Veo las imágenes del atentado múltiple en Bombay y recuerdo, entre retemblores, las del once de marzo en Madrid y, agudizándose mi desasosiego, escudriño en Internet y busco un reportaje fotográfico que por las ondas, ha circulado recientemente.

Es una colección de fotografías, más de treinta, que guardé por su belleza y por lo perfectas que resultaban las tomas. Milagritos del photoshop, supongo.

Estas últimas, las que componen la colección recuperada al fin en mi ordenador, se hicieron también tras un atentado, el ocurrido el 11 de septiembre en Manhattan. Las torres se presentaban en instantáneas tomadas desde cada uno de los puntos imaginados y posibles del espacio.

Aparecen las torres y el barrio al completo. La isla y sus habitantes, algunos cayendo al vacío desde los edificios. Polvo y humo. Ceguera y destellos aterradores. Cada cosa con su contraria. Vivos corrían muchos y, muertos, yacían otros tantos. Era el terror, como el terror era Atocha, la estación del Pozo, Bombay y tantos otros lugares que, con poco esfuerzo, podría ahora recordar.

A eso nadie puede escapar. Bueno sí, muchos consiguen sobrevivir, pero me refería a la escapatoria, lotería al fin, a un hecho imprevisible y sanguinario, a la acción de unos dementes que, en el nombre de una religión mal entendida, atrofian a sus mujeres y matan mientras invaden el mundo occidental.

¿Hay alguna invasión más organizada que aquella que se hace pacíficamente, incluso en pateras, enarbolando la bandera del hambre pasada y la legítima necesidad de trabajar? ¿Hay alguien que diga que no son merecedores de los mismos derechos de los que disfrutamos los occidentales? ¿Hay quien sea capaz de negarles la atención sanitaria o un puesto de trabajo, o una silla en la escuela, o un piso que al hijo de algún occidental la vendría muy bien? ¿Puede alguien negarles los subsidios de desempleo, aún sabiendo que quizá no cobremos nuestras pensiones, es decir, nuestros ahorros de toda la vida?

Pero, con perdón, claudicar a todo eso es aceptar la “alianza de las civilizaciones” y afirmar lo contrario o, simplemente, poner algo de lo dicho en duda en cuanto a su lógica o a su legalidad, es xenofobia, es racismo. Y yo no digo que no lo sea pero tender la mano a la sombra de la “alianza de civilizaciones”, a esos cerdos asesinos que matan donde y cuando quieren mediante atentados cada vez más perfectos en su ejecución y siempre con cientos de muertos, es una aberración. ¿Recuerdan aquello de justos por pecadores? Pues tal vez sí.

¿Cuántos árabes, moros, asesinos o no, paisanos suyos, llegan a occidente cada año? Multiplique y sabrá a que cifra llegaremos dentro de quince o veinte años. Eso sí es una invasión. Eso sí es adueñarse de los territorios. Me río de Al-Andalus y de los siete siglos de moros en España. Chiquito quedará el pasado.

Pero no es a eso a lo que yo quería llegar. Estas líneas eran para otra cosa. Pretendía recordar a todas y cada una de las victimas en atentado y especialmente hoy, a las victimas de los islamistas, que son muchas y poner, una vez más, legítimamente, a la alianza de civilizaciones, en un remoto lugar en el que caben infinitas dudas.


 



 

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