A lo largo de mi vida, compuesta ya por varios años, mal que me pese, siempre he utilizado el transporte público para ir de acá para allá. Al principio para ir a la facultad, después a los diferentes cursos a los que me fui apuntando para complementar mi insuficiente formación académica y más adelante para acudir al trabajo a diario. Hace casi un año me compré un coche, sin embargo, mi rutina diaria sigue teniendo como testigo y escenario matutino al Metro de Madrid.

Y no reniego, siempre cuento la hora que tardo en llegar de un punto hasta el otro como una hora más de sueño. Me encanta ir leyendo o escuchando música, dos de mis aficiones a las que no les puedo dedicar todo el tiempo que quisiera. Si tuviera que ir conduciendo podría ponerle banda sonora al trayecto igualmente, sin embargo, tendría que abandonar las letras por los más que probables atascos.

Cada mañana me levanto, con la hora pegada al culo, maldiciendo porque cada día parece que amaneciera más temprano, suplicando por un café bien cargado y sin ninguna gana de hablar. Sin decir ni media palabra, me ducho, me visto, agarro todos los bártulos y cruzo la puerta de casa a la carrera. Si tengo suerte y no hay retrasos en mi línea de metro, ni se ha estropeado un tren ni nada por el estilo, puedo decir que suelo tener suerte porque normalmente encuentro sitio para sentarme. Mi parada está casi en la cabecera de la línea 9, por lo tanto, es fácil que algún asiento solitario me pida que yo lo ocupe. Entonces con tener un poco de vista consigo posicionarme en un lugar estratégico, sentada al lado de la ventana para así poder apoyarme. Si no me encuentro con fuerzas de leer, habitualmente suelo ir con los ojos cerrados, soñando, recordando, planeando las cosas que tengo que hacer en el arduo día que me espera o cosas por el estilo. A medida que van pasando las estaciones, el vagón se va llenando de personas como yo, con maletines, mochilas, bolsos o carteras, con las mismas ganas de empezar el día que yo. Ellos no tienen tanta suerte como la mía y tienen que vivir el trayecto a pie, apelotonados unos con otros, oliendo el sobaquillo de uno y leyendo los titulares de la prensa del otro.

A menudo pienso, ¿quiénes serán esas personas que comparten el camino hacia el trabajo conmigo? Entre la gente encuentro caras conocidas que cogen el mismo tren que yo todos los días y me pregunto cómo serán sus vidas, lo que se esconde tras esas caras mezcla de sueño, pereza y desgana. ¿En qué irán pensando? ¿Dónde trabajarán? A lo mejor podríamos ser amigos y todo… Siempre los veo, todos los días, a la misma hora, en las mismas circunstancias. Quizás ellos se pregunten las mismas cuestiones sobre mí. Últimamente me encontraba con un chico que se montaba en Sainz de Baranda y se bajaba conmigo en Avenida de América. Me llamó mucho la atención la primera vez que le vi porque llevaba una libreta como hacía yo antaño. Luego me cansé de llevarla siempre conmigo y decidí cambiarla por las servilletas de los bares, que siempre he utilizado en los momentos en los que la inspiración se presenta de improviso. Aquel chico no iba escribiendo, iba dibujando lo que veía. Tampoco quería yo pasarme de curiosa e intentaba no mirar demasiado pero, soy periodista, por lo tanto, muy observadora. Es algo de formación profesional, no lo puedo remediar. No es que sus dibujos me parecieran del todo buenos, aunque mi opinión no cuenta, abandoné el arte de la pintura a los cinco años, cuando lo único que se me ocurría hacer eran garabatos. Sin embargo, la idea me pareció bastante atractiva porque, realmente, él era capaz de ponerle forma a mis pensamientos, a lo que pasaba por mi cabeza.

De repente, un día desapareció y no le he vuelto a ver. Ahora paseo por los túneles del metro, sola, aburrida, cruzando los dedos para que el tren no se pare de repente y pueda llegar sin retraso al trabajo, acompañada de las mismas caras de siempre y otras que se unen día a día al baile pegado del Metro de Madrid. Esto, en el fondo, es una aventura, nunca sabes lo que te va a pasar. Si te lo tomas así, las cosas más simples de la vida tienen su encanto, sin embargo, yo no me engaño, el transporte público de la capital, que cada día cuenta con más kilómetros construidos, va de mal en peor. Y eso que por ahí afirman que vuela…


 



 

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