|

|
La voz de "Arena y Cal"
LOS
BUENOS Y LOS MALOS
por
Alfonso Estudillo
|
El mundo, este viejo cacharro sin frenos al que vamos subidos individuos -e
individuas- de toda clase y catadura en su cuasi eterno viaje sin fin hacia no
se sabe dónde, siempre ha estado dividido en dos tipos o
denominaciones conceptuales, "buenos" y "malos",
que nos define o identifica desde nuestras propias perspectivas
morales, éticas e ideológicas. En el primer plano, naturalmente, y
cuando los enjuiciados somos nosotros mismos, gente de nuestro entorno
social o familiar o amigos que participan de nuestras costumbres,
creencias y filosofías, no tiene cabida nada más que el concepto
"bueno" aplicado al "yo" y al
"nosotros", porque, lógicamente, nosotros somos siempre
"los buenos". Y en la otra parte están ellos, los
otros, todos los demás, o sea, "los
malos".
Ya desde
los tiempos de las cavernas, cuando los primeros homínidos comenzaron
a darse cuenta de que formando clanes o grupos se defendían mejor de
los peligros del entorno y solucionaban con más eficacia las
necesidades diarias, aunque todavía no usaban taparrabos ni sentían
nada que les acuciara a tapar sus partes pudendas, ya tenían plena
conciencia de que todo individuo que no estuviera entre los conocidos
integrantes de la comunidad no era más que un seguro enemigo que
intentaría quitarles el sustento cazado aquella mañana, arriarles
trancazos hasta defenestrarlos y quedarse con territorios de caza y
las hembras del grupo. Todos los que estuvieran fuera -no cabía más
lógica- eran los "malos".
Los
"buenos", cosa que se nos inculcó y se nos dejó bien claro
en nuestros tiempos de chaval a los que nacimos en la España "Una
Grande y Libre" de Franco, eran, por ejemplo, los cruzados, caballeros y nobles
medievales que, desde el siglo VIII, guerrearon contra los moros en lo que la
Historia conoce como Reconquista (la calificación de cruzada
era otorgada por el Papa, como en la batalla de las Navas de Tolosa,
1212, o en su episodio final, la Guerra de Granada, 1482-1492). En
realidad, las Cruzadas más conocidas -por su amplia historiografía y
por haber sido llevadas al cine o noveladas, incluso en cómics- son la Orientales, que suponía una unión de
nobles y soberanos bajo la dirección de los
Papas. Los cruzados, después de pronunciar un voto solemne, recibía una cruz de manos del Papa o de su
delegado y eran considerados soldados de la Iglesia.
O sea, que más "buenos", imposible. Pero donde más nos
identificábamos la chavalería de entonces con los "buenos"
era en el cine viendo una de indios. El fuerte rodeado de pieles rojas
a punto de sucumbir, incendios, tiros y flechazos por todas partes, y,
de pronto, el tararí tatarí tirirí tití de una trompeta que suena
como música celestial y los soldados del 7º de Caballería que
aparecen por la loma. El pataleo formaba un estruendo y los vivas
salían de todas las gargantas. Los "buenos", salvadores,
habían llegado.
Otro
ejemplo, éste definitorio de la parte contraria, o sea, de hasta
dónde eran malos los "malos", me viene de los tiempos de
chaval, allá por los 50. Recuerdo a un amigo mío
de aquellos tiempos, hijo de un personaje de misa diaria y renombrado falangista,
que me llevó un día con mucho misterio a ver a un tipo del que decían que era
"rojo" -comunista, vaya-. El misterioso motivo, según me contó
luego mi decepcionado amigo, tras buen rato observándolo desde una
esquina, era verle el rabo, los cuernos y las pezuñas que -según comentarios de sus
padres- disimulaba bajo la gorra y el ropaje.
Hoy los
términos de "buenos" y "malos" quedan reducidos
en su uso a "nosotros" y "ellos". Pero con un
significado ideológico exactamente igual a esas otras
acepciones. Hay, sin embargo, amplia terminología para definir a
los unos y los otros según el bando en que se integren. Por ejemplo,
en política, los malos son llamados "tontos de los cojones", cuando el dicente luce
emblema del puño y la rosa, o "mindundis",
"bobo solemne", "hooligans" o "batasuno"
cuando el
hablante luce gaviotas reidoras en la solapa.
Podría
enumerar multitud de calificativos y denominaciones según las
expresiones vengan de unos u otros grupos de "buenos". Así,
escuchamos calificar de "cerdos criminales" a los israelitas
por parte de los palestinos y de "criminales y cerdos" a los
palestinos por parte de los israelitas. De "maricones y
tortilleras" a los grupos de gays y lesbianas por parte de grupos
de derechas, y de "hijos de putas y fachas" a los de
derechas por parte de todos los que andan por la otra parte. La lista
sería interminable.
Lo
lógico sería explicar ahora quiénes son los "buenos" y
quiénes los "malos", pero como me llevaría tiempo y el
folio se acaba, entendiendo que los niños y los borrachos dicen
siempre la verdad, veamos si dejamos cada cosa en su sitio con una
anécdota de uno de estos últimos.
Entra el
borracho en un bar, se acoda en mitad de la barra y dice señalando
con el dedo: "Todos los que hay de aquí para allá son unos
hijos de puta... -y señalando a la otra parte- ...y todos los de
aquí para allá, unos cabrones..." Uno de los que estaban en
esta parte de la barra se levanta y se dirige al borracho airado:
"¡Oiga, usted, que yo no soy un cabrón!" El borracho lo
mira con parsimonia y tras unos segundos de meditación, le dice:
"Bueno, pues ponte en el otro lado..."
Feliz
año a todos.
**********
|