Cuando era pequeña me chupaba el dedo. Sí, me lo chupaba. Y no estoy hablando de cuando era un bebé, no. Yo misma recuerdo cómo caminaba por el pasillo de mi casa, con una vieja sábana azul de la mano, con el pulgar entre mis labios. Fue una manía que me acompañó durante muchos años. Mi madre estaba desesperada. No sabía qué hacer para quitarme esa manía más propia de niños de teta que de personitas de mi edad. Incluso llegó a usar un ungüento que le vendieron en la farmacia… pero nada. Ni siquiera recuerdo cuando dejé de hacerlo. Simplemente no lo hice más y ya. Hasta hoy.

Os explico esto porque, debido a esta manía, por supuesto que los dientes me salieron como quisieron, uno en Cuenca y otro en Teruel. De hecho, uno de ‘los paletos’ tardó en salirme bastante… Finalmente vio la luz, pero grande, excesivamente grande, deforme y retorcido. No es que haya sufrido un complejo insufrible por ello. Sin embargo, sí que tengo que reconocer que desde que tengo uso de razón y ese diente me acompaña, he querido corregirlo. Mis medias sonrisas en todas las fotos en las que poso cual modelo son prueba de ello.

Hace exactamente un año y cinco meses decidí por tanto ponerme braquets. Y esto no termina nunca… Si bien es cierto que ni me arrepiento y hago mi vida sin más, he de decir que esto es una especie de infierno con tornillos. Nunca les llamó braquets, simplemente es el aparato de toda la vida. Ése que cuando era pequeña me daba miedo y que hacía que las niñas que lo llevaban puesto escupieran al hablar. Por suerte, la odontología ha evolucionado y quizás ni son tan feos ni molestan tanto. Sin embargo, el hecho de tener siempre la boca llena de hierros no es una experiencia agradable.

Recuerdo que cuando me pusieron el aparato y me dieron un espejo para que saludara a mis nuevos dientes ‘alámbricos’ me quería morir. Me daba un aire a la protagonista de ‘Yo soy Bea’. Por suerte, no necesito gafas… Envidié en aquel momento a mi madre y su dentadura perfecta (que yo nunca heredé), A Nacho, mi ‘prome’, por ser el poseedor de esa sonrisa que me ilumina la vida y al resto de personas que conocía que no habían tenido que pasar por esa horrorosa experiencia. Aquél fue el principio de mi vuelta a la niñez: tuve que cambiar los apetitosos filetes de ternera y mis adorados Doritos por los purés, las sopas y los calditos. Teniendo en cuenta que era pleno verano, ése no era el menú más recomendable para aquel momento. Pero el estómago me pedía su dosis diaria de alimento mientras que mis dientes, doloridos y tristes, se declaraban en baja laboral.

Por supuesto, cada vez que veo a la gente comer bocadillos me da una pena espantosa. El tener que comer las pizzas con cuchillo y tenedor no es lo mismo, la manía de tener un chicle en la boca ha desaparecido a la par que tuve que abandonar otro de mis grandes vicios: el morderme las uñas ya no es una posibilidad que pueda contemplar… Los cortaúñas y las limas son dos de los utensilios que he tenido que aprender a utilizar en todo este tiempo. El regenerador labial, la vaselina y el cacao tampoco faltan nunca en mi bolso, al igual que el cepillo de dientes y demás utensilios de higiene bucal. Comer ya no es un placer como lo era para mí antes… Ahora me dedico a sudar en el gimnasio, otra forma de eliminar tensiones mucho más sano que comerme una palmera de chocolate…

Casi un año y medio y doce kilos menos después sigo siendo la eterna doña ‘alambres’. La que sonríe con color gris, la que se ha gastado parte de su sueldo en cera para la ortodoncia, la que tiene una yaga permanente en uno de sus carrillos y que siente que esto no tiene fin. Pero no desisto, cada vez mis dientes están más perfectos y hace tiempo que se atreven a masticar casi de todo. Una talla 38 y una figura más estilizada es lo positivo que he sacado de todo esto. Eso sí, con la boquita cerrada estoy mucho mejor, aunque todos mis amigos me dicen que sonriendo soy más yo. La verdad es que, si no fuera porque siento que tengo la boca siempre llena de objetos no identificados, normalmente me olvido de que lo llevo puesto. Hablo y sonrío a placer. Mis visitas al dentista forman ya parte de la rutina de mi vida. El hecho de permanecer una hora con la boca abierta mientras que el dentista me retuerce uno a uno mis dientes con su garfio ya no es un problema. Aunque hace un año me imaginaba a mi dentista con una guadaña y le daba la forma de la muerte, ahora ya no es para tanto y no voy temblando hacia su consulta como si tuviera cinco años…

Supongo que ya me queda poco, que dentro de unos mesecitos le diré adiós a mi sonrisa de robot metalizado. No veo el final pero tampoco lo estoy deseando. Los braquets además me sacan los labios para afuera. Parezco un pato pero por lo visto a mi compañero José le encantan mis ‘morritos calientes’, así que he dejado de preocuparme también por eso. Una alimentación más adecuada y mis ganas de mejorar físicamente me han llevado hasta aquí. A convertirme en un figurín y a quererme más así. Siendo sincera y después de mis noches en vela, la sequedad de boca y el tener que decir hasta luego a los bocadillos de jamón, ya veo la luz al final del túnel. Pronto mi sonrisa será perfecta y blanca, y no gris: por fin podré despedirme de mis dientes de hojalata.


 



 

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