Siempre se ha dicho que es muy difícil definir la poesía, pero sí sabemos lo que no es poesía.

Cuando en conversaciones con gente que está al margen de las actividades de la literatura hablamos de poesía, los opinantes sugieren que la poesía está indisolublemente unida a “la belleza”, o bien a los pensamientos insólitos, a “lo profundo”, a lo esencial de la vida, del amor y la muerte, motivaciones básicas de nuestro sentir.

En literatura no hay dogmas, pero sí límites, todos impuestos por el buen gusto. Ni las exigencias radicales del formalismo ruso (se necesita ser un genio para cumplirlas) ni el abandono a la recurrencia estereotipada. El término medio: lirismo auténtico y lenguaje fresco. Aun así, no podemos renunciar a la frase de Aristóteles, que colinda con las de Shklovski: "Dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no el copiar su apariencia".

La esencia de una descripción es lo que realmente subyuga al lector habituado a leer poesía, no la de la existencia, o sea su presencia común a los ojos de todos. Lo que convence es lo que extraña, lo que sorprende y, además, gusta porque estimula la fantasía del lector y lo transporta lejos de la realidad ingrata o monótona.

Ello no significa menospreciar ciertas creaciones que están en la frontera de lo poético y lo literario -lo creativo y lo lexicalizado-, ni la poesía popular decantada en pocos versos y de intención gnómica.

No es necesario que un texto sea métrico para que sea poético. Cuánta poesía discursiva se escribió en la segunda mitad del siglo XIX de tono realista y en versos ortodoxos. Tomemos este ejemplo como opuesto al citado del onubense universal, que, digámoslo de paso, escribió libros en verso libre, pero en aras de una tentativa plausible en la que el decir pesaba muchísimo.

No es poesía todo lo que se escribe en verso y no deja de ser poesía lo que se escribe en prosa con unos niveles de comunicación que sorprendan. Lo cierto es que la sorpresa marca la brújula que decide el rumbo de la poesía a partir de las vanguardias.

El poeta busca en esa travesía por los mares de la imaginación la isla imposible en la que se sienta Robinson de hallazgos expresivos. Parece que lo irreal deseable e imposible nos acucia por encima de una experiencia amasada con anécdotas desteñidas. Es como una claraboya abierta en la habitación en la que estamos encerrados y por cuyo retazo de cielo vemos pasar aves maravillosas que nos consuelan de tantas sombras sucias y repetidas de cada día en nuestro habitáculo poblado por miedos balbucientes que nos llegan del planeta amenazado.

Poetas y poetisas verdaderos y luchadores en vuestro rincón provinciano, que acariciáis los pies de la Musa avara, y conseguís que ella os regale versos increíbles, pero ignorados voluntariamente por la vieja guardia de la República de la Poesía española, no os preocupéis: el tiempo irá levigando los metales de cada libro y dejará en la superficie de la zaranda las pepitas de oro del valor indiscutible de la verdadera poesía, como las monedas de oro acuñadas hace mucho tiempo, que siguen ofreciendo su leyenda a quien las lee, a diferencia de las que no son de ley, que se vuelven ilegibles con el paso de los años.






 

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