En un programa de televisión local, La Razón de la Audiencia, pasan al plató la llamada telefónica de un jubilado que rememora y evoca la figura del dictador, el cual sería, a juzgar por sus palabras, magnífico artífice para labores de limpieza en la sociedad española.

- Fuera maleantes y maricones... A tomar por culo el botellón... Qué aquí no se puede vivir... Nos están invadiendo de otros países, y aquí no cabemos coño... Este país es una vergüenza... Los jóvenes, borrachos por la calle, los maricones metiendo mano en las esquinas, los extranjeros trabajando como chulos de putas... Jodidos proxenetas... Los drogadictos pinchándose por las esquinas... Esto es la escoria del mundo... Aquí, o vuelve la ultraderecha o vamos abocados al libertinaje y a una sociedad de basura que no la salva ni Dios.

En el programa Trapos Sucios –que bien podía ir acompañado de las palabras dinero, teatro, ansiedad, lágrimas y rabia, salvo que sería demasiado largo-, de Tele-Cuore, una mujer y su ex-marido se dicen de todo en el escenario de las miradas ávidas y atónitas. Se habla de malos tratos, homosexualidad, infidelidad consentida, cocaína, hijos, pagarés, exclusivas en las revistas, impotencia y complejos de inferioridad.

En Reporteros Intrépidos, se habla de la sierra de Sinaloa, feudo de un potente cártel de narcotraficantes, donde el ejército mexicano de vez en cuando entra para arduas y lentas labores de desarticulación. Y uno ve el miedo, la alarma y la desesperación en las ojeras de un militar que al principio mira el objetivo de la cámara con notables recelos. Aparece al instante la imagen de un tipo y su testimonio como vecino de Culiacán bien relacionado con el hampa. El hombre viene a decir que morir violentamente es morir de muerte natural en Sinaloa, donde los sicarios matan esencialmente por tres motivos. Si no pagas, adiós güey. En las operaciones de tráfico de drogas hay lana por medio, y ha de verla el acreedor, porque si no, uno se va a ver a Dios. Otra muerte son las represalias contra la mafia. Te chingan. A cuchillo, o a balazos. Parece que uno va buscando el suicidio, cuando le da por desacatar ordenes o muestra rebeldía ante los mafiosos. Los patrones, hermano. Un respeto a la mafia, compadre. Si no, ya sabe, con los angelitos. Y por último, que no te pillen chingando con la mujer equivocada, porque no vuelves a chingar en tu vida.

A continuación se habla de los famosos narcorridos cantando a la muerte y a la violencia, y de unos talleres literarios donde casi todos los alumnos escriben únicamente del narcotráfico y todas sus derivaciones.

En La Vida en la Calle, aparece la imagen de un hombre pidiendo limosna, un tipo enjuto de rostro gris, ojos extraviados y dientes negros, que parece llorar en silencio. A su lado, en un cartel se puede leer: UNA AYUDA PARA COMER. POR EL AMOR DE DIOS, NO TENGO TRABAJO. CARIDAD CON EL HAMBRIENTO.

El mendigo resultó ser un emigrante al que no le fue demasiado mal en un principio, pero todo se truncó cuando su mujer le dejó por un alemán rubio y fornido. Y empezó a beber grandes cantidades de alcohol, y su capacidad de trabajo quedó resentida de forma notoria, por lo cual le botaron de una empresa de fármacos. Regresa a España con los bolsillos vacíos, alcoholizado y triste como un animal abandonado. Entonces buscó la compañía de los cartones de vino y un perro de la calle, y trató de olvidar desde la miseria.

En el Canal Sucesos se cuenta la historia de Castañar el Negro. El tipo habla desde el patio de la prisión de Topas. Viene a decir que en la vida lo imprescindible es llegar. Más allá del bien o del mal, la consecución de la meta es el objetivo. La moral es el arma de los fracasados y el bien, un simple tranquilizador de la conciencia. Pero lo que hay que hacer es liberar la conciencia, tener cojones para quitarle toda esa mierda del bien y de la honestidad, y volar, volar alto sin sobrecarga de equipaje en la mente.

- Ten en cuenta –dice el Negro- que yo soy ateo, y por tanto, a mí el infierno me la trae floja. Si hay que corromperse el jodido alma para estar ahí, con el bolsillo lleno y el objetivo logrado, así será.

En la siguiente secuencia se cuenta que a los dos días de poner los pies en la calle, tras recuperar la libertad, le estaban matando a navajazos en la calle Desengaño. La cámara capta la imagen y las palabras de un transeúnte, sabedor de la vida de la víctima.

- Pobre diablo, ahora metido en un ataúd, con esa cara sumisa de los muertos. Ya ves, la soberbia se queda en nada. Nada. Cero. Muerte. Con respecto a los asesinos, pues que le voy a decir, esos tenían mala sangre, y tal vez haya algo de maldad y agresividad en la genética, pero debió ser que a estos indeseables la sangre se les fue calentado con los años, al tiempo que se les iba pudriendo el espíritu, si es que alguna vez lo tuvieron. Se la tenían jurada.

En Extraños en la Noche, el periodista Lalo Márquez tiene frente a sí a Rigoberto de Avellaneda, un noble peculiar, decadente y misterioso, como el mismo se define. El whisky le va liberando la lengua, que ya de por sí, siempre fue esquiva en la corrección y aparece su maestría en el arte de contar historias, su extraña manera de reflexionar, la confesión de que es el borrachín, la vergüenza y el lamento de su familia, aparte de un escritor golfo, deslenguado, juerguista, degenerado y astuto como un lince. A todo esto, ha ido al programa a presentar su libro, Experiencias Vitales desde el Deseo.

- La idea nace una vez satisfecho el goce carnal en un burdel de París, en Bastille, cuando miro el sol y decido aprovechar su calidez otoñal en un banco al que se acercan las palomas, que yo alimento con maíz. A continuación me asiste la imperiosa necesidad de beber una botella de vino en un bar de Rue du Montergueil e inventar vidas a los viandantes que contemplo desde la amplia cristalera. En la fase vespertina del día veo a unos niños saltando en la acera, y yo salto con ellos, salto alto como un demente feliz regresado a la infancia. Las criaturas me sonríen y les doy un caramelo. Un rato después siento la emoción de releer De Profundis, de Oscar Wilde, y me siento cautivo del placer y la amargura. Fantástica literatura. Tristes palabras. En mi habitación del hotel Pullitzer Opera recibo una ráfaga de luz interior que agiliza mi mano y la pluma que sostiene. Voy a escribir todo aquello que emane de la búsqueda del deseo, de las pretensiones desde la intimidad. Hacer el amor con una prostituta oriental de veintidós años, la evocación de la espontaneidad infantil... Y serán... Serán las Experiencias Vitales desde el Deseo.

En el mismo programa, un tipo sin oficio, beneficio ni identidad conocida, habla en esta dirección:

- Lalo, ya te lo dije... Tú, te dedicas a pensar... Estás ahí, como un zorro, mirando al que está frente a ti, como si fuera la primera contemplación de tu vida... Pues no pienses tanto, que te puede dar una crisis en el cerebro... Yo conocí uno, Perico el Ojos, que se pasaba la vida mirando, embobado delante de un pájaro, del tronco de un árbol, de una cucaracha, de un viejo... Sí, le gustaba mucho mirar a los viejos. No sé que se cocería en su cabeza, pero nada bueno. Una mañana dejó de pensar. Dicen que se le reventó la cabeza por dentro. Coño, tenía tantas cosas ahí metidas, que ya no cabían... Y allí me fui yo al velatorio, y el tío con los ojos abiertos como platos seguía mirando a la gente desde la caja de pino. Por eso te digo que la cabeza ligerita.

Cuando el hombre ha visto ya toda esta sesión de imágenes piensa en las variables infinitas de que ofrecen los sueños, en las absurdas posibilidades que puede acoger nuestro subconsciente y en la extraña conexión de todas las escenas que se mueven a su libre albedrío por los amplios paisajes de la mente.

Cierra los ojos.

De repente aparece un hombre de unos setenta años con bigote franquista portando una pancarta de nostalgia fascista. El contenido es un tanto disparatado, pero es ésta la bola que eligió el subconsciente. CAUDILLO, TE AMAMOS. MIRA A VER SI PUEDES ECHAR UNA MANO DESDE TU PEDESTAL EN EL CIELO, QUE AQUÍ EL PATIO ESTÁ MUY REVUELTO. ARRIBA ESPAÑA.

De pronto se cruza con el tipo que participó en Trapos Sucios y ambos se abrazan. Aún quedamos algunos románticos, pocos, pero fieles, le dice el melancólico del régimen.

- Eres la leche, Fermín... A tu edad, y aún luchando por tus ideales, con esas palabras tan cojonudas, y tan llenas de verdad, y tan honorables.

La imagen se difumina y aparece un mendigo postrado en mitad de una calle peatonal, que parece Preciados. Se le acerca una mujer rubia, que bien podía ser alemana –tiene el pelo muy rubio, los ojos azul turquesa, y los pómulos y los labios parecen modelados por las manos de un cirujano-, y le mira con una compasión hiriente. Sí, aquí estoy, con los pantalones meados y hecho una piltrafa, parece decirle el otro con la mirada humillada. Un tipo con aspecto físico similar al de Quevedo, que no es otro que Rigoberto de Avellaneda observa la escena y toma notas en su cuaderno mientras bebe una copa de vino blanco. A su lado, una mujer joven, bonita, de rasgos orientales abre un periódico, y sus ojos asiáticos encuentran el siguiente titular de la sección internacional: El ejército mexicano penetra en la sierra de Sinaloa.

Luego aparece la imagen de Castañar el Negro, resucitado, con mejora en la imagen. Pulcritud en el rostro, esmero en la barba recortada y la nota intelectual en las gafas redondas que sostiene mientras habla y anda entre las mesas de un aula universitaria. Escribir relatos es como aislarse del mundo, reinventarse a sí mismo, inventando desde la intimidad, y dejar volar la imaginación. Tendrán ustedes buen criterio si piensan que han de coexistir trabajo e inspiración. Cuando las fuentes de creación estén bajas, debemos potenciar el esfuerzo, y los recursos de la voluntad no arrastrarán hacia una imaginación y pensamiento más fluidos.

El discurso se va perdiendo en una nebulosa que atrapa al durmiente, y al poco tiempo aparecen unos comentarios acerca de la obsesión de muchos adolescentes por la muerte. Hasta les da por escribir sobre el suicidio. Si tienen la prudencia de no volarse la tapa de los sesos, seguirán creciendo sometidos a la inercia del ciclo de la vida, y mirarán hacia atrás, releerán sus escritos, los compararán con los actuales y se sorprenderán de la evolución. Y sobre todo, vivirán.

Hay un tipo sentado al final del aula, que bosteza de manera considerable. Decide abandonar.

Ya, en la calle, habla consigo mismo.

- Yo, feliz con mi pereza de espíritu. A mí lo de pensar me sienta fatal. Pensad vosotros, que para mi vivir ya es un esfuerzo.





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