Tenemos una entrada para pisar la orilla del abstruso continente de la poesía universal. Difícil cuestión, pero no por ello hay que abandonarla. De la discusión sale la chispa de una sugerencia. Entonces nos preguntamos: ¿La poesía universal es la que se escribe en todas las lenguas y tienen un común denominador, que es el espíritu humano con sus características similares de vida, amor, dolor y muerte?

Habrá quien piense que la poesía universal es la representada por los autores más significativos de cada país. ¿Qué tiene que ver la Ilíada con la Divina Comedia de Dante?

La lógica nos lleva a la conclusión provisional siguiente: Poesía universal es aquella que se lee en todas las épocas, que emociona a todos los lectores y lectoras de todos los tiempos. Para ello quienes la escriben han de esbozar una experiencia universal, un sentir en cuya hondura se recogen vivencias esenciales del ser humano. No es solamente un poema bien medido ni tampoco unos versos salpicados de metáforas deslumbrantes. Ni es un texto lanzado a la aventura del onirismo, ni es la expresión forzada de "la belleza". ¿Un poco de todo? ¿Está fuera de esta estima la poesía “comprometida” y la poesía de los “Novísimos”?

Creo que en cualquier tendencia, por muy frívola que sea, un buen poeta podría hilvanar una hilaza de poesía auténtica que su mismo genio no puede evitar, dado que la creatividad asume todo tipo de elemento extraño y lo amalgama en un magma de lenguaje sorprendente.

En todas las épocas los poetas se han planteado la posibilidad de imprimir un mensaje conservado por la posteridad, dado el signo universalista de sus textos. Sin embargo, la lucha entre escritores, poetas y artistas de generaciones sucesivas no han hecho otra cosa que negarlas y sustituirlas. Remontémonos a las vanguardias, desde el expresionismo o el futurismo, pasando por el dadaísmo, el creacionismo, el ultraísmo (con la metáfora como caballo de batalla) y, finalmente, el surrealismo (la escritura automática como revelación de lo que se es realmente y, por ello, próximo a la fuente de la creación), comprometido al final con la político y el psicoanálisis. Después, la rehumanización.

Otra pugna la tenemos en la poesía española de los últimos treinta años. Novísimos y críticos simpatizantes yuxtaponen su visión de la poesía a la de los poetas del realismo social tomando del revés el conocido verso de Celaya: “La poesía es un arma cargada de futuro”.

Posteriormente los llamados postnovísimos dan la vuelta a la página y niegan la poesía de aquéllos, con toda la cohorte de apologistas y apuntadores que conlleva este enfrentamiento. Vuelta a la poesía de cierto formalismo intimista.

Recuérdese que en una misma década se fundan dos revistas de poesía totalmente distintas en su enfoque de la percepción del entorno social: Espadaña en 1944 en León y Cántico en 1947 en Córdoba. ¿Juego de balanzas? No importa. La diversidad humanan -circunstancias, cultura, sentimientos, época...- justifica de antemano la pluralidad.

Aun así, la variedad no excluye que en textos de una y otra orientación haya rasgos que aspiren a sobrevivir cuando la batalla temporal de sus consignas editoriales se diluya en el devenir de la historia literaria.

Pero atengámonos a lo que plantea el título: ¿Es la poesía universal poesía pura? Esa búsqueda de tantísimos poetas acerca de la verdadera identidad de la poesía y, en concreto de su pureza como autenticidad, no puede extrañar a un carácter universalista que la hace inteligible a todo el mundo y a todas las épocas.

No entraremos en las definiciones que ya dimos en POESÍA PURA, aunque una idea y otra estén vinculadas: pureza y universalidad. Damos por perdida la batalla, pero no renunciamos a este amable debate, como si de una filosófica disputa medieval se tratase, sin más ambición que poner en marcha la maquinaria racional, el mayor placer que tienen los humanos en esta breve y azarosa vida. 

Poesía es lo que nos queda de lo escrito después que la zaranda del tiempo ha cernido el barro y quedan, tintineantes de brillo, las pepitas de oro de lo que el público -más o menos preparado- admira y reclama. Todo lo demás se queda en los estantes, a pesar de los galardones que acumulara en su tiempo. «Tout le reste c´est littérature», como dijo Verlaine con tono conmiserativo.






 

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