El mundo, este viejo cacharro sin frenos al que vamos subidos individuos -e individuas- de toda clase y catadura en su cuasi eterno viaje sin fin hacia no se sabe dónde, siempre ha estado dividido en dos tipos o denominaciones conceptuales, "buenos" y "malos", que nos define o identifica desde nuestras propias perspectivas morales, éticas e ideológicas. En el primer plano, naturalmente, y cuando los enjuiciados somos nosotros mismos, gente de nuestro entorno social o familiar o amigos que participan de nuestras costumbres, creencias y filosofías, no tiene cabida nada más que el concepto "bueno" aplicado al "yo" y al "nosotros", porque, lógicamente, nosotros somos siempre "los buenos". Y en la otra parte están ellos, los otros, todos los demás, o sea, "los malos".

Ya desde los tiempos de las cavernas, cuando los primeros homínidos comenzaron a darse cuenta de que formando clanes o grupos se defendían mejor de los peligros del entorno y solucionaban con más eficacia las necesidades diarias, aunque todavía no usaban taparrabos ni sentían nada que les acuciara a tapar sus partes pudendas, ya tenían plena conciencia de que todo individuo que no estuviera entre los conocidos integrantes de la comunidad no era más que un seguro enemigo que intentaría quitarles el sustento cazado aquella mañana, arriarles trancazos hasta defenestrarlos y quedarse con territorios de caza y las hembras del grupo. Todos los que estuvieran fuera -no cabía más lógica- eran los "malos".

Los "buenos", cosa que se nos inculcó y se nos dejó bien claro en nuestros tiempos de chaval a los que nacimos en la España "Una Grande y Libre" de Franco, eran, por ejemplo, los cruzados, caballeros y nobles medievales que, desde el siglo VIII, guerrearon contra los moros en lo que la Historia conoce como Reconquista (la calificación de cruzada era otorgada por el Papa, como en la batalla de las Navas de Tolosa, 1212, o en su episodio final, la Guerra de Granada, 1482-1492). En realidad, las Cruzadas más conocidas -por su amplia historiografía y por haber sido llevadas al cine o noveladas, incluso en cómics- son la Orientales, que suponía una unión de nobles y soberanos bajo la dirección de los Papas. Los cruzados, después de pronunciar un voto solemne, recibía una cruz de manos del Papa o de su delegado y eran considerados soldados de la Iglesia. O sea, que más "buenos", imposible. Pero donde más nos identificábamos la chavalería de entonces con los "buenos" era en el cine viendo una de indios. El fuerte rodeado de pieles rojas a punto de sucumbir, incendios, tiros y flechazos por todas partes, y, de pronto, el tararí tatarí tirirí tití de una trompeta que suena como música celestial y los soldados del 7º de Caballería que aparecen por la loma. El pataleo formaba un estruendo y los vivas salían de todas las gargantas. Los "buenos", salvadores, habían llegado.

Otro ejemplo, éste definitorio de la parte contraria, o sea, de hasta dónde eran malos los "malos", me viene de los tiempos de chaval, allá por los 50. Recuerdo a un amigo mío de aquellos tiempos, hijo de un personaje de misa diaria y renombrado falangista, que me llevó un día con mucho misterio a ver a un tipo del que decían que era "rojo" -comunista, vaya-. El misterioso motivo, según me contó luego mi decepcionado amigo, tras buen rato observándolo desde una esquina, era verle el rabo, los cuernos y las pezuñas que -según comentarios de sus padres- disimulaba bajo la gorra y el ropaje.

Hoy los términos de "buenos" y "malos" quedan reducidos en su uso a "nosotros" y "ellos". Pero con un significado ideológico exactamente igual a esas otras acepciones. Hay, sin embargo, amplia terminología para definir a los unos y los otros según el bando en que se integren. Por ejemplo, en política, los malos son llamados "tontos de los cojones", cuando el dicente luce emblema del puño y la rosa, o "mindundis", "bobo solemne", "hooligans" o "batasuno" cuando el hablante luce gaviotas reidoras en la solapa.

Podría enumerar multitud de calificativos y denominaciones según las expresiones vengan de unos u otros grupos de "buenos". Así, escuchamos calificar de "cerdos criminales" a los israelitas por parte de los palestinos y de "criminales y cerdos" a los palestinos por parte de los israelitas. De "maricones y tortilleras" a los grupos de gays y lesbianas por parte de grupos de derechas, y de "hijos de putas y fachas" a los de derechas por parte de todos los que andan por la otra parte. La lista sería interminable.

Lo lógico sería explicar ahora quiénes son los "buenos" y quiénes los "malos", pero como me llevaría tiempo y el folio se acaba, entendiendo que los niños y los borrachos dicen siempre la verdad, veamos si dejamos cada cosa en su sitio con una anécdota de uno de estos últimos.

Entra el borracho en un bar, se acoda en mitad de la barra y dice señalando con el dedo: "Todos los que hay de aquí para allá son unos hijos de puta... -y señalando a la otra parte- ...y todos los de aquí para allá, unos cabrones..." Uno de los que estaban en esta parte de la barra se levanta y se dirige al borracho airado: "¡Oiga, usted, que yo no soy un cabrón!" El borracho lo mira con parsimonia y tras unos segundos de meditación, le dice: "Bueno, pues ponte en el otro lado..."

Feliz año a todos.






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