soy capaz de regalar ni a mis adoradas letras…

Siguiendo con el tema que nos ocupa, desde que logré mi objetivo universitario hasta ahora me ha sucedido lo mismo. Si lo siento de verdad, con el corazón, cuando el desearlo propiamente hasta me duele, he conseguido alcanzarlo. De hecho, con el tiempo, a veces el sentimiento de deseo ha disminuido y de un año para otro, algo que he querido con toda el alma y que lo he logrado, al año siguiente, aun queriendo que se repitiera el hecho en sí, pero con menos ansias, no se ha repetido. Ya sólo lo quería, no lo deseaba. Por eso digo que, a veces, hay que dejar que actúe el destino, el angelito de la guarda, mi adorada esperanza incluso, o aquél en el que cada uno crea. Sinceramente pienso que de algo sirve el querer algo con todas tus fuerzas, hasta que te duela el alma.


 



 

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