Si Vd. es ciudadano de este hermoso y dicharachero país que se llama España y quiere dedicarse a alguna actividad comercial o abrir cualquier negocio, además de que tendrá que pasar su buen vía crucis de gestiones administrativas y burocráticas para la obtención de todo tipo de permisos, cuando consiga el poco menos que milagro de abrir sus puertas, no le quepa la menor duda que un día sí y otro también tendrá la visita de severos inspectores de las más variadas oficinas municipales, autonómicas y estatales requiriéndole documentos, autorizaciones y todo lo habido y por haber, hasta encontrarle el fallo -que lo habrá- y endosarle sus apercibimientos y multas correspondientes.

Pero si Vd. lo que monta es un chiringuito financiero, más o menos encubierto en un honroso nombre de agencia o sociedad de valores, intermediarios, mediadores o cualesquiera de las muchas entidades que operan en los mercados financieros, como, además de la necesaria solvencia y requisitos técnicos que le serán exigidos en un principio, se le suponen conocimientos del percal y buenos amiguetes entre las altas esferas -y entre los que manejan el cotarro-, puede Vd. vender sus "duros a cuatro pesetas" con toda la tranquilidad del mundo que nadie vendrá a revolverle las cuentas ni a decirle esta boca es mía.

Si esto no fuera así, si la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), organismo encargado de la supervisión e inspección de los mercados de valores españoles, de la actividad de todos cuantos intervienen en los mismos y de la protección de los inversores, llevara un control riguroso de todo lo que sucede tras los despachos de dirección y consejos de administración, esa fea acción de que unos pocos espabilados se queden con el dinero de miles de ahorradores, por muy tunantes que sean los directores, presidentes, directivos o ingenieros financieros, no hubiera sucedido en tantas ocasiones como llevamos contabilizadas en España, tanto made in Spain como importadas.

Estafas piramidales, esquemas Ponzi, agujeros patrimoniales, hipotecas y valores basura, por no hablar de sustracción de fondos, desvío de capitales, tráfico de influencias y engaños de todo tipo -que muchas veces van amarrados en el mismo manojo-, se nos muestra en una larga lista. De las últimas, el caso de Afinsa y Forum Filatélico, 27 años ejerciendo una pirámide de Ponzi clásica, o el de Gescartera, que durante varios años operó sin que se supiera nada de su situación económico-financiera ni el destino de los fondos de sus clientes -y arreglado todo con una simple multa-. Naturalmente, hay que añadir la ultimísima, la de las hipotecas basura o sub prime, vendidas por varios Bancos españoles a buen número de incautos sin que tengamos la más mínima información de cuánto fue el monto de las panojas, quiénes fueron los pringaos y quiénes los ganchos. Omitimos hablar ahora de Banesto, Kio, Eurobank, Brokers, Ava-Socimer, Rumasa, Fidecaya, Sofico, Telefónica-Terra, etc., etc., pero pueden ver una larga lista aquí: Wikipedia, Corrupción en España. Y no se me asombren...

De todas formas, aquí en España -aunque algunos apuntan ya buenas maneras- seguimos siendo unos pardillos en la cosa esta de robarle los ahorros o el patrimonio a los otros. Artista, lo que se dice un verdadero artista del escamoteo, lo tenemos ahí al otro lado del charco. Bernard Madoff. El solito, sin perder la sonrisa y desde sus oficinas de Wall Street, ha hecho desaparecer 50.000 millones de dólares sin que la colega en EE. UU. de nuestra CNMV, la SEC (Securities and Exchange Commission) hiciera ni el más mínimo gesto. Y ello a pesar de que sabían que aquella cuadratura del círculo no podía ser, como bien les advirtiera y les demostrara en sus continuadas denuncias durante nueve años un tozudo gestor de inversiones, Harry Markopoulos, experto en el mercado de derivados, y ahora, convertido en el nuevo héroe americano. Tuvo que ser la actual crisis -colapsando la base de la pirámide- la que destapara que la mágica chistera de Madoff estaba trucada y los conejos no eran otra cosa que simples dibujitos en cartón piedra.

Yo sigo preguntándome -como todo el mundo- cómo puede suceder estas granujerías a estas alturas de la película. Es como si a Vd. o a mí se nos aparece "el tonto" con su sobre lleno de billetes pretendiendo darnos el archiconocido timo de la estampita. Puede que ni Vd. ni yo -que no entramos al trapo gracias a las películas del inolvidable Toni Leblanc- nos paremos siquiera a comprobar la bondad de los billetes y nos retiremos sin más. Pero aquel otro, atraído por el olor del dinero, termina por asociarse con el recién aparecido gancho para aportar su parte y quedarse con las panojas del pobrecito tonto. Y, sin la menor duda, terminaría con su buen montón de recortes de periódico si no fuera porque, allí, a pocos metros, en su sitio, una pareja de la Guardia Civil, que sabe de sobras dónde, cuándo y cómo ocurren estas cosas, está atenta y presta a cumplir con su obligación.

Y si esto mismo no ocurre en esos otros niveles, cuando las panojas no son unos cientos de euros sino miles de millones, cuando el julay, el pringao, la victima, no es un tipo avaricioso que pretende quedarse con el dinero de un pobre tonto, sino miles de pequeños inversores o ahorradores que pretenden sacar unas pelas extras para su jubilación, tenemos que reconocer que algo falla ahí arriba.

Desidia, abandono, negligencia, pereza, indolencia, dejadez, descuido, desgana, desinterés, inapetencia, imprevisión, incompetencia, abulia, holgazanería, incuria, vagancia... Califíquenlo como ustedes quieran. Pero, yo, reflexionando, pienso que ninguno de estos adjetivos tiene que ver con la realidad.






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