I

Llueve.

Aromas de tabaco y sueño
se pierden entre las nubes
en amaneceres noctámbulos.

Llueve.

La roca me saluda
con guiños de señora atribulada
y hombres cual signorinos golosos.
Una cantante
me sirve fetuccine al dente
en la piazza de Máximo:
las luces del nuovo anno
se ríen de la lluvia.

Llueve...



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Palermo bajo la lluvia y Iglesia árabe-normanda


 
II

Palermo vecchio nos aguarda mientras el cielo se vuelve a vestir de grises. Palacios que la humedad ha ido corroyendo con el paso de la Historia ardiente. Goethe me contempla versificando la Isola incomparable y las calles con ropas mojándose en los balcones.

Puedo ser un siciliano pródigo en busca de misterios. (Excusi, non parlo tropo l´italiano: pronto, una birra molto freda... aunque el frío se va pegando a las gotas de lluvia y humo de las calles)

Nos contemplan siglos de negocios ultramarinos. Bizancio y Roma echando pulsos en el abandono del tiempo. ¿Non vuole un capuchino? Eco, molto caldo, prego. (Empedocles, seguro, se habría relamido con el café humeante) En la trattoría no tienen pizas hasta la cena, no en el pranzo. Se respira el tiempo entre los fetuccini y la cassata siciliana, con almendras amargas y pasas.

¿Son argentinos?, nos pregunta el encargado. Y bueno, podríamos serlo, pero cantamos menos al hablar deprisa. Las casas no se caen, pero podrían, sin embargo hay leyendas en las fachadas con aires acondicionados desafiando a los siglos.

Y el cielo se ha abierto de nuevo para recordarnos que estamos cerca de África, anque...



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Palermo vecchio y Palermo


 
III

Carreteras de azules y verdes en el Estrecho.

Messina mira al continente con la cara renovada después del terremoto.

Gusanos con luces cruzan la puerta de Sicilia en un carnaval continuo que concluye en los Hércules de bronce de Regio-Calabria, tan perfectos, tan eróticos, tan misteriosamente mágicos, que parecen esculpidos por las manos exquisitas de una madonna calabresa.

Antes, Cefalú me vende lluvia desde su iglesia árabe-normanda con mosaicos en los que se funden razas, culturas y religiones.

Un capuccino cremoso nos calienta las manos húmedas y los pies cansados de las empedradas cuestas.

La noche, en los tres kilómetros de agua, me trae mensajes de sirenas que trajinan entre los dos lados de la tierra firme.

Una orquestina sin ánimos -e molto fredo, signore-, se arranca con unas “Navidades Blancas” que son de salitre y Reyes.

VIETATO FUMARE, como obsesión omnipresente...




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Iglesia de Cefalú y Estrecho de Messina



IV

La sombra del Etna es blanca
y lleva moteados de basalto
en sus laderas de furia.

Las nubes se hermanan confusas
con las fumarolas de azufre
mientras la mafia se enroca
en sus negras vestimentas.

Lavas que besan el mar
entre villas colgadas en el aire.
Taormina apura mediterráneos ocultos
desde el monte a la bahía:
griegos y romanos rozan vientos de la tarde
en el anfiteatro de mármol.

El sol
hace caricias trasparentes
a un mundo colgado del cielo
mientras duermen las pistolas sin gatillo.

Y vuelan autostradas en el vacío
de los palacios sin príncipes ni condottieris.



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Taormina



V

Amuninni (*)... y todos los griegos, romanos, cartagineses, árabes y españoles de Siracusa me vinieron a contar sus hazañas en la isla de la codorniz.

Catania, vigilante del Etna, me saludó desde su mercadillo de peces diversos y sus viejos charlando Epifanías en la plaza del duomo. Se palpaba el aire del Mediterráneo acumulado en los siglos, y el sol nos saludaba con sus exultantes rayos que por primera vez hacían honor a la latitud de la tierra.

Entre romanos y griegos, entre piedras y misterios, nos hemos empapado de que en Sicilia los hombres cocinan con gusto y garbo. Luego Carlos V (también llamado el Exterminador) nos ha recordado a la celtiberia más anacrónica y pragmática, mientras Palas Athenea jugaba con los papiros faraónicos del puerto.

Estuve a punto de cantar una “folía” en la Oreja de Dionisios, pero las agujetas de Anfiteatro me llegaban ya hasta la garganta.

Una sopa con “garganzone” me llevó a la cama entre sonrisas.

Mañana a las 6,30, como de costumbre, tocan diana de piedras...

(* Vamos, en siciliano)



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Anfiteatro de Taormina y Mercado de pescado en Catania


 
VI

La noche ha ido cayendo
sobre el valle con columnas 
iluminadas de siglos.

Carmina Burana hace el contrapunto
sobre el templo de las luces:
Agrigento no duerme
porque las piedras se escapan
en las brumas de la Historia.

Aquí se palpa la magia de los tiempos, el esplendor y la caída de los dioses: templos de Zeus, de la Concordia, de Hércules, de Apolo...Valle de los Templos hacia el mar insomne y permanente. La Grecia insular y soberana jugando a ser princesa de África y Europa.

De camino, hacia el ombligo de la isla, Villa Cassale, romana y epicúrea, nos ofrece los mosaicos más exquisitos de una mansión de lujo y placeres mundanos: spa pretérito para solaz de los poderosos del banquete. Piazza Armerina, colgada de la montaña, nos hace guiños esdrújulos vestida de negro y plata.

Y Pirandello, Luigi, sigue buscando un autor agrigentino que pueda epatar a Cícero.

La noche
es mucho más noche apasionada
desde el balcón de este valle
que se rinde al pasado pluscuamperfecto
mientras una caballería rusticana se rompe en la luna...



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Valle de los templos- Agrigento y Villa Cassale



VII

Solo en la montaña, solo. Dos mil quinientos años nos contemplan desde estas columnas dóricas de Segesta. Solo junto al cielo, solo. 

Guerreros clamando a la bóveda estrellada de Sicilia que hoy se ha vuelto a vestir con nubarrones de frío y agua.

Su soledad impone a los heterodoxos; su perfección de siglos asombra a los incrédulos: bien merece la pena adentrarse en la mística de la campiña siciliana.

Erice, luego, rompiendo aún más el cielo, nos deja perdernos entre las callejas de piedras medievales y sus románticos rincones donde el tiempo se quedó anclado para siempre. El frío intenso nos trae añoranzas de las tierras serranas, y los almendrados típicos de su Mediterráneo cercano contemplan el vuelo de las águilas sobre castillos normandos de reyes con orígenes vikingos. El miedo de la subida, al borde de barrancos con salida al azul y al verde, queda compensado con la magia de sus callejuelas sombrías bañadas de arte.

Visión de pájaro por las salinas holandesas de Trápani, y retorno a Palermo, a sus recovecos y palacios escondidos, a sus trattorías profundas, a sus noches de sorpresa y miedos.

Y hasta un perro, sarnoso y palermitano, que se convierte en lazarillo improcedente y constante...



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Templo de Segesta y Columnas dóricas


 
VIII

El Monte Pellegrino nos espera para enseñarnos las bellezas de la Catedral de Monreale. Abajo, el viejo y nuevo Palermo nos ha ido embelesando de magias con sus callejas misteriosas donde niños de mentes híbridas jugaban a cazar palomas con una trampa de cajón y panes.

Atrás quedaron la Capilla Palatina, la Catedral, la Fuente de las Vergüenzas, la Piazza de las Cuatro Esquinas, la Martorana, el Mercato du Capo... pero también “el memo de Minesota” y “sor Ángela de la Cruz”, y, por supuesto, Silvia y Luis, todo un hallazgo de camaradería y compartimentos nada estancos, de fineza dialogante y compartida, de complicidad viajante.

Se escapa el tiempo ya, pero aún queda alguno para una copa en el nuevo templo de convivencias, -mestizaje de siglos-, donde los palermitanos de la nueva era aprenden el valor de la palabra, y donde turistas, a los que se les acaba el asueto, apuran sus “tropical sakes”, o sus “Manhatan”, mientras suena la lluvia en la carpa del palacete reconvertido en templo postmoderno.

Sicilia navega
entre Europa y África 
con su mestizaje de piedras ancestrales
desafiando futuros azules y verdes.
Se han ido durmiendo,
como lagartos sin bocas no ojos,
los cicerones de antaño.

El capitán
continua bogando olas
al pairo de los siglos:
sólo el Etna sigue marcando lunas...



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Catedral de Monreale y En el Monte Pellegrino




Luis E. Prieto
Palermo, Sicilia, 10-1-2004

(Fotografías del autor)





 

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